Pitos como zanahorias

Cuando vives en una ciudad pequeña como Cuernavaca, corres el riesgo de encontrarte a alguien conocido, sobre todo si no estás maquillada y lo que traes puesto fueron las primeras garras que alcanzaste a tomar a la carrera cuando escuchaste la campana del camión de basura para correr y alcanzarlo y, por fin, deshacerte de esa bolsa negra a la que le ha llovido dos noches seguidas. Levantas tu bolsa apestosa, que ya empieza a derramar gusanitos blancos y escurrir lixiviados y al tomarla el hombre de la basura para lucir sus bíceps poderosos, jala con fuerza la bolsa, traicionera en su negrura, que de repente te salpica la cara y la blusa.

Asqueada te limpias la cara con el hombro, pues tus manos también están sucias. Sientes una mirada como piquete de avispa en las pompas y cuando volteas, ahí está el doctor Fernando Montemayor sonriéndote, alto, de cabello entrecano, vestido de pies a cabeza —te constaba que desde la ropa interior y calcetines de seda —con el lujo de Ermenegildo Zegna y oliendo a Sauvage de Christian Dior. Mirándote como si fueras un pastel red velvet tras el mostrador de La Alvanesa. Bueno, así le pasó a Galleta, que nos contó la sorpresa que se llevó esa mañana de sábado.

—¡Sí, caray! Eso pasa cuando una no quiere encontrarse a nadie —comentó Marissa.

—Déjenme que les cuente, que el otro día llegó Pedro a la clase dominical de chikung. Yo estaba con los ojos cerrados por la breve meditación que daba el instructor y cuando los abrí me di cuenta que habían llegado varias personas. Pero fue hasta que, siguiendo los ejercicios, giré a la izquierda y lo vi. Me quedé paralizada mirándolo y un montón de recuerdos se me vinieron a la mente y me puse colorada. 

—¿Estás bien Marissa? —preguntó el instructor.

Asentí con un gesto y traté de seguir con la clase.

—Oye, Marissa, ¿qué Pedro no fue el chavo con el que anduviste hace dos años? —preguntó Galleta.

—Afirmativo, compañera. El pedo es que ahora que me estoy separando de mi marido, se me vinieron encima los recuerdos.

—¿No querrías que Pedro hubiera sido quien que se te fuera encima? —preguntó Galleta tras una sonrisa cargada con veneno letal.

—No. Eso terminó hace mucho tiempo. Pero… —Marissa titubeó, dudosa de continuar su relato.

—Pero ¿qué, chula? Sácalo, no te lo quedes —animó Norma.

—Es que recordé que mi marido me había dado permiso de acostarme con quien quisiera, siempre y cuando no me enamorara. Pero la piel es traicionera. No pude coger por coger. Me ganó el sentimiento. Mi marido se dio cuenta y me la empezó a armar de emoción y como no me dejé, porque él hacía exactamente lo mismo, las discusiones terminaron un día con un ultimátum: O dejaba de ver a Pedro o nuestro matrimonio terminaba. Le valieron pito nuestros hijos, de quince y doce años. Me dijo que no podía fiarse de mí, que había roto la confianza. Y yo pensando en ese momento: Este cuate estableció las condiciones para andarle poniendo hasta con la escoba y en un arranque de magnanimidad decidió que podríamos tener parejas sexuales, siempre y cuando conserváramos intacta la exclusividad emocional entre nosotros —relató Marissa, secándose con rapidez una lágrima furtiva.

—¿Y qué pasó? —insistió Norma.

—Terminé con ambos.

—Ay, estos maridos que nos conseguimos, la verdad, están hechos a la antigua, aunque se las quieran dar de muy modernos —concluyó Norma.

—Te toca hablar, Normis —señaló Galleta.

—Bueno, lo digo porque en mi caso, Carmelo, mi marido y padre de mis hijos, empezó a salir con Luciana, que era hermana de Enzo, su mejor amigo desde la facultad. Cuando nos casamos, Enzo y Luciana fueron padrinos de anillos y lazo, respectivamente. En aquellos años los hijos llegaban rápido. Los nuestros nacieron durante los seis años siguientes: Viridiana, Giovanna, Filippo y Dante. Enzo, el amigo de mi marido, cayó en cama y después de varios análisis y tratamientos que no funcionaron, diagnosticaron adenocarcinoma de páncreas en etapa cuatro, el más agresivo. Se fue pronto, y su familia estuvo inconsolable por la pérdida.

Durante el velorio, Carmelo hizo guardia de honor junto al ataúd de Enzo y en el sepelio cargó la caja. Era como si le hubiera brotado en el corazón la familia Ferrari. Acompañó a los padres y hermana del difunto Enzo durante el novenario. Le costó acostumbrarse a la ausencia de su amigo. Andaba tristón y de capa caída. Por eso, una tarde decidió pasar a saludar. Años más tarde, me enteré de que llevó un Tiramisú, como regalo de cumpleaños para la madre de Enzo. Lloraron conmovidos, recordando al difunto. La señora le dijo que era bienvenido en su casa.

Yo no sé lo que habrá pasado, pero a partir de ese día Carmelo llegaba tarde los viernes después de salir del trabajo. Yo no desconfié, porque Luciana había sido nuestra madrina de lazo, pero no me imaginaba lo que iba a suceder.

Mientras, yo criaba a nuestros hijos en un ambiente de buenas costumbres, pero sentía pasos en la azotea: mi marido llegaba oliendo a Nina Ricci, el perfume de Luciana.

—¿Me estás engañando, Carmelo? —confronté una noche, mirándolo a los ojos con dureza.

—No, ¿cómo se te ocurre, Normis? ¡Qué locura! —respondió Carmelo, tratando de disimular, pero con el espinazo erizado mientras un aguijonazo de una náusea repentina le puso el rostro verde.

Hasta que un año y medio después, cuando al llegar tarde del trabajo, estar distraído, con la mirada perdida, mal y de malas, decidió responder con la verdad después de la misma pregunta.

—Mira, Normis, la verdad es que me enamoré de Luciana.

Le grité trémula y con los labios azules por la ira: Pero ¡cómo se atreve esa zorra! ¡Si fue nuestra madrina de lazo! ¡Qué poco compromiso!

—No hables así de ella —limitó Carmelo.

—¡Eres un sinvergüenza! Mira que defenderla a ella, antes que a mí. Lárgate, Carmelo.

Ni tardo, ni perezoso, Carmelo empezó a guardar su ropa en dos maletas. Nuestras hijas de siete y cinco años, asustadas, se asomaron a la terraza y desde ahí lo vieron cargarlas en el coche. Los más pequeños en ese momento estaban merendando con la nana, así que no se enteraron de nada.

—No te pases, Norma. ¿Y luego que hiciste?

—Para abreviar: nada, fluir con la vida. Después de tener un colapso nervioso —sonrió, elevando la mirada al horizonte.

*

—Y tú, Galleta, dinos la neta, ¿cómo te sientes en la relación con el doctor? — pregunté.

—El doctor se pavonea orgulloso de ser grado 33 en la masonería, rico, con su propia clínica y me dice: “qué bien estamos, ¿verdad mi amor?”, mientras piensa “¿qué más puedes desear?” Será grado 33 en la mamonería, pero no sabe que soy bruja encubierta y puedo leer su pensamiento. En ese momento pensé: ¿estamos, Kimosabi? ¿Qué aportas a mi vida? La neta. No me das algo de dinero para mis gustos. Cogemos en mi casa para evitar que alguien te cache y ni siquiera eres un buen amante. Encima, me hablas de los compromisos que haces con tu esposa, los lugares adonde van los fines de semana, aunque dices no amarla. No, es que de verdad ya me tiene hasta la madre.

—¿Se arrepienten de algo? —pregunta Marissa.

—No es que me arrepienta, pero bueno, un poco sí. Toda la vida me he enorgullecido de ser mujer de un solo hombre: el padre de mis hijos. pero cuando me dejó por la otra, me pregunté: ¿hubiera sido diferente con otro? No volví a tener sexo. La masturbación era impensable para mis creencias. Me fui secando poco a poco, como una planta que deja de recibir agua y sol. Lo peor es que estaba consciente de ello. Entonces, un día Carmelo vino a la casa a dejar el gasto, —porque eso sí se lo tengo que reconocer —Carmelo siempre siguió dando el gasto de la casa, (el gasto de la piel y el deseo no, eh) y eso fue lo más inquietante, porque en esa ocasión le dije que yo necesitaba su abrazo para recuperar el sentido de la vida a través de un poco de jugueteo erótico. ¿Y qué hizo Carmelo? Me escuchó, no dijo nada, terminó su café y se largó. Me pregunto para qué se casó conmigo si yo no le prendía. Me usó para su conveniencia y me desechó cuando la otra sí despertó su deseo —concluyó Normis.

—Amigas, aquí una verdad. Nos ponen el pito como la zanahoria que le ponen al burro para que camine. Pero luego, a la mera hora… ¡nos dan pito!­ —proclamó Marissa y terminó de un sorbo su coctel.

La carcajada fue general y terminó con un lema: es cierto, todos buscamos la misma zanahoria —se escuchó un murmullo de aprobación.

—No la misma —nos interrumpió Galleta mientras tomaba un puñado de cacahuates.

—Realmente la buscamos o el sistema nos la ha puesto para seguir la guía de un sendero de vida cargando el trabajo en el lomo. Nos venden el fin de semana para disfrutarlo y cuando llega el viernes y el cuerpo lo sabe, encuentran algún pretexto para hacerse pendejos —reflexionó Marissa.

—El sexo es nuestro y siempre ha estado ahí, al alcance de la mano. Mano que no se pone peluda por mucho que lo intentes —terció Norma.

Entonces les dije: Solo encuentro un problema, compañeras: cuando el placer está al alcance de la mano, deja de serlo.

Reflexión para ti: Este es un buen momento para plantearnos la conveniencia de nuestras creencias sobre el placer. Las heredamos, moldeamos de acuerdo a la buena conciencia de los educadores sociales, pero, ¿nos han servido de algo? Quizá sea momento de sacar nuestras creencias, airearlas y que se renueven con algo amable, sin arrepentimientos y que nos deje un buen sabor de boca.

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