La argéntea musa

La luna de plata te observa en silencio,

te viste guirnalda del sol que te da:

si yoyo te mira, si yoyo te abraza

igual sientes astro que sientes su paz.

Las olas de nieta se tornan resaca.

La niebla del alma se vuelve voraz.

Si alejan,

                si rompen,

                                  si dan media vuelta

y en forma de espejo recuerdas su Mar.

Hay noches de abrigo, hay noches de escora,

¡Ay yaya, qué evocas! ¡Ay, ay… ya no estás!

Recorres sus sitios, retomas su aurora:

sus altas barandas no son de metal.

Las pintas de verde reflejo ceniza

y captas su esencia de abril bicolor

si casi noventa que falta el poeta;

si duele que falta, más, tu crisol.

El eco en poemas del Mar de su Tierra,

la sed del reloj derretido en tu voz,

el suave suspiro de malva en tus letras

y dos peces de hielo en un whisky on the rocks.

Si fueran quinientas y no tan oscuras,

si lágrimas fueran de tierno azahar

simientes en árbol mudaran sus gotas

y en vástagos versos que mezan tu mal.

¡Qué vuelva la Vargas! ¡Qué vuelva a cantar!

¡A tu musa grisácea, color cenicienta!

¡A la musa cristal!

Y derramarse en mi tinta

que es transparente,

derramarse al nombrar

las palabras que solo

                                      tú reconozcas,

las palabras

                      señal

y que vuelva

                      la niña que grita

¡Venme a buscar…!

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