Sedantes

Una o dos veces al año caigo envuelta en ellos. Es como si con ellos viajara a otro planeta, a otro cuerpo y a otra vida.

Ahí la historia es otra. No hay ruido. Estoy en paz y no tengo por qué arrullarme con mis propios cuentos. En ese lugar el ruido no llega. Tampoco los recuerdos. Sólo son espacios totalmente blancos o negros, suaves y reconfortantes.

Supongo que alguna entidad divina y misteriosa me envuelve en esta atmósfera cuando existir es demasiado. Ella me encuentra y me saca de aquí, meciéndome en su regazo y tapada con su rebozo.

Luego, despierto a cualquier hora en este mundo, con sed, con hambre, con frío y luego con calor. Voy cargando misterios y deseos inexplicables.

Mis sueños son como una escalera, suben y bajan. Son un laberinto con puertas. He dejado de estar en tantos lugares para estar aquí donde huele a taro, a atole de uva como le decía yo.

Vivo la tragedia de la alergia a los lácteos. Ya no sé de qué alimentarme. Mis manos huelen a sexo matutino, a otro tipo de hambre, a otro tipo de sueños.

Faltan siete minutos para las once de la mañana y dos horas para entrar al trabajo. Llevaré las pastillas conmigo, el agua, las llaves, los lentes y un cuaderno donde se resuelvan mis alucinaciones.

En este fondo la luz ámbar casi grisácea anuncia el día que no deja de empezar y aguarda mis sueños en colores profundos.

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