Cuando me susurras al oído

Me susurrabas al oído. Te acercabas sin anunciarte, y bastaba un instante de distracción para descubrir que ya estabas conmigo. A veces tu voz se elevaba, tan intensa, que me perdía en ella y dejaba de entenderte. Pero en tus murmullos suaves encontraba siempre compañía.

En primavera tus visitas eran poco frecuentes. Entrabas por la puerta entreabierta sin pedir permiso, como si conocieras la casa desde siempre. Apenas aparecías, mi largo cabello castaño claro, y poco abundante, cobraba una vida que parecía no pertenecerme. Lo hacías danzar con tanta elegancia que, por unos momentos, me sentía protagonista de una película antigua. Imaginaba que era Brigitte Bardot, con una melena abundante y hermosa, mientras tú te divertías despeinándome con infinita delicadeza.

Me gustaba tu compañía. Eras el único capaz de hacerme olvidar aquello que me avergonzaba desde niña.

Padecía hiperhidrosis, una condición que provocaba que mi cuerpo sudara sin descanso. Bastaba que la temperatura aumentara un poco para que diminutas gotas comenzaran a recorrer mi frente, mis manos y mi espalda. Por eso casi siempre vestía ropa holgada y evitaba las telas gruesas. No era cuestión de vanidad; era la única forma de sentirme un poco más cómoda.

En la escuela no tardaron en convertir mi enfermedad en motivo de burla. Como me llamaba Luz María, dejaron de decirme Luchita para llamarme “Duchita”. Reían cada vez que una gota resbalaba por mi rostro o cuando, al estrechar una mano, descubrían que la mía estaba húmeda. Llegué a sentir que me derretía frente a todos.

Las burlas fueron tan constantes que mi madre decidió sacarme de la escuela. Continué mis estudios desde casa, lejos de las miradas y de las risas que tanto me herían.

Una tarde, después de llorar en silencio, le pregunté qué me ocurría.

—Hija, lo que tienes se llama hiperhidrosis. No es culpa tuya y no es fácil hacer que desaparezca. Lo heredaste de tu bisabuelo.

Aquellas palabras no curaron mi tristeza, pero sí borraron la culpa que había cargado durante años.

Desde entonces comprendí que había alguien que jamás se burlaba de mí. Al contrario, cada vez que llegabas secabas el sudor de mi frente, acariciabas mi rostro y hacías bailar mi cabello como si quisieras recordarme que aún podía sentirme hermosa.

Por eso espero con alegría los días frescos. Cuando entras por mi ventana y me abrazas con tu presencia, sonrío y te doy las gracias.

Porque tú, querido mío, no eres la solución a mi enfermedad…

Eres mi consuelo.

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