Hace años leí un libro de nombre “La sombra del viento” y, en estos días, buscando algo que leer, lo abrí y encontré unas líneas que me parecen un motivo de reflexión. “Pasan los días y yo sigo escribiéndote cartas que supongo prefieres no contestar, si es que llegas a abrirlas” (de Carlos Ruiz Zafón). Ante esas líneas me surgió la pregunta que tiene por nombre este texto.
¿Qué significa querer a una persona? Como respuesta inmediata podemos encontrar el amor romántico, aquel que da flores, dedica canciones y dibuja corazones, pero repensar el amor es un acto de reflexión profunda que va más allá de los detalles materiales. El “querer” es algo deseado, es simplemente querer como verbo, pero quizá no como sentimiento. El querer como verbo involucra el deseo, pasión, posesión y el querer como sentimiento nos lleva a la disposición de la voluntad al amor, al sentimiento, al deseo o apego, pero ambas coexisten. El mismo verbo, distinto enfoque, sin embargo, cuando decimos “quiero” y al objeto que nos referimos es una persona, las dinámicas cambian totalmente.
El querer aparece con el encuentro con el otro, aquello desconocido. El choque con la otredad: ¿Qué es esto o aquello? Es algo que existe. El otro es un mar de profundidad que no sabemos qué es lo que se encuentra; no nos podemos sumergir en el otro, solo nos queda estar frente a ello. Aquí se encuentran dos universos en el cual nos abrimos a la interpretación, un ejercicio hermenéutico, que se hace con la intención de querer conocer, de una voluntad viva a la apertura. El otro es simplemente eso, otro que se nos revela y que nosotros interpretamos. Pero en este intento de comprender su existencia comienza a interpelar la nuestra. El “otro” no es para poseer, es para respetar su alteridad, su existencia, dejar que su presencia nos interpele, abrirnos a él, ser interpretados por aquello. La apertura a la otredad es mostrarnos débiles ante la aceptación o rechazo. Es cuestionarnos a nosotros mismos y así modificarnos, el cambio ante la apertura del otro no es signo de ceder nuestra voluntad; voluntariamente nos abrimos a la posibilidad de ser transformados por el otro, no podemos quedarnos estáticos ante el otro, el otro nos modifica, mientras que el otro se abre a nosotros. Es dejar que el otro nos interpele, que altere nuestro estar y ser, y nuestra presencia interpele su existencia.
Reconocer su existencia, su misterio, escuchar su silencio, comprender sus contradicciones, porque nunca encontramos al otro de forma pura, “somos lo que otros han hecho de nosotros” (Sartre). Su simple presencia crea preguntas, pues ha interpelado mi ser, mi existencia, mi tiempo, es ese mi ejercicio de voluntad que permite que lo haga y alguien el yo hacerlo, es decir, es una transformación de mi horizonte, una reformulación de mi ser. Ante esto entra en juego la voluntad y la libertad, no cedemos la voluntad al permitir que se nos interprete, solo nos abrimos al otro reconociendo su otredad, aceptamos su libertad. Quitar la libertad es hacer un objeto, de un objeto no se puede recibir amor. La libertad debe formar parte de aquello que se ama, sino el amor es inexistente, es dominación y negación de la otredad. Esto en sí es una paradoja:
“Querer profundamente a alguien es también aceptar que nunca será mío, que será él/ella, que su libertad nunca debe ceder ante la mía, que su voluntad no deberá ser subordinada a la mía”.
Que es un encuentro de interpretación donde su existencia me ha interpelado, me transforma, me ha despertado algo que antes no había en mí y que el otro me transforma. Querer a alguien es respetar su ser, abrirme y ser interpelado, pero nunca será dominación. Interpretar, conocer sin reducir, ella/él, es libre y querer es amar su libertad y voluntad. Respetar su libertad incluso cuando su libertad contradice la mía.
El teorizar la libertad del otro suele ser lo más sencillo, lo fácil es querer entenderlo desde la fría razón. Pero esa teoría choca con la realidad, no es tan fácil aceptarla. El verdadero querer se pone en juego en la realidad, cuando aquel espejo extraño en el que te interpretabas y lo interpretabas se vuelve cada vez más difícil de reconocer, es ahí cuando duele la carne y tu ser, pues has descubierto tu finitud ante la libertad del otro, y esa libertad se vuelve experiencia y deja de ser un frío concepto.
Hay experiencias que no agotan en la racionalidad, que el sentir es más que lo racional. «El corazón tiene sus razones que la razón no conoce» (Blass Pascal), no porque sea superior, sino porque el corazón es totalmente otro que la razón. Y en este choque de encuentro, la carne con la realidad, la libertad como experiencia, cuando nuestra aceptamos finitud y la libertad del otro, quizá es ahí cuando comienza el querer verdadero.

Martin David Cortés Anzures, Licenciado en Filosofía por el Instituto Sapientia y Maestro en Educación por la Universidad Central Hispana. Docente en UNILA Campus Cuautla y en Colegio LA PAZ. Sus temas de interés son: racismo, género, desigualdades. Critico del capitalismo imperial de Estados Unidos.
