Los patos de cerámica repartidos por todo el patio hicieron que se arrepintiera de su decisión. No es que tuvieran algo especial. Eran únicamente decoraciones baratas. La mayoría de ellos había perdido el color de lo viejos que eran. Ramón estaba seguro de que el dueño de un patio así no podía estar en sus cabales. Por desgracia para él aquella casa no era otra que la de su tía Matilde. Era la hermana de su abuela y su única pariente viva. La única que quedaba después de la muerte de su padre. Si no necesitara huir se habría dado la vuelta nada más verlos. Supuso que era el precio por tratar de aprovecharse de una anciana que apenas conocía.
La mujer que lo había llamado con urgencia no parecía ser la misma que lo recibió. Hace apenas dos semanas sonaba como una persona extrovertida. La mujer que lo recibió se comunicaba con un par de movimientos de cabeza y unos cuantos quejidos. Nada más entrar la mujer le señaló una habitación en la planta alta. Luego se encerró en su cuarto azotando la puerta. Ramón subió las escaleras tratando de no romper las cerámicas. Pues en cada escalón había un pato idéntico a los del patio. En la planta superior una serie de puertas se repartía por un pasillo atascado de más patos. El aspecto de estás aves era distinto, pues muchas de ellas aún estaban envueltas en plástico de burbujas. El hombre pensó que sería fácil aprovechar la locura de su tía. Lo más conveniente era ignorar su obsesión hasta que pudiera largarse de ahí.
La pequeña habitación que la tía indicó contaba con una cama individual recargada a la pared. Tenía un fuerte olor a hongos a pesar de estar limpia y bien iluminada. Ramón dejó dentro sus escasas pertenencias. Después bajó de regreso hacía la sala. Observó que al centro había una mesa de madera frente a una nevera de dos piezas. En el costado había un par de sillones mullidos y una repisa que también estaba llena de patos de cerámica en miniatura. Junto a la sala había una puerta que supuso debía ser la cocina, pero no pudo comprobarlo. Al intentar abrirla notó que estaba sellada con un grupo de maderas clavadas a la altura de la chapa. No había nada que pudiera comer y a la vista no encontró nada de valor que pudiera vender para comprar un poco de cristal. Decidió irse a dormir antes de que la necesidad lo alcanzara.
Al otro día por la mañana busco a su tía, pero la mujer no parecía estar por ningún lado. La abstinencia lo estaba matando y no tenía nada para aplacarla. Tendría que aprovechar la ausencia de la mujer y encontrar algo de mínimo valor. Saltó entre las cerámicas para intentar abrir las puertas de la planta superior. Todas estaban cerradas. Comenzó a sudar y a comerse las uñas. Bajo a la sala para tomar un poco de agua y vió el cuarto de su tía. Ramón intentó entrar, pero al igual que el resto de habitaciones estaba cerrada. Regresó corriendo por las escaleras hacia su habitación y trajo una navaja con la que intentó abrir la puerta. Entonces sintió una mano que le tocaba el hombro. Parada junto a él estaba su tía Matilde. Observando muda lo que su sobrino intentaba hacer. En su rostro no había ni una mueca de rechazó o decepción. Solo una mirada que parecía penetrarlo hasta las vísceras. El hombre caminó hacia la anciana con la navaja en alto. Esta al verlo cerca le escupió sangre en la cara. Ramón se limpió con la manga y la empujó con ambas manos. La mujer trastabilló un par de veces antes de caer de espaldas sobre el piso. Cuando Ramón la revisó estaba muerta, su cuerpo parecía ser mucho más delgado y su piel estaba tan seca como si estuviera cubierta de polvo. El hombre tapó el cuerpo de la mujer con una manta roja y lo arrastró debajo de la mesa.
Se dió cuenta que lo mejor era irse por un tiempo. Regresaría después preocupado por su anciana y solitaria tía. Antes de irse tenía que llevarse todo lo que pudiera. Logró abrir la puerta del cuarto de su tía, pero en su interior no había nada más que una cama rodeada por patos. Esos malditos animales de cerámica que de forma obsesiva se repartían por toda la casa. Ramón escogió uno de los más grandes y lo lanzó contra el resto. Por los aires volaron pedazos irregulares de cerámica. Luego el hombre furioso pateó el resto de ellos hasta que los destrozó. Se cayó de rodillas junto a la cama rendido por la ansiedad.
Por la noche el ruido lo despertó. No estaba seguro de que se trataba. Salió de la habitación de su tía. Afuera el ruido se hacía más intenso. Salió por la puerta que daba hacía el patio. Eran los patos. Un incesante “cuacuacuac” salía de ellos, como si estuvieran vivos. Cerró la puerta y regresó hasta su habitación para taparse con una manta mientras se escondía en un rincón. No pudo volver a dormir, todo parecía una alucinación. Estaba limpio, preferiría no estarlo. Cuando la luz del sol se asomó por la ventana los patos se callaron. Ramón bajo de nueva cuenta. Quería irse de ahí, pero no tenía dinero. De nuevo en la sala estaba dispuesto a revisar el cadáver de su tía Matilde, pensando que tal vez traía encima unos billetes. El cuerpo ya no estaba. Ramón corrió por sus cosas. Pensaba irse en ese momento. Al bajar las escaleras sus ojos se posaron en un martillo que se encontraba sobre la repisa. Pensó en abrir la única puerta que estaba sellada, seguro de que ahí había algo de valor. Quitó una a una las maderas y la puerta se abrió con la última. Dentro de la cocina no había nada más que patos de cerámica rodeando un bulto cubierto con una manta roja. Ramón lo descubrió, era el cuerpo momificado de su tía Matilde.
El hombre se dió la vuelta tropezando con uno de los patos. Cayó al piso y observó hacía el cuarto de la mujer. La otra tía estaba sentada en su cama mirándolo. Ramón se levantó e intentó salir corriendo, pero la puerta estaba atorada. La mujer se levantó y caminó despacio hacía él. Ramón corrió hacia la cocina y recuperó el martillo. Golpeó con él la puerta hasta que se abrió. Los patos de toda la casa comenzaron a vibrar mientras su incesante sonido iba en aumento. Ramón corrió hacia el patio. Los patos graznaban con más intensidad cada segundo. La otra tía salió de la casa siguiéndolo. Los patos de cerámica comenzaron a reventarse uno a uno por toda la casa. Ramón llegó hasta la puerta. Estaba cerrada. Los patos restantes en el patio se reventaron al mismo tiempo. Hechos polvo estallaron en una nube que no le permitió ver el portal que se había abierto en el patio. Hacía allí fue arrastrado Ramón por el espectro que había dejado de tener el rostro de su tía Matilde.

José S. Ponce (México, 1995) Estudió Biología en la Facultad de Ciencias de la UNAM. Actividad que compagina con la lectura y escritura de literatura de imaginación. Fanático de la animación. Autor de la antología Bio-extravíos (Vórtice, 2024) ha publicado relatos en las revistas Río Grande Review, Exogénesis, Teoría Omicron, Espejo humeante, Retazos de ficción, Narrativa y Exocerebros. En los podcasts Cuentos del bosque oscuro y Noche de Terror. Y en la antología La extraña orquídea floreció en el sur. Cuentos de ecohorror.
