Se acabó el mundo de las luciérnagas.
No hay suficiente oscuridad que justifique su brillo nocturno.
Se acabó el mundo de la música y el dolor.
De esa sensación unánime que termina en una trenza.
Acaso quedan algunos lamentos que hablan de esta tristeza mía que no se termina.
Ella dice que se acabó el mundo de los misterios y los regalos inútiles.
Tampoco le creo.
Pero es verdad que se ha terminado la posibilidad de perder.
Todos los cofres han sido abiertos.
Cada anhelo del corazón se ha roto.
También se fue el silencio y el aburrimiento.
El punto muerto.
Mi plexo solar ahora sabe de depresiones y ventarrones y sequías.
“No. lo confundes todo”.
Esto es más grande que tú y yo.
Existe desde que las lenguas se tocaron por primera vez en la época de las cavernas.
Y se instauró la posibilidad (¿o la maldición?) de la violencia y el amor.
Es como querer decir algo y no saber qué.
Es como querer decir algo y ocultarlo detrás de palabras palabras palabras.
Es como querer decir algo y abrirse al mundo y encontrar la decepción.
No se equipara la profundidad de mi alma con la quietud de las letras.
No obstante.
Prefiero tu sonrisa a la verdad.
El mundo del sí se ha terminado. De la sencillez. Del calor ligero del verano.
Me veo a mí mismo en esa playa moribunda.
Qué solitarios fueron los días y las noches.
Afuera, una iguana resguarda mi sueño aferrada a un platanal eterno.
Y todo el tiempo siento miedo, pienso.
Y veo tus ojos viendo mis manos. Y sé que quieres tocarme. ¿Cómo lo explico?
Veo todo tu cuerpo queriendo callar y replegarse y olvidarse.
Pero no sucede todo al mismo tiempo.
Sucede lo que yo no quiero y te unes a la procesión de fantasmas.
No hay más extensiones que recorrer.
Sí, todo es tan vasto y parece inconmensurable pero ya lo viví antes de tiempo.
Miro la noche afuera de mi ventana y extraño las luciérnagas y los cofres cerrados.
La promesa de que las palabras algún día dirán lo que anhela mi corazón.
La certeza de que existe una canción que me arrulle definitivamente a la mar.
Por ahora sólo me queda mirar a mi gato relamerse. Contemplar la suavidad de su alma.
Me queda un inventario de cicatrices. Recuerdos de una belleza atroz.
Apenas atisbos. Fragmentos fugaces.
De esos días de fundirme en el césped y el agua
y de alcanzar la velocidad suficiente para romper el viento.
Días de comer duraznos en almíbar en la mecedora de mimbre. Ay. también se han ido.
De bailar hasta que el rostro duela, de besarnos sobre la hojarasca de una alberca vacía,
de vivir deliciosamente y destruir mi cuerpo, siempre un poco antes del límite.
Todo ha pasado ya. Sólo cambia la temperatura y la magnitud.
Se está acabando el afuera y con estos años encima, ya sólo vivo dentro de mí.

Cuernavaca, Morelos, 1988. Escritor y pensador mexicano. Licenciado en Letras Hispánicas y Maestro en Producción Editorial por la Universidad Autónoma del Estado de Morelos. Su obra está centrada en temas como la infancia, la memoria, Cuernavaca (la ciudad en la que reside actualmente), el cine, la música, los libros, la amistad y los animales.
