El anciano caminaba de pueblo en pueblo. Cargaba una cubeta desbordada de manzanas en cada mano, se balanceaba ora p’acá, ora p’allá. Y como arrastraba un poco los pies iba desgastando sus preciados huaraches de piel café. Vestía de punta en blanco, sombrero de paja raído y un paliacate rojo atado al cuello para cubrir el accidente que le dejó muchas cicatrices. Estuvo tan cerca de la muerte que solo en manos de una curandera famosa pudo recuperarse. A pesar del tiempo ido, al viejo aún se le erizaba la piel toda vez que le pasaba cerca un caballo. Por eso pensaba que el único medio seguro era caminar, y se lo había tomado tan en serio que a todos lados iba andando. Lo que más ansiaba en este mundo era ir perdiendo, aunque fuera de a pocos, los recuerdos que lo ataban a su juventud. Se decía fácil, pero su memoria era caprichosa.
Una no se imaginaría que un viejo obstinado y de parcos modales como éste, pudiera tener semejante habilidad para la venta. Quizás eran sus raíces veracruzanas, o la experiencia acumulada de cuando comerciaba la vainilla de Papantla, pero lo cierto es que vendía como loco. De diez en diez, la gente le compraba esas manzanas que, aunque pequeñas y malacarita, eran dulces y muy jugosas. Y al final del día las cubetas sin fruta sobrante estaban listas para partir. Prefería caminar de noche y llegar antes que el sol al poblado de junto.
Una supondría que, como el resto, el anciano bebía champolas de guanábana o café. Que comía huachinango a la veracruzana preparado con alcaparras, aceitunas, jitomate, cebolla y chilitos güeros; o unos taquitos de tepezcuintle al mojo de ajo, guacamole y salsita picante. ¡Pero no! Ni siquiera de tiempo en tiempo, el viejo se endulzaba la vida con unas gorditas de maíz o un trocito de jamoncillo en pepita de calabaza. Y si alguna vez hubiera cenado unos tamalitos dulces, quizás hubiera tenido mejor carácter, pero ni por esas.
Andaba tan venido a menos que al verlo una dudaría que él hubiera sido la voz del son, la añoranza jarocha y el arpegio del alma. ¡Cuánto extrañaba su micrófono negro! El gordito, ese que capturaba y engrandecía su melodiosa voz, aquella que le dio fama a su conjunto, le rodeó de amistades y le acercó a esa morena, la que marcaba el paso a puro tacón, la que inspiraba coplas, la única mujer que en verdad amó.
Una se preguntaría cómo se las ingeniaba este viejo para vivir sin su arpa. Por qué no se había quedado más tiempo en un mismo lugar para sonar su música, hacer amistades, emparejarse y esas cosas comunes que espera la gente. ¿De cuál de sus recuerdos huía? Y la verdad es que ni quien se preguntara nada, porque cuando se le acercaban a comprar, en realidad, nadie le veía a los ojos. Tampoco se daban cuenta de que los surcos del rostro no eran arrugas, sino cicatrices, y que sus canas venían de su infancia.
Cómo no dejar de presentir esa noche si el cielo gemía, arreciaba el viento y las olas caóticas, reventaban en alta mar. El sombrero del viejo salió volando y tuvo que perseguirlo. Aceptaba, casi con gusto culposo, que la arena se levantara y le azotara el cuerpo como un látigo. Y aunque deseaba olvidarla, esa noche podía sentir el aroma de su cercanía, cuando besaba la comisura de sus labios, deslizando sus manos debajo de su blusa bordada para dibujarle cada rinconcito de piel. Aún podía mirarse reflejado en sus pupilas dilatadas. Cuánto se deseaban. ¡Tanto! que el uno podía advertir la presencia del otro aún a la distancia. Volvió en sí para despreciarse por no conseguir arrancarla de su memoria ni de su corazón.
Corrían los meses y por más que el anciano se alejaba, eran pocas las memorias que iba perdiendo. Entre las recurrentes estaba la tarde cuando sorprendió infraganti a su morena revoloteando en la cama de su compadre, y ante eso, una pensaría que él se hubiera quebrado. ¡Pero no! Se alejó en silencio, montó su caballo de un salto y huyó de estampida. Solo un acto de magia podría haberlo sosegado. Tenía la cara roja hirviendo de rabia, las mandíbulas apretadas e iba clavándole las espuelas al pobre animal.
Cuando llegó a Catemaco atraído por la ilusión, desmontó y ya andaba en el malecón rodeado de promesas: que si lociones para alejar envidias y recuperar la fama; consultas para adivinar el futuro, limpias pal mal de ojo, polvos para la potencia sexual, encantos de amor y hierbas para sanar el alma; incluso vendían conjuros para resarcirse de agravios. ¡No era casual que al atardecer él anduviera por ahí! Y cómo no dejarse atrapar por la curiosidad, el misterio o la desbordante belleza natural que envolvía a curanderos, adivinos y hechiceros en una noche de luna llena.
Que esa tarde no debía haber ido a Catemaco era cierto, y él también lo intuía. Tuvo que haber encontrado a un hechicero que le preparara un brebaje para recuperar a su amor o una pócima que le hiciera olvidarla. ¡Pero no! Él tuvo que encontrar al brujo, quien con vehemente pasión, se puso a sus órdenes para invocar poderes que acallaran su sed de venganza. Lo citó a la media noche, entre el lago y la montaña, ese primer viernes de marzo, momento perfecto para ser escuchados.
Más tarde se abandonó a los conjuros del brujo que le prometió transferirle la fuerza del mal para que pudiera desquitarse de quienes le habían roto el corazón. Una se cuestionaría si el joven pensó en las implicaciones de tal ofrecimiento. En eso, se desató un aguacero con gotas enormes, ambos se empaparon en un abrir y cerrar de ojos y ni así se detuvieron.
Un primer relámpago encendió la noche y se vio al brujo agitar hacia el cielo una espada en forma de serpiente, vociferando palabras incomprensibles. La neblina parecía emerger de las entrañas del suelo. En el siguiente relámpago se vio que el brujo sujetaba con ambas manos la espada en alto, invocando a gritos la presencia del demonio. ¡Señor de las tinieblas danos tus poderes, y a cambio, toma el alma de este hombre agraviado que quiere venganza!, vociferó el brujo y el joven cayó de rodillas, su cuerpo adormecido se desvaneció.
El viejo sabía que después de esa noche lo que hizo fue más que detestable y aún así se alegraba por haberlo olvidado. Una creería que, como el resto, su mente evocaría lo malo una y mil veces, pero la suya lo borró. En su siguiente recuerdo jineteaba al potro que iba desbocado, y como no pudo detenerlo antes de entrar a la arbolada, las ramas que no esquivaba le desgarraron la cara, el cuello y el resto del cuerpo hasta que una más gruesa, lo tumbó de un golpe mandándolo a rodar por los suelos. Y claro, ni cómo olvidar cuando escapó si tenía marcado el cuerpo entero.
Cayó la cubeta y rodaron las manzanas por el suelo. Desconocía si aún era posible redimirse o destapar los entuertos de su juventud. Por primera vez, probó una manzana de las suyas, estaba jugosa. Apenas entonces hubo un atisbo de luz en su memoria. Fue cuando emprendió el viaje de retorno al único lugar donde le conocían: su pueblo natal.
Una intuiría que en aquellos tiempos cuando el viejo era un joven famoso, ante la infidelidad los lugareños se ensañarían contra la morena. Pero más bien se fueron contra el mentado compadre que bien merecido se lo tenía. Y como la voz del son les había alegrado sus fiestas, nadie pensaba delatarlo. De no haber huido se hubiera enterado que la huesuda anduvo rondando, pero no se lo llevó. Y que si fueron dos o más los plomazos disparados ya a nadie le importaba.

Directora de cine y televisión, ha escrito guiones y realizado cortometrajes, miniseries y documentales. Ha desarrollado programas de comunicación estratégica e investigación social. De ahí su fascinación por explorar lo cotidiano, desatar fantasías y construir universos íntimos. Ahora expande su horizonte al incursionar en la narrativa; observando a extraños se inspira y teje tramas como la de “Manzanas para el recuerdo”, relato que estrena en Letras Insomnes.

¡Qué buen relato! Disfruté mucho su lectura.