En materia de pensamiento literario, la diversidad no es menor que la incertidumbre. Aceptamos o manufacturamos una visión por coherente, por deslumbrante, por suficiente o por alguna otra razón persuasiva. Lo cierto es esto: no hay ponderación definitiva, aunque solemos aceptar de una obra juicios ajenos (especialmente si no la hemos leído) a veces, incluso, por no estar muy seguros de los nuestros. El desbarajuste acecha a lectores y críticos, aunque se apelliden Borges o Bloom. Exponiéndome a tal contingencia, comparto mi lectura de Ruelijo.
De inicio: aunque no ha cambiado de lengua, el español puesto en acción por Luz Arvizu Lesser no esconde sus afanes por la recreación de estructuras y significados y, a través de todos sus versos, prueba no extraer maravillas de vetas idiomáticas quizá agotadas sino replantearse, a veces con afabilidad y a veces palmariamente, la trayectoria en apariencia tan familiar de nuestro idioma:
“Él es la tierra que no me oscurece, más bien aparezco en la Luna sonrojada a la que le damos color, es la dirección espontánea que tomamos, que tornamos, que se mantiene en su camino, aun cuando hay quienes se dispersan a nuestro alrededor, y son cielo colorido cercano al lirio estacional. Sol abrasante que nos deja, con un poco de su color, con un poco de sus destilados, estamos; rubios encariñados que se asientan en cítricas gotas que lindan en el tallo se acomodan cual collar”. (Ulteriormente quinto en primaveras)
Necesaria observación: la avidez de significados no implica desconocimiento o desestima respecto a otras presencias: Quiero escribir desde hace varios días, contestarle a los poetas que leí, preguntarles rosas, regalarles un pedazo de mi vida agradecida. Pero no hallo cómo. Al dialogar en su escritura con esos poetas, por igual se dirige al lector: existe una cofradía secreta, persistente, de quienes inquieren, exploran, husmean, averiguan en la cartografía de los sonidos, de los vocablos, de los sentidos, sin renunciar al habla que a todos articula y a todos siempre derrota.
A veces interpretamos a una escritura como oracular. Esperamos indique bonanza o salvaguarda, abundancia o regularidad, permanencia o fortaleza, esperanza o serenidad. Leemos en ella el decurso de la existencia o su viabilidad, sabiendo presente y recóndito al caos destructor del orden conocido y aceptado. También relegamos ese entendimiento por argumentos como la verdad, la historia, la moralidad, la edad, la razón, la cultura. Empero, subsisten el espíritu de contradicción, las hesitaciones necesarias, las preguntas impostergables:
“Cuántas veces habrá sangrado su corazón para regalar tantos talentos en una persona? ¿cuántas lágrimas habrá manufacturado para que corrieran a susurrarle inspiraciones? ¿cuántas noches se habrá aguantado llevar la buena nueva para dejarle sufrir hacia sus frutos? ¿cuántas veces no ha repetido estas sus hazañas para que vayamos, en cachitos y pizcas, el corazón que nos llevará a rendir?” (En la región del soñador local)
El ser convulso, su implacable crispación, su espasmódica errancia, su entendimiento desasosegado, principia los códigos de la inteligencia y su mixtura, la confusión entre el espejo y su afuera. Cuando el hábito fiable es asidero cierto, surge el ápice del trastorno:
Porque me da tanto miedo el límite que me contengo de vez en cuando, de repente, repelente. (Cuenca de sidra)
Al cuerpo de Ruelijo lo habita una voluntad lúdica tan necesaria a su autora como la ineluctable determinación de decir al mundo a sabiendas de que todo decir resulta inasequible. ¿Cómo zanjar
Sirvan dos miradas desiguales y complementarias a la tentativa de vislumbrar Ruelijo. De una parte, la frase de Robert Fitterman y Vanessa Place en sus Notas sobre conceptualismos: La mímesis radical es el pecado original. En otro borde, la proposición de Marcel Schwob en el proemio de sus Vidas imaginarias: El arte es lo contrario de las ideas generales, no describe sino lo individual, no desea más que lo único. La búsqueda, entonces y al menos en el último siglo y medio que nos antecede, es acerca de la diferencia, sabiendo el altísimo grado de dificultad supuesto en ella. No se trata ya de dar la batalla por la originalidad en tanto construcción de un origen sino en poner atención a la disparidad, la sutil separación en el páramo de lo general y por la cual es imposible ser exactamente iguales aunque resultemos semejantes. El pensamiento endeble de la vida práctica dicta, por sobrevivencia, generalizaciones; pero llegado el momento de la subsistencia vital, requerimos la multiplicidad de lo diverso, porque lo incomparable es la medida necesaria para que lo único resulte un valor en sí mismo y no una excentricidad o un desvarío. El prometimiento de los poemas de Luz Arvizu estriba en la apuesta por hacer relevante la diferencia al lector: esta es una primera vez para la poesía, estas las palabras de esa primera ocasión, este asombro impar en sus consecuencias, este estremecimiento señero en alegría o consternación. Habrá otros semejantes, pero ¿por qué confiar en estos? Precisamente por el proceso mimético: la realidad cualquier cosa que eso sea, es arrancada de su indiferencia a golpe de palabras para tornarse en algo más que hostil entorno cerrado e indiferente.
Hago un asedio final, por ahora, a la escritura de Ruelijo. Dos posturas me sirven de estimables justificaciones. En la presentación a su Repertorio de disparates, Pedro Gringoire, asienta existen “el disparate usual y el uso legítimo en la práctica de una lengua”. Y aunque su prosa ensayística tiende a la literatura, sus argumentos resultan muy conservadores, es decir, muy improcedentes, y pueden sintetizarse en: salvemos al idioma del uso bárbaro realizado por los ignorantes a través de prácticas como las realizadas por teólogos, filósofos y literatos quienes las emplean “en sus altos menesteres”. Se le olvidó convenientemente a este autor que la poesía —y la literatura toda— suele presentar una rebeldía, una oposición franca y muy necesaria a la correcta aplicación del idioma. Quien busque ejemplaridad entendida como obediencia gramatical, no podrá entablar intercambio con la poesía de Ruelijo y su invitación a la vivaz, saludable, gozosa y rica incorrección.
El sitio final lo establezco desde Borges y su breve prosa The unending gift. Al hablar de un cuadro prometido mas nunca realizado a causa de la muerte del por el pintor, el autor de Fervor de Buenos Aires, plantea no sólo el carácter inagotable de tal cuadro inexistente sino además su naturaleza inmarcesible, su carácter inagotable. Y esos mismos atributos encontramos en la poesía de nuestra joven autora:
“Si yo pudiera construirle una cabaña al corazón, le podría un cuarto chiquitito para mí, para poder visitarlo en mis paseos, y de ida le sacaría la basura porque su cuerpo ya no cabe en la puerta, y tan fuertes son sus pisadas que en la mañana entonan el amanecer de sus alrededores, los árboles se estiran y los pájaros empiezan a calentar. Cuando cocina cambia de colores, como si se camuflara con la comida, como si le sonrojara su sabor. Riega los pastos con sus lágrimas gigantes, y entonces el viento corre a acariciarle, a apapacharle, y los truenos avisan al rayo que alumbre su noche, por si es la oscuridad la que le aqueja. Cuando duerme no ronca pero crece de tamaño; su postre son los sueños y cuando alguien le visita abro los ojos y despierta en mí un día suave”. (Zurrón de garambullos)
Luz Arivu Lesser, Ruelijo, Ciudad de México, Infinita, 2026.
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César Cano Basaldúa. Poeta, tallerista e investigador mexicano originario de Querétaro, con una trayectoria de más de tres décadas en las letras nacionales, caracterizándose por una producción literaria que explora la purificación de la palabra, la intensidad estética y la resistencia interior.
