“Los sueños tienen una forma difícil de contarse”. Escuche esa frase lejos de donde pude lazar por fin una macho de pelaje lleno de espectaculares combinaciones blancas, grises y negras. Su tono claro no era ajeno incluso al complice de su especie completamente negro sobre el cual yo montaba.
Tras el relincho del caballo, sus golpes firmes para intentar liberarse puede escuchar claro y alto un llanto infantil. Me apee y así controlé los pasos de los animales mientras encontraba donde colgarlos sin tener mayores dificultades.
Un hombre estaba en el centro con tres niñas pequeñas, sucias, vestidas de un color amarillento y la cabeza cubierta, parecía que le rezaban al cuerpo de su madre. Toqué mi frente y pecho como señal de respeto. Saludé sólo hasta que la función mortuoria terminó por completo.
Aquel caballero me miraba con los ojos llenos de tristeza, con el brillo del cansancio, la soledad y desesperanza. También con la vergüenza de tener a sus hijas en aquellas condiciones. Por instinto le ofrecí ayuda y una morada o compañía para llegar a sus tierras, que atiné a comprender vecinas.
Él negó tener algo de valor para intercambiar por cena y una noche para cuatro nuevas bocas. Insistí en llevarlos con nosotros. Mi hijita haría rendir la comida, estaba seguro.
Le presenté a mi hija a los inquilinos y nuevos invitados para que ajustara la comida. Ella, saludó y sirvió té para todos en lo que la sopa estaba lista. “Seis personas, son el número más grande de bocas alimentadas en esta casa. Que alguna bendición nos caiga a los viudos, de una vez por todas”. Pensé.
“Siete” respondió la voz de una de las niñas quien llevaba como su fuera una sombra a otra igual. No le di importancia a mis malos números, sólo agradecí la destreza de mis invitados para juntar leña y mantener la casa cálida, así como que esta fuese cómoda para todos. El suelo y el fuego harían lo suyo para dormir plenamente.
Aquel vecino se acercó a mi cuando sus hijas jugaban con la mía y en tono de confidencia me soltó sin rodeos “Lo único que puedo ofrecerle por el caballo que acaba de capturar es una parte de mi tierra y alianza matrimonial para su hija”. Él notó que no lo tomaba en serio, así que una de las niñas sin pensarlo se quitó el vestido y mostró que debajo llevaba atavíos masculinos propios de su edad.
Amelia es muy joven todavía, quise responder, aunque ya se había encargado de todos y, menos mal, no la quería para si. “Si Amelia se casa con Tiberio, te mostraré en qué parte de nuestras tierras y las tuyas hay una enorme mina”. Nuevamente la voz de la niña resonaba en mi cabeza.
El padre confirmó aquellas palabras y yo, acepté sin tener mucha idea del verdadero motivo. Ahora ellos tenían un caballo, yo un yerno, él una nuera y cuatro niños mas, dos niñas pequeñas y dos niños igualmente vestidos como señoritas para ocultar su identidad, no sus modales y esa fijación por el silencio.
Nos permitimos tres días para hacer los preparativos de la boda que únicamente eran modestas ropas nuevas para la novia y novio y limpiar las del resto. Las riendas de los caballos sirvieron como enlace entre las manos de Amelia y Tiberio.
Trataba de no pensar, pues, la gemela de Tiberio, Isabella, sabía bien entrar a mi cabeza, y a la de su padre, cruzaba información de ambos a su antojo. Reveló que su madre hacia los mismo y que el mapa se lo había confiado ella, así como el páramo lleno de caballos, agua corriente, pozos y lo que pudiera necesitar para amasar una enorme fortuna.
El inicio de la mina fue cavado sólo por la familia extendida, sus túneles daban el aspecto de una serpiente que desea meter la cabeza en la tierra. Después contratamos trabajadores que exploraban las áreas que Isabella deseaba revelarles.
Seguido soñaba con ramas y raíces blancas bajo la tierra en forma de caballos que corrían por todos los rincones de ese terreno. Iban y venían a voluntad, llenando el aire con sus trotes y ese olor a tierra, sudor, agua, magia y trabajo.
En las noches de luna llena descansábamos a la intemperie lo máximo posible. El pequeño matrimonio se miraba de reojo y buscaba estrellas fugaces en el firmamento. Sus manos se unían no por amor, sino para recordarse una alianza.
De la mina brotaron piedras preciosas de las que nos volvimos comerciantes. Entrar a la tierra era algo de lo que comenzaba a olvidarme, hasta que esa mujer de cabello rojo, envuelta en un cobertor azul y gris me indicaba buscar piedras bajo las huellas de los caballos.
Isabella era alguien con quien soñaba y hablaba en mi cabeza mientras yo viajaba a lomo de caballo por la tierras de Morfeo colectando recursos y añoranzas, olvidando mi propia vida y mi propio nombre.
Isabella me encontraba en todas las vidas y me arrulllaba dentro de mis sueños más locos. En otra vida la llamaban Sherezade.

Nací en Guachochi, Chihuahua, México. A través del arte he conocido el mundo próximo y lejano. Las letras han sido mis mejores amigas y confidentes, la brújula capaz de guiarme por el sendero de ser cronista del mundo que conozco e imagino. Soy todas mis palabras y todos mis silencios. Amante de la vida en cualquier transición.
