Crónica de la venganza

Esta historia comienza en tiempos de guerra entre dos poderosas civilizaciones, los Mexicas y los Tlaxcaltecas. Los pueblos indígenas eran respetuosos de la naturaleza, sus decisiones las tomaban en torno a los astros, a los sueños y a la naturaleza. Para ello, consultaban a los “Seres de Luz” o “Tlahuelpuchi” por su vocablo náhuatl. En la antigua República de Texcallan[1], se les consideraba criaturas prodigiosas que ejercían como hechiceras y oráculos. Dominaban el uso de plantas medicinales y sahumerios; detectaban desequilibrios tanto físicos como espirituales; interpretaban sueños y, en ocasiones, eran capaces de vislumbrar el porvenir. Asistían en el nacimiento de los bebés, facilitando su llegada al mundo terrenal, y también acompañaban a los moribundos, ayudándoles a partir sin sufrimiento hacia el Mictlán. Podían comunicarse con los animales e incluso transformarse en aquel que eligieran. Estas criaturas podían surgir en cualquier casta; eran profundamente valoradas en sus pueblos. La familia en la que nacía una Tlahuelpuchi era considerada una bendición de los dioses. Las mujeres que recibían este don ingresaban al Tēixiptla Calli, donde aprendían a canalizar sus habilidades en beneficio de su comunidad.

En Quiauiztlán, un guerrero de nombre Tēcuani junto con su esposa Xochitl, vivían con sus hijas gemelas, Atzi y Yeyetzi. Al cumplir once años, Atzi tuvo un sueño: un colibrí volaba hacia ella, la miró de frente y le recitó. -Atzi, tu corazón sangrante tocó la piedra, y la piedra habló. Eres flor de la noche, alivio sagrado en la enfermedad. Hoy Camaxtli te mira, te llama para dejar la niñez y convertirte en luz. -A la mañana siguiente, Atzi despertó con un leve dolor en el vientre. Su hermana Yeyetzi ya había vivido algo similar, así que Atzi sabía que pronto le llegaría también: su primera menstruación. Sintió que algo quería salir; pensó que era parte del proceso natural, pero lo que ocurrió después no lo fue. Un destello de luz emanó de su vulva. Sus padres acudieron de inmediato al escuchar los gritos de Yeyetzi. Cuando llegaron, Atzi irradiaba una luminiscencia intensa desde lo más profundo de su ser. Instantes después, la luz se apagó. Ambos sabían lo que aquello significaba: su hija había sido bendecida por Camaxtli para convertirse en una Tlahuelpuchi. La emoción los invadió con orgullo y gratitud, pero Yeyetzi, no compartió ese sentimiento. A partir de ese día su relación se iría disipando por la atención que recibía Atzi por parte de su familia y comunidad.

La guerra se intensificaba, hombres blancos y barbados, sellaron una alianza con los Señoríos. Esto permitió a los españoles establecerse en el territorio de Texcallan e iniciaron la conversión de los pueblos originarios al catolicismo. Afirmaban que solo Dios podía sanar enfermedades o redimir las almas de los difuntos; cualquier otra práctica era considerada obra del demonio y, por ende, condenada. Estas afirmaciones por parte de la Iglesia Católica, hizo que las Tlahuelpuchi fueran objeto de persecución, los soldados españoles las capturaban, azotaban en público y al final, eran quemadas vivas como advertencia para sus iguales. Atzi intentó ocultarse entre las personas que alguna vez había ayudado, pero todos le dieron la espalda. Finalmente, encontró resguardo en casa de su hermana, quien la acogió sin reservas. Yeyetzi tenía toda la confianza de su hermana, esta no podría imaginar lo que estaba por suceder.  Mientras descansaba, tras varios días de huir, unos soldados españoles se presentaron frente a ella. Yeyetzi la entregó para que fuera ejecutada. Sin darle oportunidad de reaccionar, los hombres le cortaron la cabeza. Yeyetzi presenció el acto junto a su hija Citlali. Lo último que ambas vieron de Atzi fue el terror petrificado en sus ojos muertos, mientras colgaban de la mano de un soldado. Esa imagen se grabaría para siempre en la memoria de Citlali. Terminado el acto, Yeyetzi y Citlali fueron llevadas ante los frailes para recibir el bautismo. Desde entonces, Yeyetzi sería conocida como Ana y su hija como María.

El tiempo paso, los ritos en honor a los Dioses, estaban casi extintos, la Fe Católica gobernaba la vida de españoles e indígenas por igual. Esa noche, Lilith se preparaba para dormir. Le dio un beso a su abuela Ana y se retiró a descansar. Sus sueños solían ser extraños, pero ninguno se comparaba con lo que se manifestaría aquella noche. Caminaba por la orilla de un río cuando una voz comenzó a sonar –Mictetzin[2]… – Lilith seguía el llamado de esa voz, sentía que era ella a quien llamaban. Terminando el río, entró en la explanada de un templo donde numerosas mujeres entonaban cantos y realizaban danzas. En el centro, sobre una plancha de piedra, se encontraban cinco mujeres. La que ocupaba el lugar central le resultó inquietantemente familiar, como si la conociera desde siempre. Esa mujer la miró directamente a los ojos y le regaló una sonrisa cargada de ternura, como la que solo una madre ofrece al conocer a su hijo. De pronto, un resplandor iluminó la explanada. Las cinco mujeres se fusionaron en un solo ser: un colibrí. La pequeña ave la observó con intensidad y le dijo -Mictetzin, tu corazón sangrante tocó la piedra, y la piedra habló.


Eres flor de la noche, alivio sagrado en la enfermedad. Hoy Camaxtli te mira, te llama para dejar la niñez y convertirte en luz. – En ese instante, la luz se desvaneció. La explanada había desaparecido. En su lugar, se extendía un lago de lava. Donde antes estaba el templo, se erguía un obelisco de obsidiana con forma esquelética: un rostro de calavera coronado por un tocado de plumas, representadas por puntas del sagrado mineral. Sus ojos ardían con llamas vivas, de las cuales emergían llantos de bebés y ecos de dolor.  A la mañana siguiente, Lilith despertó con un intenso dolor en el vientre. Se incorporó de inmediato y comenzó a sentir cómo algo fluía desde su vulva. Ana, entró al cuarto al instante y presenció cómo su nieta irradiaba luz desde lo más profundo de su ser. María observó la escena, y en su mente se proyectó la imagen de su tía Atzi siendo decapitada por un soldado. El miedo se apoderó de ella. La luminiscencia que emanaba Lilith se desvaneció, dejando en su rostro una expresión de pánico y desconcierto. —¡DEMONIO! ¡ERES UN DEMONIO, IGUAL QUE ATZI! ¡ARDERÁS EN EL INFIERNO! —gritó Ana.

María salió esa misma noche con Lilith. Su madre había ido a la iglesia para alertar a los frailes; los soldados no tardarían en llegar por la niña. —¿Qué me está pasando, mamá? —preguntó Lilith con temor. —Lo mejor es que no lo sepas, hija. —¿Pero por qué mi abuela reaccionó así? ¿A dónde fue? —Escúchame bien, debes esconderte, ya te lo explicaré después, por ahora, aléjate lo más que puedas. Sigue este sendero, refúgiate en el bosque y no te acerques ni hables con nadie, por favor. Yo te buscaré en unos días. Con lágrimas en los ojos, María se despidió de su hija, dejándole un chiquihuite con comida y unas mantas, luego, se marchó.

Diez días transcurrieron desde la partida de María. Lilith se había refugiado en una pequeña cueva cercana al río. La comida se había agotado, y el temor de que algo le hubiera ocurrido a su madre comenzaba a crecer. Volver no era una opción, ni siquiera para buscarla; la instrucción de María había sido muy clara. Mientras intentaba reflexionar sobre qué hacer, se acercó al río para beber agua. Fue entonces cuando se topó con dos mujeres que recolectaban raíces y agua. Lilith intentó ocultarse, pero al moverse rompió una rama, lo que llamó la atención de las desconocidas, quienes de inmediato localizaron el origen del sonido. Trató de huir, pero justo frente a ella apareció otra mujer que le bloqueó el paso. La miró fijamente a los ojos y pronunció —Mictetzin… – Lilith había escuchado ese nombre solo en su sueño. No sabía qué significaba. —¿Qué? —preguntó con desconcierto. La mujer se dio la vuelta, mientras las otras dos la tomaban por los brazos y la conducían con ellas. La llevaron a una pequeña aldea compuesta por unas cuantas chozas; no debían ser más de diez. La introdujeron en una de ellas y colocaron le colocaron enfrente una jícara con hongos, nopales y chapulines. Lilith podría haber rechazado el ofrecimiento, pero llevaba tres días sin probar bocado. Sin pensarlo, se abalanzó sobre la comida mientras sus captoras, la dejaron sola en la choza.

El sol cayó y la luna brillo con fulgor en la noche, Lilith estaba frente a una fogata ubicada en el centro de las viviendas. Al parecer, toda la comunidad estaba reunida: una tribu compuesta únicamente por mujeres. Junto a Lilith estaba la que la había detenido en el río, quien claramente parecía ser la líder. La observó fijamente; su rostro no mostraba emoción alguna, lo que intensificó el miedo de Lilith. —Mictecacihuatl —dijo al fin la mujer— nos ha sonreído. Las Huey Tlahuelpuchi [3]sobrevivientes del Tēixiptla Calli habíamos anticipado tu llegada, mi preciosa Mictetzin… Tú nos guiarás en el Cuītlalpan Yohualli[4], fortalecerás a tus hermanas, y así nos vengaremos de quienes nos traicionaron, de los invasores del sol y el pueblo que amábamos, al que ofrendamos nuestra vida y que nos entregó al dios de los conquistadores. Esta noche, las Tlahuelpuchi nos llenamos de gozo, pues el momento de nuestro ascenso está cerca. – Las mujeres comenzaron a gritar en un estallido colectivo de júbilo. La música y los cantos envolvieron el fuego. —¿Qué es todo esto? —preguntó Lilith. La mujer la miró unos segundos y, con un gesto de su bastón, la invitó a la choza más grande. Al entrar, se sentaron sobre un petate colocado en el centro. Alrededor, había diversos ídolos de barro y flores de múltiples colores. —Puedes llamarme Tēuctli, comprendo que todo esto te parezca extraño, mi niña. No es tu culpa. Eras muy pequeña cuando comenzó el Tlāhuiztli[5]… Ahora estas con tu gente.  —¿A qué se refiere con “mi gente”? —preguntó. La mujer se levantó y caminó hacia una de las figuras, esta era distinta a las demás. Era exactamente igual al obelisco del sueño de Lilith. —¿Alguna vez has oído hablar de las Tlahuelpuchi? – Lilith se estremeció. —Mi abuela me contaba historias… y en el catecismo, los frailes nos dijeron que eran criaturas de Satanás, que ahora sufren en el infierno por sus pecados… – Tēuctli le lanzó una mirada encendida de furia. —¡FALSO!… Es un regalo de Los Dioses, no a cualquiera se le otorga el don. Hubo una época en la que fuimos dadoras de luz y de paz, veneradas y amadas por nuestro pueblo… hasta que los hombres blancos llegaron. Nuestro propio pueblo nos traicionó, y ahora estamos condenadas a vivir lejos de nuestros hogares, convertidas en seres indeseables. – Lilith, con nerviosismo, preguntó: —Cuando me encontraste en el río, me llamaste “Mictetzin”. ¿Qué significa eso? — Tēuctli se aproximó a ella. —Eres la flor enviada por Mictecacihuatl, la Gran Señora del Mictlán. Tu realizarás el Cuītlalpan Yohualli, el ritual que nos otorgará el poder para vencer a nuestros enemigos…— Lilith, se estremeció —Lo siento, pero no soy quien buscan. No pertenezco a ustedes… Debo ir con mi mamá, seguro ya me está buscando — Intentó escapar de la choza, pero unas mujeres le cerraron el paso. Tēuctli se acercó con una especie de jaula hecha de ramas; dentro estaba la cabeza de María. Lilith soltó un grito desgarrador. —¿POR QUÉ? ¿POR QUÉ HICIERON ESTO? —No fuimos nosotras. Fueron los hombres blancos. Puedes estar tranquila, nos aseguramos de que su tránsito al Mictlán fuera sereno—. Lilith, alterada, recibió una jícara con un líquido que Tēuctli le ofreció. En su estado, lo tomó sin pensar. —Tu llegada fue anunciada en un sueño…— dijo mientras le acercaba un copal a su rostro. Al soplarlo, Lilith revivió la visión que había tenido la noche antes de huir. Tēuctli, era una de las mujeres que habían formado al colibrí. Revivió también el instante en que la luz emanó de su cuerpo, de la luz, surgió la mujer que le habló en el sueño, esta le daba la espalda a otra idéntica, quien le cortó el cuello. De la herida brotó un líquido negro y espeso por el que rodó la cabeza, que, al llegar a los pies de Lilith, se transformó en la suya. Lilith reaccionó inhalando una bocanada de aire; al hacerlo, estaba en el bosque, intentando huir, cuando dos colibríes se posaron frente a ella. Estos desaparecieron en un destello de luz, del que luego se materializaron la mujer del sueño y María. —Tranquila, hija. Ahora estoy en paz. Esta mujer es tu tía Atzi, hermana de tu abuela—. era la misma mujer que le habían cortado el cuello hacía un momento. Atzi se acercó a ella con ternura. —Eres como yo, Mictetzin. Eres una Tlahuelpuchi, no debes tener miedo a tu poder. Has recibido una bendición, y en tu caso, esta conlleva una encomienda sagrada: liderar a nuestras hermanas para regresar a su tierra—. Su madre también se aproximó. —No te preocupes por nosotras. Nuestro camino sigue otra dirección—. Ambas la tomaron por los hombros. —Cumple con tu destino, Mictetzin. Reclama tu poder—. Las dos mujeres desaparecieron en un resplandor, dejando a Lilith con una profunda sensación de paz y serenidad, la última imagen que vio Lilith, fue una flor naciendo en un río de lava frente al obelisco de obsidiana.

Los primeros rayos del sol comenzaron a acariciar las copas de los árboles, y las aves daban el anuncio de un nuevo día. Lilith comenzó a abrir los ojos, estaba sola, sobre un petate en la misma choza dónde había hablado con Tēuctli. Se levanto con dificultad, aun se sentía mareada por lo que había ingerido la noche anterior. Camino fuera de la choza, las Tlahuelpuchi estaban en el centro de la aldea sentadas en círculo, con los ojos cerrados, parecían estar en una especie de trance. Tēuctli se levantó y se dirigió hacia ella- Camina conmigo hermana- ambas mujeres se dirigieron hacia el bosque- ¿Qué es el Cuītlalpan Yohualli? – Preguntó Lilith – Es un ritual, en honor a Mictecacihuatl. El poder de las Tlahuelpuchi proviene de la naturaleza, es otorgado por Camaxtli, nos permite llevar luz a quien lo necesita, pero, para poder derrotar a nuestros enemigos, necesitamos la fuerza del Mictlán, por eso estás aquí- Lilith no comprendía la importancia que le daba Tēuctli, la alucinación que tuvo en la noche le ayudo a aceptar su naturaleza, aun así los planes que tenían para ella eran inciertos – ¿Por qué me necesitan? -preguntó Lilith, Tēuctli la miró fijamente a los ojos – Tu eres el regalo de Mictecacihuatl, eres la flor del Mictlán, la única que puede capturar la esencia del inframundo y darnos así su fuerza y los dones necesarios para vencer a nuestros enemigos – Lilith observo su pueblo a lo lejos a través de los árboles, la vida que conocía había quedado atrás, no le quedaba otra opción- Mi niña, no podemos obligarte a hacer lo que no quieras, es tu destino – dijo Tēuctli, Lilith respiro hondo y luego dijo – Quiero hacerlo- Tēuctli le acaricio maternalmente la mejilla- Bienvenida a casa mi niña…- No, ni Niña ni Lilith, ya no más, soy Mictetzin.-

Mictetzin paso las siguientes semanas aprendiendo a usar sus habilidades, lo que a la mayoría de las Tlahuelpuchi les tomaba años aprender, ella debía hacerlo en cuestión de días, la Metztli Ēztli (Luna de sangre) estaba cerca, así que no había tiempo que perder. A la luz del sol estudiaba plantas, los calendarios, la interpretación de sueños, mientras que, por las noches, aprendía a leer las estrellas, como se realizaban distintos rituales, incluyendo el Cuītlalpan Yohualli, el ritual de Mictecacihuatl. Mictetzin trabajo duro para dominar los conocimientos ancestrales de las Tlahuelpuchi, no solo era por querer reconocerse como una más del clan, la muerte de su madre generó en ella un profundo deseo de venganza. Los días pasaron, Mictetzin se volvía cada vez más diestra en sus habilidades, había momentos en los que dudaba, se veía tentada a darse por vencida, pero la imagen de la cabeza de su madre la obligaba a esforzarse. El día finalmente llegó, la tribu de Mictetzin se reunía con otras cuatro en las faldas de la Matlalcueyetl. Ingresaron a una cueva profunda y oscura; en su interior, colocaron la figura de Mictecacihuatl, labrada en obsidiana, sobre un altar elevado. Rodearon la escultura con flores, frutos y encendieron sahumerios. Las líderes de cada grupo se posicionaron frente al altar, mientras detrás de Mictetzin, las líderes de las tribus se posicionaron detrás de ella mientras el resto de las integrantes entonaban cantos que llenaban la caverna, danzando en círculos alrededor de sus guías. Dos mujeres sostenían una serpiente frente a Mictetzin, quien debía degollarla con un cuchillo de obsidiana al concluir el conjuro del ritual. Mictetzin se arrodillo dirigió su mirada a la figura y comenzó a recitar el conjuro –Mictecacihuatl, madre del silencio, danos sombra, colmillo y vuelo, que la traición se pudra en su eco. Que la noche nos cubra con su manto, que el aliento de los muertos nos guíe, y que la venganza florezca sin nombre. Que nuestras huellas se borren en la ceniza, y que el mundo nos tema al despertar… – justo en el momento en que la luna se tiño de rojo, Mictetzin iba a degollar a la serpiente, cuando una detonación retumbó en la caverna. Soldados españoles irrumpieron desde todas direcciones, acribillando a las Tlahuelpuchi con espadas y fusiles. Tras asesinar a María, habían seguido el rastro de la tribu hasta ese lugar. Acorralaron a las líderes y a unas cuantas más en el centro de la cueva. Mictetzin, entro en una especie de trance, sus ojos se tornaron completamente en negro, no quedo rastro de blanco en ellos. Aunque el ritual no se completó, logró el efecto deseado, de aquellos ojos negros, comenzó a brotar fuego, y sus hermanas, tanto las sobrevivientes como las que acaban de ser asesinadas, comenzaron a desvanecerse en una nube de vapor. Los soldados no comprendían lo que ocurría. Algunos se persignaban, otros murmuraban oraciones, y uno se aferraba al crucifijo que colgaba de su cuello. Justo ese último fue elevado por el vapor; soltó un grito de terror y dolor indescriptible, un sonido verdaderamente perturbador, ahogado por un vómito de sangre. Luego, el líquido brotó también de sus ojos y nariz, hasta que cayó sin vida. Otro fue levantado, y luego otro, y otro más. Un mar de sangre cubrió el suelo de la caverna, junto con los cuerpos de los españoles. Las Tlahuelpuchi retomaron su forma corpórea, rodeando a Mictetzin. —Hermanas, el ritual no pudo completarse. Aun así, Mictecacihuatl nos ha fortalecido y nos ha permitido vengarnos. Pero, al no haber terminado, hay un precio que debemos pagar— Mictetzin miró a cada una de sus compañeras. — Mictecacihuatl exige sangre de un alma pura e inocente, esta debe ser consumida cada luna. Esa será nuestra maldición, y es el precio que debemos pagar por nuestra venganza—. Caminó entre ellas, tomándolas de las manos, guiándolas hacia la salida de la cueva. —Dispérsense. Propaguen el terror y el dolor entre quienes nos traicionaron y entre los hombres blancos. Que la imagen de la Tlahuelpuchi se transforme de luz y bondad, a la oscuridad y sufrimiento al que nos condenaron—. Las Tlahuelpuchi se iluminaron, convirtiéndose en esferas de fuego que se perdieron en la negrura del firmamento. La obscuridad y la tragedia comenzó a esparcirse por Tlaxcala. En todas las casas dónde había un recién nacido, se aparecían bolas de fuego bailando en el cielo, luego de esto, aparecían marcas extrañas en los lactantes hasta que finalmente perecían. El pueblo que alguna vez fue bendecido por Camaxtli a través de las Tlahuelpuchi, ahora era castigado por sucumbir ante los hombres blancos. Desde aquella noche, en los cerros de Tlaxcala, se observan luces danzantes, nubes de vapor que cubren las casas donde hay un recién nacido, y en las que, posteriormente, se encuentran bebés muertos. Todo para alimentar a las mujeres que alguna vez trajeron dicha y bendiciones, pero que ahora solo portan el dolor que las corrompió. Algunas personas han visto, en la cima de la Matlalcueyetl una esfera que es más grande que las de otros lugares, se dice que es Mictetzin, aguardando el momento en que sus hermanas alcancen la fuerza suficiente para reclamar la tierra que les fue arrebatada y gobernar en nombre de Mictecacihuatl.


[1] Lugar de riscos o peñascos, nombre con el que se le conocía al actual estado de Tlaxcala.

[2] Niña del Mictlán

[3] Líderes Tlahuelpuchi

[4] Ritual en honor a Mictecacihuatl

[5] Masacre de las Tlahuelpuchi

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