En un rincón escondido de México, donde las montañas parecen dormir bajo mantas de neblina que se deshacen con las primeras caricias del sol y los árboles de encino guardan secretos antiguos, existe un pueblo llamado Peña del Viento. No aparece en Google maps, y quienes llegan por accidente suelen marcharse con la sensación de haber soñado despiertos. Dicen que es el corazón espiritual de su pueblo gemelo: Bernal. A Peña del Viento, lugar sagrado, solo llegan quienes tienen que llegar: o por crecimiento interno o por alguna tarea impuesta a su alma en sueños.
En ese lugar vivía una muchacha llamada Xareni, que ignoraba el significado oculto de su nombre: princesa del bosque; era hija de la mujer sabia del pueblo, que usaba hierbas, hongos y raíces para sanar con sus conocimientos ancestrales males, dolores y agobios físicos o inmateriales. Su padre, un campesino que hablaba con plantas, animales, el viento y el agua del manantial, había desaparecido años atrás en el monte. Desde niña, Xareni escuchó historias sobre los nahuales: hombres y mujeres capaces de transformarse en animales para proteger el monte, los bosques, espiar enemigos o caminar entre el mundo de los vivos y el horizonte de los espíritus.
Los ancianos advertían que no debía hablarse de ellos después de medianoche.
—Porque escuchan —decían.
Xareni no sabía si creer. Su madre, Xeni, que significa Cántaro en otomí, evitaba responder preguntas. Cada vez que la joven insistía, la mujer encendía copal y cambiaba de tema. Pero algo extraño comenzó a ocurrir cuando Xareni cumplió diecisiete años: por las noches soñaba con un jaguar negro de ojos dorados. El animal aparecía al borde de un arroyo iluminado por luciérnagas y la observaba en silencio. Nunca atacaba. Solo esperaba.
Al despertar, Xareni encontraba barro en sus pies. La primera vez pensó que había tenido un episodio de sonambulismo y había salido a caminar dormida antes del alba. La segunda vez sintió miedo, pero la tercera decidió seguir las huellas.
Aquella madrugada, alcanzó a sentir en sus mejillas aterciopeladas el rocío de una llovizna ligera, mientras encaminaba sus pasos hacia el bosque. El aire olía a tierra húmeda y flores nocturnas. Los grillos la saludaron cantando cuando dejó atrás el último tecorral. Al atravesar el sendero inmemorial de piedras centenarias escuchó el susurro de los árboles.
—Ya despertó…
Xareni levantó los ojos y giró la cabeza. No había nadie. Pensó que había sido su imaginación con el susurro del viento. Siguió avanzando hasta llegar a una ceiba gigantesca, de copa protectora, cargada de frutos esponjados de seda blanca. Debajo miró a un anciano cubierto con un jorongo de lana. Su cabello largo, completamente blanco, estaba atado en una coleta y sostenía un bastón de madera que, desgastado por los años, mostraba grietas, arañazos, marcas de uso prolongado. En la parte superior tenía un atado de plumas encontradas durante la muda, un regalo de la naturaleza. De águila, para la conexión directa con el gran espíritu, la sabiduría y la visión clara; de halcón, para ver desde una perspectiva superior; de lechuza para ver en la oscuridad y advertir lo invisible y de cuervo, para la magia, el trabajo con las sombras y la transformación.
—Te esperaba —dijo él.
—¿Quién es usted?
—Algunos me llaman Eliseo. Otros me llaman abuelo. Tú puedes llamarme como quieras, Xareni.
La muchacha retrocedió un paso.
—¿Cómo sabe mi nombre?
El viejo la miró como reconociéndola y las arrugas de su piel se plegaron al esbozar una sonrisa leve que iluminó su mirada.
—Porque tu padre habló de ti antes de morir.
Aquellas palabras le golpearon el pecho.
—Mi padre no murió.
El anciano guardó silencio unos segundos.
—Entonces aún vaga entre sombras.
El viento, asintiendo a las palabras del anciano sopló con fuerza. Las hojas comenzaron a girar alrededor de la ceiba como si un remolino invisible hubiera nacido allí mismo.
Eliseo golpeó el suelo con el bastón.
—Escucha bien, niña. La sangre del nahual duerme en ti.
Xareni lo miró retadora.
—Eso no existe.
—Claro que existe. Igual que existe la magia antigua que los hombres olvidaron cuando comenzaron a temerle a la noche.
El anciano sacó un pequeño espejo de obsidiana y se lo entregó.
—Mira.
Xareni observó su reflejo. Al principio solo vio su rostro. Luego sus pupilas comenzaron a cambiar su forma lentamente, a una rendija vertical elíptica, como las de un felino. Un escalofrío le recorrió la espalda.
De pronto escuchó rugidos en su cabeza. El bosque desapareció. Se encontró en una visión extraña: un monolito cubierto de raíces, un cielo de plenilunio y decenas de animales caminando alrededor de una fogata. Coyotes, búhos, serpientes y venados: todos la observaban. Entre ellos estaba el jaguar negro de sus sueños. El animal avanzó lentamente hacia ella. Cuando estuvo cerca, habló con voz humana, que escuchó dentro de su cabeza.
—Te hemos esperado mucho tiempo.
Xareni quiso huir, pero sus piernas no respondían.
—¿Qué quieres de mí?
—Recordarte quién eres.
La visión terminó de golpe. La joven cayó de rodillas, respirando con dificultad.
—¿Qué me hizo? —preguntó al anciano.
—Nada —respondió Eliseo—. Solo abrí la puerta.
Durante semanas, Xareni fue antes del amanecer al monte, para encontrarse con el anciano, que le enseñó los secretos esotéricos de los ancestros. Le habló de los guardianes del monte, de los espíritus del agua y de los nahuales que protegían los caminos invisibles entre los mundos. Le enseñó que la transformación no dependía de palabras mágicas, sino del equilibrio entre el alma humana y el espíritu animal.
—Tu miedo es la cadena —decía— si la rompes, cambiarás. Cruzarás el puente que divide al humano común del mundo de los nahuales, aunque tu vida, allá abajo en el pueblo será normal, podrás alternar con la magia de la madre tierra, estarás en contacto con las criaturas que obedecen al gran espíritu y sentirás las mudanzas del aire cuando algo amenace a la comunidad o a la naturaleza del monte.
Practicaban junto al arroyo, antes del amanecer, cuando la noche es más oscura. Xareni aprendió a escuchar el sonido sagrado del misterio: raíces creciendo bajo la tierra, murciélagos respirando en cuevas lejanas, insectos escondidos dentro de la corteza de los árboles. Y una noche de plenilunio ocurrió: Sintió que un fuego celeste entró desde su coronilla para recorrerle el cuerpo y salir por la planta de sus pies descalzos. Sus huesos crujieron adoloridos, su linfa gimió y su corazón latió con potencia. Sintió una fuerza explosiva extenderse en su cuerpo adolorido. Sus manos se transformaron en garras. Xareni cayó al suelo y de su boca salió un sonido gutural y grave.
Eliseo la observó en silencio. Poco a poco, el dolor desapareció. Xareni abrió los ojos. El mundo era distinto. Podía ver en la oscuridad. Podía oler el agua a kilómetros de distancia. Miró su reflejo en el río y vio un enorme jaguar negro observándola desde la superficie. Había cambiado. Un rugido poderoso escapó de su garganta, y por primera vez en su vida se sintió completa.
Escuchó la voz del anciano advirtiéndole: la magia siempre exige un precio: un esfuerzo físico y mental al usar energía para comprender el mundo invisible, una voluntad inquebrantable para comprometerse como heredera de una sabiduría ancestral para proteger las energías sagradas que emanaban de Peña del Viento.
Una tarde llegaron hombres armados al pueblo. Buscaban maderas preciosas de parota, cedro y tzalam. Se adentraron en el monte para derribar árboles sagrados y a su paso contaminaron con basura el bosque. Hollaron con pies nefandos y materialistas el suelo sagrado de la madre tierra.
La gente del pueblo les advirtió que se marcharan, antes de que hicieran enojar a los nahuales, pero los forasteros respondieron riéndose burlones y luego con amenazas. Al día siguiente comenzaron las desapariciones. Primero fue un leñador. Luego un cazador. Una mañana encontraron huellas de un depredador alrededor del campamento.
Los forasteros hablaron de un diablo y decidieron que irían a cazarlo de madrugada, protegidos por sus escapularios y las cruces de sus cadenas al cuello. La gente del pueblo reconoció la presencia de los nahuales y calló; también Xareni sabía la verdad: el bosque estaba despertando.
Esa madrugada, Xareni siguió las huellas grandes y casi circulares de cojinetes anchos con tres lóbulos en su parte inferior, hasta una cueva escondida entre peñascos. Allí encontró al jaguar negro de sus sueños, pero no era un animal cualquiera. Era su padre, atrapado entre dos formas: mitad humano, mitad bestia. Sus ojos brillaron al reconocerla.
—Intenté proteger este lugar —dijo con voz ronca, cargada de tristeza— pero la rabia me consumió.
Xareni sintió aflorar el agua del arroyo en sus ojos.
—Mamá dijo que desapareciste.
—Porque me convertí en algo peligroso.
Su padre explicó que años atrás había luchado contra otros invasores, llegados desde el extranjero, rubios y altos, con voces guturales fuertes. Al usar la magia prohibida para defender el bosque, perdió parte de su humanidad.
—Si cedo a la ira completamente, mataré a todos —susurró.
Afuera comenzaron a escucharse disparos. Los forasteros habían encontrado la cueva. Xareni miró a su padre.
—No dejaré que te maten.
El rumor de los foráneos se acercaba. Entonces ocurrió algo inesperado. Los árboles comenzaron a moverse. Sombras animales surgieron entre la oscuridad: coyotes de ojos blancos, búhos gigantes, serpientes luminosas. Los antiguos nahuales del monte habían acudido al llamado.
Eliseo apareció detrás de Xareni.
—Esta es tu decisión —dijo— puedes huir o convertirte en guardiana.
Xareni respiró profundamente. Escuchó el huéhuetl, que hacía vibrar el aire presagiando la conexión entre los mundos. Sintió el latido del corazón la tierra bajo sus pies, la frescura cantarina del arroyo, el viento perfumado y el verdor del monte. Y comprendió que la magia no era poder, era memoria. Era pertenecer. Cerró los ojos y dejó salir a su nahual: el jaguar.
Cuando los hombres armados entraron en la cueva, un rugido estremeció todo el monte. Un aire helado apagó las antorchas. Los caballos se encabritaron y los forasteros huyeron aterrados al ver aparecer entre las sombras un jaguar enorme, acompañado por decenas de ojos brillantes.
Nadie volvió a talar árboles en Peña del Viento. Con el tiempo, algunos decían haber visto dos figuras felinas caminando entre la neblina durante las noches de plenilunio. Otros afirmaban escuchar voces extrañas junto al arroyo. Pero los ancianos solo sonreían. Porque sabían que el bosque seguía protegido. Y que los nahuales jamás se habían ido.

Adriana Rodríguez Barragán, nació en la Ciudad de México. Estudió la Licenciatura en Filosofía y la Maestría en Historia del Arte por la UAEM. Cuenta con una Especialidad en Enfoque Centrado en la Persona y en Psicoterapia Gestalt por el Instituto de Gestalt de Cuernavaca.
Ha residido en Morelos desde hace muchos años, donde toma el entorno primaveral como marco de las diferentes problemáticas humanas para narrarlas. Le gusta leer y viajar para enriquecer su experiencia personal. Disfruta del aprendizaje. Actualmente se dedica a escribir cuento y novela.
