Cosecha de placeres prohibidos

Habíamos quedado de vernos a las seis para nuestra reunión semanal cerca de la avenida Teopanzolco, donde personas perfumadas se sientan a tomar la copa en los bares a pie del boulevard portando con orgullo mal disimulado algún accesorio Gucci, Prada o Chanel con actitud de lujo sostenible. ¿Qué tan probable es encontrarse con algún personaje del pasado, testigo de una época turbulenta de tu vida, cuando hubo corazones desinflados o hechos puré? Lo raro es que el encuentro ocurra años después, cuando el tiempo ha desdibujado los contornos de la pasión, para adormecerse en un estado de confort, aunque la inquina haya sobrevivido más de una década.

Así le pasó a Sara, que fue la primera en llegar a Pixca, cuando antes de elegir una mesa, alcanzó a ver la imagen rígida e inconfundible de Margot, sentada en la esquina opuesta del restaurante. Tomó su celular para hacerse la desentendida y se sentó en la primera mesa del salón decorado con plantas, de frente a la entrada. Enseguida llegó Marissa.

—Hola, bella, hay un trafical inexplicable a esta hora de la tarde, sentí que no llegaba.

—¡Qué gusto de verte, Marissa! Siéntate y no voltees, solo escucha. Allá, en la última mesa del corredor, está Margot —reveló Sara en voz baja.

—¿Quién? —preguntó Marissa con curiosidad, acercándose para escuchar con claridad.

—Margot, la esposa de Giovanni, aquel que fue mi amante hace años. ¿Recuerdas que les conté?

Marissa tomó su celular y giró un poco hacia la derecha, fingiendo examinar algo, pero con el rabillo del ojo alcanzó a ver a Margot, que se acercaba hacia ellas.

—¡Ajá! Espera, hazte wey y habla de cualquier cosa. Ya viene caminando hacia acá —previno con disimulo a Sara.

Margot, luciendo su corte bob con resonancias de ala de cuervo, se acercó hacia la salida y titubeó un microsegundo en su caminar cuando reconoció a Sara por su mata de abundante e inconfundible cabello rubio cashmere blond, suelto a la espalda con ondas suaves y cremosas. La mirada de Margot reflejó su ánimo córvido cuando se detuvo junto a Sara para mirarla con desdén magnánimo, que desprendía un halo de notas ácidas de Chance eau splendide de Chanel.

—Pero, ¡mira qué sorpresa! No esperaba encontrarte jamás, Sara. ¿Qué haces aquí? Este no es lugar para personas como tú —espetó Margot, con un graznido áspero y metálico.

—¡Que te valga, Margot! Para eso vivo —Sara se interrumpió sonriendo al ver llegar a las otras dos amigas citadas: Kuki y Galleta, que se detuvieron presintiendo escarcha en la actitud belicosa de Margot, en cuya proximidad pudieron leer un no verbal de frialdad agresiva, amoratada y chirriante. Ahí estaban a punto de madrearse, Sara y la señora cuervo.

Margot, midió sus fuerzas, consciente de que estaba en desventaja por número y decidió despedirse con un desdeñoso y estridente “lo poco que me importa”.

Sara, con su figura de antílope, se sacudió la mala vibra que le dejó chinita la piel de los brazos, la melena erizada y suspiró bajando la cabeza.

—¿Qué van a tomar? —preguntó el mesero que había presenciado todo y que se acercó al grupo con presteza, inoportuno/chismoso y con el morbo de siempre.

—Yo quiero un mojito de mango—indicó Kuki.

—Caipirinha de maracuyá para mí—solicitó Galleta.

—Para mí un licor de ciruela japonés con whisky, pal susto —pidió Sara, guiñando un ojo al grupo.

—Yo, un coctel de jamaica y jengibre con agua mineral, porque mañana a primera hora tengo una sesión de ashtanga yoga —pidió Marissa justificando su petición saludable.

—¿Pos qué pasó? —indagó Kuki con el asentimiento de Galleta.

—Pos naaa, que se me apareció la esposa de un amante del pasado, como ave de mal agüero, para esparcir su veneno, pero le callé el hocico.

Sara suspiró, Kuki y Galleta bufaron y Marissa levantó los hombros como diciendo, a mí no me miren.

—¿Quieres platicarnos, Sara? —inquirió Kuki con delicadeza.

—Conocí a Giovanni en un diplomado de titulación. Giovanni y Margot ya llevaban como seis o siete años de casados, pero la química entre nosotros fue inevitable. ¡Ah!, ¡qué recuerdos! Mi instinto me decía que debía tener cuidado, porque, así como vieron a Margot vestida de negro, también es así por dentro. Con miedo o sin él, empezamos a andar. Fue un amor de verano que nos duró dos años. Desde el principio Margot se enteró y dos meses fueron lo que le tomó al rencor en construirse. Al principio fue emocionante, estuvo buenísimo, me sentía deseada, sexy e interesante. Y creo que él sentía lo mismo. Hasta que Margot se enteró y empezó a acosarme por teléfono a través de otras personas, con llamadas preguntando por una tal Aurora o cosas por el estilo. Cuando terminé con Giovanni ellos siguieron juntos. Alguna vez me los encontré en el Jardín Borda, en un recital de piano donde el hijo de ambos tocaría. Él se me acercó y me ofreció un libro que estaba por presentar. Lo acepté encantada, a pesar de que Margot nos fulminaba con su mirada córvida. Después de eso, tiempo y olvido. Hasta la tarde de hoy —Sara concluyó su relato.

Las bebidas habían llegado y aprovecharon para brindar.

—Por los placeres prohibidos —propuso Kuki con un guiño travieso dirigido a Sara.

—¡Salud! —brindaron todas con sed gustosa.

—Es como si el matrimonio fuera la tumba del deseo sexual. ¿Quieren continuar con el tema de la semana pasada? Cuando el placer está al alcance de la mano, deja de serlo —propuso Galleta.

Asintieron y alguien empezó a fumar para incrementar el gusto por lo prohibido.

—Vas Kuki.

—Pues un día me junté con unos amigos a beber y a compartir un poco de la María. Ya enfiestados fuimos al antro a bailar. Sentí la mirada y volteé. Era un chacal fino. En aquél entonces no me quería comprometer, porque acababa de terminar una relación seria que fue una chinga. Pero ese wey proyectaba un je ne sais quoi de seguridad, tenía un aura de chico malo, olía rico, vestía y bebía fino, además tenía una plática interesante. ¡No’mbre! Picó todos mis controles en la secuencia correcta. La noche estuvo genial. Fue el inicio de una relación relax y divertida. La pasábamos muy bien y cogíamos como dioses. Después de seis meses, ya conociendo nuestras mañas en la cama y en la vida, él se quitó la máscara de chico malo cuando me propuso una relación formal.

—Mi reina, si seguimos bien, me gustaría que fueras mi esposa y la madre de mis hijos.

Lo miré con ojos desorbitados. Él sonrió, sintiendo que las tenía todas consigo. (Como cuando se dan un puñetazo leve en el mentón).

—Sí, preciosa, casarnos por las dos leyes para formar una familia como Dios manda. Estoy seguro que nuestros hijos van a salir muy hermosos.

Lo primero que sentí fue que me paralicé, hasta dejé de respirar de la impresión. Justo recordé lo que había hablado la semana anterior con mis alumnas de la clase de diseño social: legalizar una relación que está fluyendo y ubicarla en la legitimidad para procrear, resulta matapasiones y nos deshumaniza al convertirnos en incubadoras y pie de crías. El encanto y la magia del chacal se me evaporaron cuando hizo su propuesta. Sentí que no había podido ser más pendejo en su lenguaje y actitud migajera, y que en un futuro me iba a minimizar y a controlar.

—¿Así de veritas? —pregunté con precaución.

Él, sonrió orgulloso de su galanura, de su outfit, de su loción y su corte de pelo; de su BMW y su penthouse en el Club de Golf de Tabachines. Me guiñó un ojo y chocó su copa con la mía. Tragué saliva y me preparé para la defensa a ultranza de mi libertad. Me aclaré la garganta, decidida a no aceptar el compromiso. Pude verme en sus planes y me culié. 

—No, creo que no soy yo la elegida para trazar tu vida futura —le dije, atragantándome con mi coctel, porque se me pusieron los pelos de punta. Mientras me esforzaba por decirle esto y mantener la calma solo pensaba “no, culero, paso sin ver”.

Al chacal fino se le congeló la sonrisa, su aplomo se desvaneció. Tragué gordo, pero no me dejé intimidar. Estaba dispuesta a no recular. En su círculo social, él estaba acostumbrado a llevar la voz dominante.

—Mira, Enrique, La verdad es que nuestro trato se ha vuelto demasiado formal y sensato. Desde que me llevaste a conocer a tu familia, el sexo entre nosotros también ha adquirido un sesgo de madurez explícita. Hemos continuado saliendo a conocer ex haciendas, porque sabes que me gusta la historia; me traes a cenar a lugares exclusivos y hermosos y me has consentido de todas las formas posibles. Pero permíteme que me explique: dejé de sentirme amante y empecé a sentirme tratada como esposa, como un ave que ha perdido su libertad, aunque su jaula sea de oro. Y por eso creo que lo mejor será que terminemos aquí mismo. Porque esta muñeca que ves no está en venta.

Así concluí la relación porque en ese momento fue como si hubiera recibido una cubetada de agua helada.

—No manches, Kuki, cualquier otra se hubiera sentido afortunada, como en un clásico cuento de hadas—opinó Marissa.

—¿Verdad que sí? Pero como dicen los malandros: “ésa, ya me la sé” —parafraseó Kuki.

—Me recordaste un poco a Fermín —apuntó Marissa, mientras tomaba unas nueces del centro de mesa.

—Cuenta güera, somos todo oídos.

—Duramos un año y dos meses de novios. Sí platicábamos y todo, pero lo nuestro, lo nuestro, era irnos al hotel los sábados en la tarde. Éramos unos calientes y todo el tiempo andábamos cachondos. Nos llevábamos bien a secas, creo que nunca tuvimos una pelea durante el noviazgo. Era como estar en una estepa. Como en una superficie uniforme, sin profundidad.

—¿Una qué?

—Una llanura extensa, semiárida, inmensa, como un desierto frío. Yo creo que él sentía lo mismo. Entonces como a los dos meses de casados, me sugirió leer un libro de Xaviera Hollander, las memorias de una ex prostituta y sus aventuras sexuales.

—¿Te dio ideas para seguir divirtiéndose juntos? —alguien preguntó.

—La verdad, sentí arcadas. Fermín y yo teníamos vida sexual antes de conocernos y de casarnos, pero leer las descripciones detalladas de las prácticas sexuales de una profesional me impactó porque sentí que él quería que le hiciera todas esas guarradas. En esa época empecé a sentir asquito hacia el sexo. Que haya sugerido esas lecturas, digamos que tuvo un efecto contraproducente. Me dio vergüenza y asco —dijo Marissa, abanicando su rostro enrojecido.

—¡Vergasco! —exclamó Kuki.

—No, bueno, parecería que el problema no es que el placer esté legalizado o legitimado en una pareja casada, sino que una parte importante está en que, es tan bueno, que se debe tomar a cuentagotas, porque en dosis concentradas deja de ser alimento espiritual para convertirse en veneno, que, si bien no es letal, puede provocar hastío hasta la náusea —formuló Galleta pensativa, mirando a través del cristal de su copa.

—El problema es que al legitimarlo se normaliza y ahí pierde el encanto, o sea cuando te casas obtienes el permiso de coger y al estar al alcance de la mano se marchita el placer —apuntó Sara.

—Además, hay que considerar que el placer es como una flor delicada, a la que hay que cuidar con mimo para que no termine ajada por la cotidianidad, los arranques temperamentales y la frustración de la impotencia —intervino Galleta.

Así me pasó con el arquitecto, una pasión volcánica divina, en la cama nos entendíamos tan bien…, pero en los momentos de convivencia montaba en cólera por cualquier pendejada: fuera que le molestara la actitud del mesero, que un coche en el camino se le cerrara o que alguien le tocara el claxon. Bueno, es que se transformaba en un ogro amargueitor, fermentado e inaguantable —comentó Galleta con disgusto.

—¿Saben qué, hermanas? Esto se está poniendo muy oscuro. Prefiero recordar los momentos sexosos como una cosecha de sabores, atmósferas y sensaciones que nos han permitido fundirnos en el gozo de sentirnos vivas —propuso Kuki.

—Sí, ¡brindemos por nuestra cosecha de placeres prohibidos!

Mientras, la noche empezaba a iluminarse con lámparas ambarinas, cálidas como soles en la oscuridad.

Reflexión para ti: ¿Quién de nosotros no ha tenido un amante? ¿Podemos admitir que encontramos placer transgrediendo lo prohibido? Parecería que el placer huye de las relaciones lícitas, como si se quisiera esconder de la mirada, porque al caer en la tentación de legitimarlo, se evade. Cuando normalizamos el placer, éste pierde un poco su fulgor y la vida empieza a ser un poco aburrida: una colección aumentada de lo mismo: recuerdos anodinos e indiferenciados. En cambio, en la aventura, el placer huye de lo conocido como seguro y nos permite recuperar los aromas exquisitos de la libertad para presentirlo.

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