El suéter rosa

Cuando terminé la primaria hubo una fiesta para cerrar ese ciclo. Esta no era diferente a otras que seguramente organizan para las salidas del estudiantado. Seguramente se planeó con anticipación. Recuerdo que la celebración fue en un salón de un hotel que estaba en Av. Reforma de la Ciudad de México. Lo recuerdo como un lugar de mucho caché.

En aquella época mi madre se había separado de mi papá. Supongo que meses atrás y antes de que terminara ese ciclo porque ella no estuvo conmigo. Se fue un año. Solo fueron conmigo él y mi abuela. Seguro no había dinero y solo pudieron pagar tres boletos así que se quedaron fueron mi abuelo y mis tres hermanos. Pienso ahora en todo lo que una niña alcanza a percibir aun cuando nadie le explique nada del todo.

Llegó el día… y no tenía qué ponerme. No recuerdo que alguno de los dos, mi padre o mi abuela, me llevara a probarme algo para esa noche. No. Incluso creo que fue una decisión tomada de último momento ir a mi graduación. Solo me acuerdo de la preocupación que sentía por no saber qué iba a ponerme. Y entonces apareció mi abuela para salvarme.

Cuando mi madre se fue, ella nos cuidó. Ella asumió el lugar que antes tenía mi madre. Incluso creo que solo lo reafirmó porque, en realidad, siempre había estado ahí. Mi madre tenía 15 años cuando me tuvo y mi abuela siempre estuvo presente para decidir junto a ella o por ella. Siendo mi madre todavía una adolescente, quizá no pudo expresar muchas de las cosas que deseaba y tampoco tuvo demasiado apoyo de mi padre, que se desatendía de esos territorios que parecían corresponder únicamente a las mujeres. Seguro fue así. Él siguió estudiando y mi madre no, así que él tenía que salir y habitar otros espacios fuera de la casa. Mientras tanto, ellas vivían constantemente peleando por cómo hacer las cosas. Hasta que mi madre, después de algunos años y cuatro hijos, se hartó y decidió irse de casa.

Mi abuela entonces decidió que esa noche, una antes de mi graduación, tejería un suéter que haría juego con mi jumpsuit rosa. Pienso en sus manos trabajando mientras todos dormíamos. Pobre de la abuela, no durmió. Tejió y tejió toda la noche para que yo tuviera que ponerme. Fue un suéter rosa pastel que usé encima de mi jumpsuit. Por fin tuve qué ponerme, aunque cuando llegué a esa fiesta todas las personas que estaban ahí vestían de manera “elegante”. Los papás llevaban traje, las mamás vestidos largos y mis compañeros del colegio ropa muy hermosa.

De nada sirvió que horas antes me hubiera sentido tan bonita. Al llegar ahí me di cuenta de que no encajábamos. Que el esfuerzo de mi abuela no podía ser visto por quienes estaban en ese salón. Que nadie sabía del dolor, el cansancio y el desvelo que ella llevaba encima. Nadie podía imaginar que ese suéter estaba tejido también con urgencia. Tampoco yo lo sabía.

Hoy me acordé de esta anécdota porque estoy buscando qué ponerme para otra de esas fiestas que tanto asco me dan. Y mientras veo vestidos y zapatos, no puedo dejar de pensar que nunca he vuelto a sentirme tan acompañada como aquella noche en que mi abuela pasó horas enteras tejiendo para mí.

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