Miroslava

Miros lava las copas sin rayarlas. Miros lava los cuellos de camisas hasta dejarlos blanquísimos. Miros lava los orines de la cama del niño. Miros lava, lava y lava.
Doña Hilda se deshace en halagos hacia su Miros. De verdad que es honradísima, dice, nunca se me ha perdido un peso. Qué mejor prueba que el grifo de cobre sin un solo tallón para constatar la calidad de ser humano que es Miros; o las sábanas planchadas, el papel de baño con una gota de esencia de eucalipto, y aún más: las impecables bases de la batería de acero inoxidable que recibieron los señores como regalo de bodas, tanto que, según la tía Annie, parece comprada ayer mismo.
Miros lava los ventanales mientras, en la terraza, Doña Hilda acomoda su sombrero de seagrass para que el sol no le produzca manchas faciales, y bebe un mojito de mango con su amiga Tatis; le cuenta en un susurro lo bien que Miros lava sus bragas. Es una tumba, afirma con seriedad, somos casi hermanas, porque nos une la complicidad. Tatis asiente con fervor, y desea en silencio tener su propia Miros.
Miros, mi cafecito, querida. Miros, ¿te queda esta blusita? ya no me gustó, llévatela, se te va a ver preciosísima. Miros, no se te olvide ponerle el perfume de chocolate a Princesa después de bañarla. Miros, cámbialo tú, a mí me da algo con el olor a vómito. Miros, si quieres, llévate lo que sobró para tus hijitos.
Míster John también dice apreciar a Miros, pero odia su nombre de tantas veces que sale de la boca de Doña Hilda. Prefiere llamarla Eslava y, cuando están a solas, Slave.

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