ZITAEL 36

En algún rincón del universo, situado en otra dimensión, existe un planeta llamado Zitael 36 o Z-36. Es un planeta gigante, con una superficie similar a la del astro conocido como Neptuno en el Sistema Solar, Vía Láctea. Es decir, cerca de ocho mil millones de kilómetros cuadrados. El noventa por ciento de su superficie está cubierta por agua, con excepción de algunos islotes perdidos en el que puede ser el océano más extenso en el universo conocido. El mar de Zitael 36 no se parece a ningún otro, esto se debe al sol rojo que lo ilumina durante el día y a la atroz velocidad con la que se mueve el agua de su superficie: marejadas capaces de derrumbar islas completas. Algunos teóricos afirman que es debido a la fuerza de su corriente marítima que Z-36 ha perdido la mayor parte de su suelo rocoso. Los derrumbes constantes, el nacimiento de volcanes acuáticos y las tormentas que pueden durar hasta dos años —contados con el sistema de medición temporal de mi planeta de origen—, lo hacen un mundo incapaz de albergar vida. Los mismos expertos se cuestionan cómo es posible que tal violencia exista inalterable en el oleaje de Z-36. La carencia de suelo sólido hace imposible el viaje interdimensional que debería ejecutarse para un estudio profundo de la naturaleza de sus mareas. Así que, a pesar de la inconmensurable cantidad de agua que lo forma, los expertos lo han catalogado como un planeta inerte.
Si nosotros nos acercáramos a vuelo de pájaro al mar de este mundo, quedaríamos sorprendidos de lo acertada que es esa definición. Zitael 36 no es un planeta de vida, es un planeta en el que la muerte flota. Veríamos, en completo asombro, lo que forma las potentes corrientes que revuelven su océano y, si la luz de su sol rojo lo permite, contemplaríamos sus aguas agitadas en remolinos, arremetiendo contra sus escasas rocas. No podríamos evitar sentir escalofríos al contemplar su inmenso cuerpo marino teñido por los tonos sangrientos del atardecer, que sucede cada treinta y seis ciclos, y cuando la luz rojiza tiña sus aguas infinitas, veríamos lo que se arrastra entre el oleaje. El agua de Z-36 está compuesta por cuerpos que se entrelazan, que flotan alargados mostrando rostros dolientes y maltrechos miembros. Es en este mundo donde una colosal cantidad de almas, millones de millones, provenientes de todos los rincones del universo, de todas las especies y dimensiones, vienen a ahogar la irremediable decisión de haber terminado con su propia vida.
Zitael 36 es el planeta de los suicidas y es también una posibilidad de transmutación. Día a día, el sangriento sol alrededor del cual gira su órbita, absorbe algo del desconsuelo de esos billones de almas y lo devuelve a la marea. Los destinados a formar parte de sus olas y abismos permanecerán en él hasta que su misma conciencia no sea más que el rítmico movimiento de un océano inmenso que va y regresa, que gira, se hunde y burbujea; y así hasta que el dolor de su pena sea transformado en delicada espuma que besa las rocas negras y la única playa que queda en este rincón del universo. El cúmulo planetario de Z-36 existe con el único propósito de ser un limbo para esos espíritus, provenientes de los más lejanos confines, que necesitan un sistema complejo en el cual sintetizar su dolor.
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Yo mismo soy una de esas almas que flotan, entre tantas otras, también soy parte de sus corrientes marinas, arrastrado por la drástica marea de este planeta. Nuestro limbo. Cuando el dolor es demasiado, nos dejamos caer para hundirnos hasta el fondo de rocas negras, al centro de este astro acuoso. El peso completo de un océano no es suficiente para ahogar la pena de nuestra partida. Sumamos nuestras inertes lágrimas en desesperación y culpa, y arriba estalla una feroz tormenta. El lecho marino de Z-36 nos abraza y absorbe algo de nuestra tristeza, un poco de nuestro odio. Yo veo mi sangre derramarse de nuevo, hasta la última gota.
Una columna de burbujas sube a la superficie y resurgimos con ella. Un río de almas que irrumpe en el paisaje acuático de Zitael 36, para encontrarse de frente con la luz de su sol rojo y volver a ser parte de las olas que arrastran incorpóreos, destinados a nadar furiosos hasta ahogar la pena que nos condena.

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