Estaba en la mitad de mi vida, cuando al trasponer la modorra del amanecer —todavía en duermevela, suspendida entre dos orillas del sueño—alcancé a vislumbrar una dimensión desértica. El viento del desierto oscureció mi visión como ceniza en un espejo. Cuando la tormenta pasó, me encontré en una casa con puertas de madera reseca, su patio central estaba custodiado por una fuente que ya no recordaba el sonido del agua. No supe si ese lugar existe o si nació de mi necesidad de creer que toda travesía conduce, aunque sea en sueños, a un destino.
Como si llevara varios relatos tatuados en la piel: me enseñaron que la vida es un camino recto; que hay una repuesta a cada pregunta; que la verdad coexiste con el cielo que descansa sobre la tierra firme. Y que basta tener los pies bien plantados en ella para permanecer serena, sin embargo, con los años empecé a advertir grietas en esa superficie que creí inamovible.
Vi a personas patear perros callejeros; golpear a niños pequeños por no haber conseguido vender la caja de chicles completa o decir que han dado de tragar a sus mujeres. Hombres capaces de abrazar la crueldad como si fueran portadores del signo de superioridad, por haber estudiado, que dicen buscar el bien común para suprimir a los gays en nombre de la ley del más fuerte. Escuché a otros defender verdades opuestas, como la empatía, la belleza y el humanismo con igual fervor y con igual ceguera. Me sorprendí al descubrir que incluso el amor, la fe y la memoria podían confundirse, como enturbiar la visión como un espejismo que promete lo que no puede dar o disolverse como sal en agua.
Una noche, abandoné lo aprendido y huí al desierto. Llevé conmigo la urdimbre de mi historia, mis creencias todavía tiernas como pámpanos y algunas esperanzas desdibujadas como acuarelas bajo la lluvia, junto con una brújula para orientarme en la incertidumbre, una vasija de barro para saciar mi sed de infinito y una lámpara de aceite para ver en la oscuridad. Creí que sería suficiente.
El desierto me recibió con la indiferencia de los dioses que han huido del mundo de lo humano. Durante el día, el sol convirtió el horizonte en un espejismo líquido que se alejaba a cada paso. Por la noche, las estrellas eran tan abundantes como silenciosas, testigos mudos de quienes atravesar lo que no tiene nombre.
Al día siguiente la brújula dejó de funcionar. La aguja giraba sobre sí misma, como un pensamiento sin raíz, incapaz de señalar el norte. La golpeé con la palma de la mano, pero fue en vano. Comprendí la primera revelación del desierto: la brújula descompuesta era el fracaso de las certezas absolutas. Mi viaje me ofrecía una dirección incierta, dudosa, rebatible como toda verdad que merece serlo. No existía ningún mapa para guiarme en la vida. Guardé la brújula en mi mochila y continué caminando hacia lo desconocido.
Luego, el agua de mi vasija se terminó. La sostuve entre mis manos orando por que hubiera un poco más de agua para refrescar mi paladar reseco. Observé el barro cocido, su dibujo geométrico, su silencio antiguo y una pequeña grieta en su base que contaba su propia historia de fragilidad. Ya no me era útil si estaba vacía, no obstante, no la deseché en mi camino porque en ese momento encontré a una niña con los labios agrietados como tierra sedienta, sentada sobre una duna, como si esperara algo que aún no tenía nombre. Sin dudarlo, le entregué la vasija.
—No tiene agua —advertí.
—Pero puede recibirla —respondió la niña, con la sabiduría extraña de quien no ha aprendido todavía a no saber. Me devolvió la vasija y caminó hacia la arena ardiente, vasta, indefinida, hasta que el desierto la borró como se borra un sueño al despertar.
Comprendí el mensaje: la fragilidad no es inutilidad. La oquedad de la vasija, al igual que el corazón, puede albergar algo, aunque esté agrietada— quizá precisamente porque lo está. Seguí avanzando, consciente de que el viento borraba mis huellas con cada paso. Al principio eso me llenó de angustia, no podría regresar siguiendo el camino recorrido. Solo existía una dirección: la que el sol me mostraba cada amanecer. Entendí que la arena era como el tiempo: nada permanece intacto. Las convicciones cambian de forma bajo la presión de la vida. Los rostros envejecen hacia su verdad más honda. Las promesas se transforman, se rompen o se desvanecen. Intentar conservarlo todo prístino era tan imposible como exigirle al desierto que mantuviera intacta cada huella, cada acto, cada intención sembrada en el viento.
Al día siguiente encontré una caravana reunida alrededor de un fuego pequeño pero obstinado. Había ancianos con la mirada llena de desiertos personales, comerciantes que vendían lo que ellos mismos necesitaban, extranjeros que cargaban lenguas muertas que ya no se hablan. Apenas sabía hablar su idioma, sin embargo, entendí que me preguntaban:
—¿Tienes hambre?
—¿Necesitas descanso?
—¿Quieres sentarte con nosotros?
Una anciana que portaba una lámpara apagada en sus manos —como si la luz fuera una promesa que se cumple después —me ofreció pan.
—¿Por qué la conservas si no tiene fuego?
—Porque la luz nunca es propiedad de quien la porta— me respondió con una sonrisa que sabía cosas que yo ignoraba.
Esa noche el grupo encendió la lámpara, que resplandeció titilante con un resplandor modesto, apenas suficiente para iluminar algunos rostros y mantener alejadas las sombras más próximas. Pero bastaba. Entendí entonces que habitar no es una luz que elimina toda oscuridad, sino una lámpara compartida. No responde todas las preguntas formuladas desde la soledad por cada ser humano que ha vivido en la tierra. Permite, simplemente, que no tropecemos contra otro.
Al día siguiente llegué al corazón del desierto. Esperaba hallar la casa de mi sueño. En cambio, encontré un laberinto de puertas: miles de solitarias puertas carentes muros se alzaban sobre la arena como preguntas sin respuesta. Las abrí una por una.
Detrás de cada puerta emergía del espejismo una vida posible: la mujer que había sido terapeuta y cosía los silencios ajenos; la que había permanecido junto a su familia construyendo cimientos en arena movediza; la que había elegido la libertad sin saber cuál sería su precio; la que nunca abandonó su hogar, aunque se ahogara en él; la que nunca se perdonó a sí misma y convirtió esa herida en su morada. Cerré la última puerta con lágrimas brillando en las pestañas como el rocío del alba. Entendí el mensaje: vivir es abandonar.
Cada elección acoge una posibilidad y excluye en silencio a todas las demás. Nadie puede habitar todas sus vidas al mismo tiempo. El secreto, si lo hay, consiste en llorar esas pérdidas sin dejar de caminar.
En el centro del laberinto encontré un árbol. Un árbol cuyas raíces parecían beber de una fuente invisible en pleno corazón del desierto, como si la fe fuera su único acuífero. De sus ramas colgaban cintas escritas con nombres, recuerdos y despedidas, agitadas por el viento como bendiciones que no esperan respuesta. Apoyé la frente contra el tronco y pregunté al árbol, al desierto o al viento:
—¿Cómo se habita esta intemperie?
Con hospitalidad, me respondió el viento entre las ramas. Siendo refugio sin poseer un refugio definitivo; ofreciendo agua, aunque tu vasija esté agrietada; sosteniendo una lámpara, aunque su luz no te pertenezca; compartiendo el pan antes que las certezas.
Cuando desperté, mi abuela me preguntó:
—¿Descubriste la verdad?
Al lado de mi cama estaba mi mochila. Saqué la brújula rota, la vasija vacía y la lámpara sin aceite y las puse sobre la mesa como reliquias de una peregrinación interior.
—¿Qué significan? —preguntó mi abuela desconcertada ante esos objetos polvosos que irradiaban algo.
—Que soy viajera en un desierto inmenso, impenetrable y efímero que jamás comprenderé del todo; que me perdí cuando mi brújula se rompió y descubrí que eso era necesario. Que cuando tuve sed y me di cuenta de que mi vasija se había agrietado dejando escapar el agua, pensé que moriría; en cambio aprendí que lo que está roto aún puede contener. Y que mi lámpara apenas vence la oscuridad con su débil resplandor fluctuante, que proyecta mi sombra reflejando las sombras de los demás. Y que la magia verdadera consiste en acompañarnos.
Desde entonces, en mi sueño dejo abierta la puerta de mi casa, no porque haya dejado de sentir miedo o de dudar, sino porque comprendí algo que el desierto enseña a quienes sobreviven a su silencio:
Que no habitamos una fortaleza levantada contra la incertidumbre, sino el pan compartido en medio del desierto. Y que el abandono no es la muerte de nuestros anhelos, sino el lugar donde podemos convertirnos —al fin —en sombra, agua y luz.

Adriana Rodríguez Barragán, nació en la Ciudad de México. Estudió la Licenciatura en Filosofía y la Maestría en Historia del Arte por la UAEM. Cuenta con una Especialidad en Enfoque Centrado en la Persona y en Psicoterapia Gestalt por el Instituto de Gestalt de Cuernavaca.
Ha residido en Morelos desde hace muchos años, donde toma el entorno primaveral como marco de las diferentes problemáticas humanas para narrarlas. Le gusta leer y viajar para enriquecer su experiencia personal. Disfruta del aprendizaje. Actualmente se dedica a escribir cuento y novela.
