“¿Qué tamaño tiene el espacio? ¡Un dedal!
¡No! ¡El perímetro de un sol!
Los ligeros trucos de la luz,
dicotomías perdidas, ganadas o recuperadas;
enormes pesadillas extienden sus rayos,
manchas solares donde los dioses,
podridos, abandonan sus sueños fracturados.
¿Cuál es el sueño del cosmos,
que ha nacido del plan del pánico?
Algo parecido a un loco y valiente pájaro sin alas:
esa criatura a medio hacer que es el Hombre.
…”
—Ray Bradbury, Si el hombre muere, Dios es asesinado.
Despierto con la luz del sol calentando mi espalda. El sol del mediodía se filtra por la ventana y hace que todo parezca brillar como el oro. Lo primero que veo son sus hombros y su cabello que impregna mi nariz con ese olor a jazmín que le encanta. Me da la espalda, dormida. Su piel morena brilla y me hace divagar mientras la recorro de un lado a otro con la mirada, imagino las posibilidades. Familia, vejez y muerte.
El aire que comienza a entrar lentamente por la ventana recién abierta, se impregna de un
olor a mantequilla frita. Miro a mi mujer recostada en la cama, hasta que se da vuelta y, así, boca arriba, puedo admirar su enorme vientre, cargado de ilusiones. Es ahí cuando un pequeño escalofrío me recorre. El miedo al futuro me atrapa el tiempo que dura un parpadeo, hasta que recuerdo: si huele a mantequilla es porque mamá debe estar preparando huevos con tocino para el desayuno.
Todo es extraño, como debería.
Apenas unos días atrás, las campanas del fin del mundo habían empezado a tocar pregonando una supuesta destrucción. Todo empezó cuando las noticias gritaron con alarma: “Los astrónomos dejaron de poder mirar los agujeros negros en el espacio”. Al principio fue uno de esos problemas que solo preocupan a los científicos. Qué más daba si los podían ver o no; para mí lo verdaderamente preocupante era el pago de mis horas extra porque, con un bebé en camino, ningún dinero sobraba. Nadie en el trabajo hizo mención de eso, salvo algunos chistes y bromas sobre lo incomprensible que era esa noticia.
Verlos o no, no resolvería el problema del dinero, ni me haría tener menos miedo por el
pequeño en camino. Porque mi más grande miedo es ser un buen padre para esa criatura.
Las noticias siguieron alarmando a la población, cada vez con mayor fuerza. Provocaron un pánico que enloqueció a todos. En un día se reportaron cultos en iglesias que se encerraban y mataban a todos sus feligreses. Otros que habían acudido a sitios arqueológicos a cometer atrocidades para “restablecer el balance”. La ciudad se inundó con carteles de citas bíblicas: “Arrepiéntete”. Yo seguí trabajando; la vida normal no tenía tiempo para detenerse a valorar estos hechos. La renta no iba a esperar el juicio de Dios.
Lo que sí detuvo todo fueron las revueltas, los saqueos y el vandalismo. La gente en general enloqueció. Todos pensaron en la ironía de seguir adelante en un mundo en el que nunca, ahora sí de verdad, alcanzarían a mejorar, a vivir bien y a disfrutar. Las iglesias abrieron sus puertas. Los discursos en Roma inundaron el mundo. Ateos y creyentes se abrazaron llorando.
Sin gente para trabajar, todo se detuvo. Yo decidí volver con mis padres. En cierta manera
creo que en el fondo estaba asustado. Mi esposa aceptó y nos mudamos con ellos. Al principio solo éramos pánico. Me gasté mis ahorros en comprar lo poco que quedaba en las tiendas. Racionábamos el agua, la electricidad, todo.
Los astrónomos empezaron a explicar la verdad de lo que quisieron decir. Ya no importaba, porque el apocalipsis de fuego y destrucción se había evaporado de la colectividad y, al no morir, todos siguieron sus vidas. El trabajo regresó, las producciones se reanudaron, las risas inundaron de nuevo bares y cafés, las iglesias se vaciaron y lo que los astrónomos dijeron no le importó a nadie en el mundo. Salvo por aquella frase acuñada por un astrofísico afroamericano muy famoso:
— “Nuestro tren a la nada, acaba de dejar la estación”.
Y así, sin fanfarrias o gritos, la Tierra cruzó dentro del agujero negro supermasivo y fue devorada por este gigante que vagaba errático por el universo. El Sol no dejó de brillar, y la Luna, su espejo fiel, no dejó de imitarlo por las noches. Así, como en la escuela enseñaban que la Tierra orbitaba al sol, ahora enseñaban que la Tierra existía dentro de un agujero negro que la había absorbido.
El único cambio real y tangible que nos dejó, fue que nunca volvimos a saber la hora correcta. Todos los relojes marcaban una hora distinta, y sin importar los intentos, ninguno se sincronizaba con otro. Cada quien tenía su propio tiempo.
La comida familiar del domingo se desarrolló como siempre, entre risas y gritos, con la música en el fondo y el calor de la chimenea calentando a todos, hasta que el timbre de la puerta sonó. No se esperaba a nadie más; al abrir me llevé la más grande sorpresa: era mi tío. Estaba sonriente, se veía sano, vigoroso y alegre. Salvo por el pequeño detalle de que él había fallecido hacía muchos años, cuando yo era un niño. Entró a la casa y saludó a todo el mundo con la mayor normalidad y sin escándalo alguno. Todos lo recibimos.
La noche llegó de súbito. El sol, sin aviso, dejó de brillar en el cielo y la luna no volvió a asomar su rostro. Entonces entendí que esos habían sido los ocho minutos más largos de mi vida.

Es originario del Estado de México, apasionado de la literatura, ha participado en diversas obras como la antología literaria “Raíces a una Voz”, en su edición del año 2022, organizada por la Feria Intercultural del Libro de Tacámbaro, con su obra “De regreso a casa”. Así mismo participó en la antología “Cuentos de la anticipación”, de la editorial Factor Literario, con su obra “Misión susurro nocturno”. Igualmente ha publicado en revistas literarias, participando con su obra de minificción “Pesadillas digitales” en la Revistas Interliteraria y recientemente en 2026, su texto “Destello verde” fue publicada en el número cuatro de la Revista la Sombra de Prometeo.
