Política

 Sarah llamó a la puerta. Entró desesperada a mi casa.

– ¿Qué pasó, por qué tan espantada?

– No sé qué vestido ponerme, el morado o el rojo; Lupe dice que el rojo lo ocupan las putas, zorras y fáciles y que el morado las desesperadas. ¿Es cierto eso?

Pensaba cuál es la diferencia entre zorra, puta y fácil, según yo es lo mismo. Por otra parte, por qué tanto pedo por el color de un vestido. De todos modos, sabemos que Sarah en la primera cita se acuesta con el hombre que salga.

-No la peles, ocupa el que quieras- la primera vez que me abstengo de decirle lo que pienso- mira por qué no, mejor te pones el azul. Era tu favorito, ¿no? Aparte te hace ver más delgada- en realidad Sarah estaba ya más flaca que un palo de escoba, pero siempre decía que era más gorda que Paulina-

Optó por el azul, dijo que se vería mejor que Paulina (la mujer con la que salió hace una semana Ernesto). Me alegré de que se hubiera ido, no estaba tan de humor para estas cuestiones. Mi menté no dejaba el anuncio del señor senador en paz. Me asomé de nuevo a ver la tienda de don Felipe, en efecto, seguía creciendo toda la fila. Me quedé observando el fenómeno que pasaba debajo de mi departamento, me parecía divertido, era como ver a unas palomas llegar después de aventarles alpiste. Volvieron a llamar a la puerta. Recé para que no fuera de nuevo Sarah. Abrí. Eran Max y Lola. Tenían vino, por lo que los dejé pasar. Me ofrecían unirme a una marcha que se llevaría a cabo durante tres días desde el parador de Marqués hasta la plaza cívica, el motivo era para sacar de gobernador a don Gato.

– ¿De quién fue la idea de la marcha muchachos? 

– Pues, la convocó Andrea.

Candidata que busca la gobernatura del Estado. Hace tres meses era de derecha, pero la sacaron de su partido y por obra de magia hace unas semanas apareció echándose un discurso de rebeldía mientras sus fieles caballeros repartían las despensas en una colonia. Era un discurso apantalla pendejos.

-Gracias por la invitación muchachos, pero no iré, no me gusta la política. Además, no comparto nada con Andrea.

– Maldito de derecha- me gritó Lola mientras Max se servía su segunda copa- Vámonos de aquí Maxi, este no quiere la revolución y no pisaré casas que no apoyen a Andrea.

-Si amor- dijo agachando la cabeza Max. Maldito idiota nunca se le opone a su vieja. Me dio tristeza, después de todo tenía un buen rato sin ver a Max. Sabía que él se había casado con Lola por una única razón. La casa en París que le regaló en la noche de bodas. Él, reportero de un periódico muy pobre y nada conocido fuera de Guerrero, que más podía pedir, la biblioteca que tanto soñó se la puso ella, la casa de París ella, la camioneta y la ropa de marca y los zapatos. Lo viste ella. Pobre hombre, ¿Cómo oponérsele? En vez de esposo era el achichincle.

Me pasé la tarde en un tono semiamargo. Todo el día en mi casa, no podía dejar de analizar las queridas visitas que había tenido. ¿Desde cuándo un vestido morado es de putas? ¿De verdad era yo de derecha? No me consideraba de derecha, diría que soy izquierda tal vez no era ninguna de las dos. ¿Por qué Andrea se habrá cambiado a izquierda? Habrá visto mayor control supongo. Lo urgente era el cambio, y el discurso de ella magnificaba el cambio, apoyos sociales, becas, despensas, agua cada semana tenía todo en su discurso para convencer.

Parecía que todos se habían dignado a aparecerse por acá. Miguel, el casero vino a cobrar la renta y aparte nos entregó promocionales de su mejor amiga, la señora Andrea, pienso que pertenece al equipo por la respuesta que dio cuando le pregunte qué iba a ganar si ganaba Andrea.

 – Si pegan los promocionales en su puerta y la apoyan- con aire político- yo mismo haré lo posible por bajar el recibo del agua y por su puesto tendrán agua cada ocho días.

-Tenga la renta, pero no me dé promocionales. No me gusta la política.

Pude ver su cara de disgusto cuando le cerré la puerta después de lo que dije. Pero que carajos le pasaba como voy a ser votante de él sólo porque promete el agua cada ocho días. Malditos. Me asomé de nuevo a ver la fila en la tiendita, decidí bajar para averiguar que esperaban, una señora de la tercera edad me informó que el señor senador venía con una diputada a esta tiendita a traer despensas. En esta fila me llamó la atención todos vestidos de camisas y vestidos para acercarse recibir las despensas. Me miraban feo por ir en chanclas y pijama. Salí disparado a mi cuarto, le puse seguro a la puerta, y la obstruí con un mueble.

-No debe entrar ya nadie, nadie, todos contaminados, contaminados todos. ¿Qué hago? – en el reloj eran las seis de la tarde, tenía hambre había ya olvidado un poco la escena de hace unas horas. Comer cereales era lo mejor. Los serví. Los comería en la sala viendo algo en la tele, pasó un anuncio, reconocí la maldita y fea cara de ese sujeto y de ella. Todo el día persiguiéndome. El señor senador promocionaba una caja de cereales, hechos con maíz lo mejor para una buena salud, lo comen los mejores deportistas. En ese momento lo comprendí todo. Apagué la tele, la arrojé contra la pared, tiré y maldije el plato de cereal a Lola a Max y Paulina. Me encerré en el baño, estoy asustado.

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