—Escuchad. La historia empieza así: Ella estuvo sonriendo hasta que decidió sentarse a la vera de una fuente que emergía por el hueco de dos piedras enormes. Y notó que el aguacero del sol tintineaba, ella supo esto porque miró hacia allí con el rabillo de uno de sus ojos, y vio que el aguacero del sol hacía trizas todos los rojos posibles. El agua de la fuente estaba tan fría que ella se vio obligada a retirar de inmediato la punta de sus dedos, pues una herida entreverada de afiladísimos brillos la mordían sin descanso cuando acercaba los dedos al agua.
Al dirigir su mirada hacia el cielo, no pudo reprimir el deseo de soltar alguna lágrima menuda. Y es que el cielo se ofrecía tan limpio y tan azul que irritaba los ojos. Ella imaginó, de pronto, que la bandada de pájaros que iba desplazándose al trote de un lado al otro en realidad formaba un grupo de peces que nadaban huyendo de algún tiburón gigante. O de algún pesado cachalote. O de algún…
En fin. Aprovechando la ocasión en que el aire rezongó con algo más de brío, un pájaro diminuto se desvió hacia una de las ramas más altas. Otros dos pajarillos siguieron de inmediato los pasos del otro, y los tres se dispusieron a bailar una pieza irreconocible, allí, en una de las últimas ramas. Alguna que otra pluma fue cayendo, liviana, casi evanescente. De todos modos, la copa de uno de los árboles se mantuvo vigilante, por si acaso.
Ella comprobó con sorpresa que la leve brisa de aquella mañana le acariciaba únicamente las pestañas. Por eso abrió y cerró repetidas veces los ojos, pero lo hizo muy deprisa, como si pretendiera desprenderse con ese gesto de algo que no la correspondiera. Y miró las palmas de sus jóvenes manos. Tras remover la cara con esmero y entusiasmo, decidió que como nada ocurría que pudiera resultarle preocupante, iba a ponerse a silbar otra vez. E inició el silbido de una melodía ligera, engatusada de brío y esperanza. Y, enseguida, tras observar la breve carrera de un ratoncillo que cruzaba en ese momento por el camino, se animó aún más y sonrió ampliamente, pero esta vez lo hizo con una sonrisa más propia de campanario.
Aquella mañana ella había salido muy temprano y era consciente de que no tenía prisa por volver. Ya desde pequeña la divertía entretenerse con las cosas que iba encontrando a lo largo del camino. Por esa circunstancia, mientras avanzaba con especial calma por el sendero, ella alargaba una mano para acariciar la rama cercana de un árbol, y sonreía. O dirigía su mirada hacia el brillo de una piedra exageradamente delicada, y sonreía. O cerraba los ojos mientras saboreaba el aroma de la infinita hierba fresca, y sonreía.
El camino por el que ella avanzaba era el de siempre. Pero en aquella ocasión ya no era un camino de tierra. Acabó dándose cuenta de esto al poco tiempo. Y había casas, dispersas del bloque del pueblo, que asomaban por doquier, cuando hasta ese instante todo aquello conformaba un páramo inmenso como de gelatina clara.
Ladró un perro, muy a lo lejos.
Mucho más lejos que el ladrido, resonó con pretendida furia el rugido de un trueno, pero era este un sonido manso que anunciaba una tormenta más allá de las montañas que sobresalían donde el horizonte. Montañas de caramelo, imaginó ella, y entonces fue a cerrar los ojos. Al abrirlos, se fijó en el repentino escozor de sus manos y comprobó que tenía los dedos excesivamente arrugados. Fue en ese momento cuando escuchó aquel sollozo que sonaba al compás pausado de las campanas antiguas de la iglesia.
Entonces, plagada de una satisfacción inexplicable, ella extendió los brazos y se agachó un poco. Luego fue a dar un enérgico impulso que la zambulló lejísimos. Al momento se vio flotando entre el vapor espeso de una nube que acudió a su lado para socorrerla.
Desde lo más alto, ella pudo oír la primera palada de tierra. Bastante compacta, la palada de tierra chocó con una cadencia meticulosa y con un chasquido desgastado. Agarrada con esmero a la punta de la nube, ella quiso fijarse con total detenimiento en lo que ocurría allí abajo y observó cómo un hombre hincaba por segunda vez la pala en el suelo y la vaciaba dentro de un agujero hondo y rectangular. Un numeroso grupo de personas sollozaba a la espalda de aquel hombre que trabajaba sin descanso con la pala.
De un modo casi inconsciente, ella fue a tapar su cara con una mano abierta, defendiendo así un angustiado gesto que le apretaba con soberbia en las sienes. Y sintió que el desgastado anillo escurría desde su dedo anular y caía sobre la cara de uno de los niños que, notando el golpe, señaló con un brazo hacia la nube donde ella estaba encaramada, y se dispuso a gritar:
—¡Mira, abuelo, va a caer un diluvio!
En ese momento empezó a desmoronarse una tromba de agua que disipó enseguida al grupo. Todos corrieron a refugiarse donde estaban las casas del pequeño pueblo. La hierba era tan frágil, tan inconsistente, que se doblada y gemía sin reparo ante el impacto que proporcionaba cada gota de agua.
Antes de ser transportada por la nube a miles de kilómetros de distancia, ella vio cómo el niño que había hablado se aferraba a los brazos del anciano y se apretaba con fuerza a la cadera de este. El anciano, de repente, paró y desvió su mirada hacia donde todavía estaban la nube y ella. Y lanzó un enigmático beso hacia lo alto, impulsándolo desde la palma de una de sus manos…»
Tras terminar su relato, el abuelo va arropando a cada una de las niñas. Después se dirige hacia la puerta de la habitación y apaga la luz. Sale, pero deja la puerta entreabierta. Luego recorre con calma la penumbra del pasillo.
Enseguida se instala allí dentro, en la habitación donde las tres niñas se disponen para dormir, un silencio revuelto de murmullos y sombras que no paran de moverse. Desde la esquina se anticipa, para sorpresa de las niñas, el temblequeo de un temible rumor. Y el aroma a duermevela, y a inquietud de miradas inocentes, gime con el manso quejido de un rasguño que parece aproximarse con sigilo. En el exterior, pero muy cerca de allí, resuena con eco el ulular de un búho. Enseguida, el maullido violento de un gato se aleja escondido entre un reguero de angustia y de excesiva prisa. Empieza a llover con tal furia que las tres niñas imaginan que millones de palos enormes golpean sin descanso contra la superficie del tejado. Aunque casi de inmediato, las tres niñas esconden sus caras bajo el embozo de las sábanas y quedan finalmente dormidas.

Juan Ignacio Manterola. Escritor con formación en Dramaturgia y Dirección de Escena. Su trabajo combina escritura creativa, docencia y una visión muy humanista del arte. Y su literatura se caracteriza por un enfoque introspectivo, de enorme crítica social y especialmente emotivo. Reflexiona sobre la creación, la justicia social y el papel transformador de la palabra. Esta es su cuarta novela. Anteriormente publicó Vivir, Sueño de paloma volando (ambas con ed. Libros Indie), Fantasía en azul (Estamos Leyendo Ediciones). Temas recurrentes en su pensamiento son: la escritura como herramienta para investigar la realidad. Fue miembro fundador de la compañía T.F.T. (Teatro Fuck Toría), con la que estrenó, como dramaturgo, varias obras, y dirigió una. Ha colaborado con otras compañías teatrales, con las que ha estrenado diversos textos. Fue socio de la empresa cinematográfica Manterola producciones audiovisuales, con la que realizó la producción, dirección y guion de un cortometraje, un mediometraje y un largometraje. Ha escrito otros guiones de cine. La literatura para este autor es pasión y condimento necesario de vida.
