La mujer del espejo

LA MUJER DEL ESPEJO

Y me miro al espejo

pero no me encuentro,

hace años que transitan los minutos

sin la algarabía de una mirada fija,

constante, que me desnude

no solo en mi imaginación;

sin el cosquilleo de unos ojos brillantes,

deseosos, que persigan

no solo las curvas de mi cuerpo;

que me debiliten;

que amarren mis ansias,

y me azoten

con la energía del primer amor…

.

Y mirándome al espejo

me doy cuenta,

ya no veo la tensa superficie

de la laguna Honda;

todo en mí es resaca

de mareas de sueños rotos e ilusiones,

que de niña,

ahuyentaron las alfombras de la noche;

¡qué fue de mis turgentes cumbres!

¡qué, de mi promesa en Peña Aguda!

mi silueta se desvanece

como en la arena una ola;

dime dónde mora Venus

y su escultura gemela,

dime dónde lleva esta deriva

que parece que no cesa…

.

Sigo sentada frente al cristal

que todo magnifica

y me devuelve los años,

que en su pasar,

no fueron tan distinguidos,

que se llevó la corriente

entre costuras del qué dirán

y una pareja que creía conocer;

todo en mí ha resultado efímero,

sin poso;

nadie me regaló

un momento de camastro fortuito

sin más peso que el deseo,

con hechura de flechazo

y un adiós sin un te quiero;

nadie recitó a mi oído un soneto de Ronsard,

ni un relato de Apuleyo,

ni di vida a la tal “señora” de Buesa…

.

No… yo no bebí de la fuente de la juventud

ni saboreé la ambrosía de los labios de Manrico;

nadie me rescató por una escalera de incendios

ni pusieron mi nombre a una constelación;

nadie rodeó mi cuerpo en la playa de caracolas

ni me pidió la mano en el templo de Apolo;

nadie me leyó sus votos en un museo

ni me retrató desnuda en un camarote;

nadie salió a buscarme en la lluvia

ni me esperó después en el verde de un semáforo;

nadie volvió a por mí a la cueva de los nadadores

ni dibujó conmigo mariposas en la nieve;

nadie me hizo de sangre un juramento

que al alba pudiera narrar póstumamente…

.

Cuando tratas con cariño y te devuelven desidia,

cuando miras a unos ojos que no encuentras,

cuando nadie tiene un momento para ti,

cuando parece que estás muerta…

.

Ya no quiero beatitud en las caricias

ni interminables inviernos

ni la sequía estival de cumplidos

que asola mi desierto;

lo que me queda,

lo que me queda

quiero vivirlo deprisa,

en constante primavera

que reverdezca mis juncos

que reverbere mis flores,

mis partes quietas;

que el caudal de esta estrofa

inunde mi manantial

y con el sol longevo de estos versos

se vaporicen tanto mis deseos

que el vaho te cubra para siempre…

.

Que así sea…

.

Poema dedicado al cuadro de Paul Delvaux, “Mujer ante el espejo”. Museo Thyssen-Bornemisza.

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