Desde que tenía memoria, Lázaro no resistía a las personas que saludaban toqueteándolo a uno. Eso le encendía la sangre. En pocas ocasiones, lograba reprimir una mueca de asco si alguien, después de ofrecer los corteses “buenos días”, “buenas tardes”, o un simple “qué tal”, añadía el elemento táctil. Lo sacaba de quicio. ¿Acaso ellos tenían complejo de panaderos para andar amasando tanto?
Esa mañana, entre sus habituales deberes como cajero de un banco, Lázaro había recorrido varias veces el pasado. Culpa todo de ese muchacho que lo seguía mirando; estaba en una de las sillas, cerca de la puerta, esperando su turno para un trámite en cualquiera de los cubículos de las cajas. Él venía a cada rato, pero nunca le tocaba la de Lázaro. Lástima.
Las visitas al psicólogo acabaron de convencerlo. Lo suyo era de nacimiento, no a raíz de las palizas que le daba el padre desde pequeño. Siempre fue amanerado y eso el viejo no logró aceptarlo. “Mi hijo podrá ser cualquier cosa, menos maricón; el culo pa cagar, los hombres no maman pinga” y toda esa plétora de letanías que habitan en la garganta de quienes, víctimas del miedo, se asilan en el odio.
Lázaro ya visitaba los pasajes de su niñez sin lacerar mucho sus nervios. Pero le costó tiempo llegar a ese extremo de autodefensa. Tiempo, psicólogos. Y ayudó que un cáncer de colon fulminara a su padre en cuestión de meses. La vida sabía ser injusta a veces, y también irónica. Tanto que le cuidó el culo a su hijo y al final un cáncer rectal lo liquidaba.
No, el padre no fue el culpable de su aversión al roce ajeno. Quizás acrecentó la condición, pero no la provocó. El mayor logro del viejo fue multiplicar la timidez de su único hijo, hacerle repudiar sus propios apetitos y despertar un odio silencioso que persistía incluso después de saberlo muerto y enterrado.
Después de recibir el cheque de una empresa, Lázaro repitió su rutina en lo que el próximo cliente venía hacia la caja: cogió el pomito de gel antibacterial, oculto en una esquina del cubículo y se echó una dosis en la palma de la mano; lo distribuyó entre dedo y dedo, por las palmas, por cada resquicio de piel, en un rápido masajeo. Cuando la cliente arribó a ofrecerle los buenos días, del puesto de Lázaro emergía un fuerte olor a alcohol que hizo a la mujer esbozar una mueca.
—Buenos días —le respondió él y sus ojos, de inmediato, escudriñaron las filas de asientos, en busca del muchacho. Ahí seguía. Quedaban esperanzas de que le tocara a él, pero debía salir lo más pronto posible de esta señora —¿Qué la trae por aquí?
—Una transferencia.
¿Una transferencia? Ah, cosa rápida y sencilla para Lázaro. Pan comido. Tan fácil que le permitió distraer la mente en otros asuntos mientras realizaba la transacción.
¿Para qué se hacía tanta ilusión con aquel muchacho lindo? ¿Qué iba a lograr, si por alguna casualidad, el destino lo conducía a su cubículo? Durante toda su adolescencia y parte de su juventud, incluso luego de la muerte del padre, Lázaro fue un auténtico desastre en el tema romance. Bueno, no tanto en el romance como en el plano físico al cual, ineludiblemente, debían llegar los amantes, jugara o no el amor rol de intermediario. Sí, él nunca había tenido sexo. Con nadie. Las masturbaciones fueron su sostén desde que las descubrió hasta el día de hoy, cuando teclea los datos de la transferencia en la computadora. Nadie podía culparlo por no intentar. Los esfuerzos y fracasos alcanzaban cifras que ni mejor darles voz.
Cuando su padre vivía, Lázaro trató de acostarse con una muchacha. Desastre total, ni siquiera llegaron a desnudarse. Estaba en la fiesta de una amistad y él trató de ahogar las fobias con alcohol. Seguro del efecto positivo del licor, aceptó las insinuaciones de una joven. Se metieron en el baño y ella, bastante borracha igual, lo agarró de la camisa, en busca de un beso. Y Lázaro la empujó, la empujó mientras sentía desaparecer los mareos y la tranquilidad etílica. Todo acabó consumido por un ruego que ascendió desde sus entrañas: ¡No la dejes tocarte, cojones!
Después de la muerte de su padre, volvió a arriesgarse. En esta ocasión, eligió la auténtica fuente de sus deseos sexuales: un hombre. Prescindió del alcohol como método de apaciguar sus fobias, aunque no se negó a la copa de vino que le ofreció aquel trigueño cuando entraron a su apartamento.
Lázaro terminó la transferencia y sus manos, autómatas, se dirigieron al pomo de gel antibacterial. Repitió el proceso de limpieza. Necesitaba purificar su piel, sabía que todos los billetes, los papeles, todo fue tocado por alguien. Y ese alguien lo tocaría a él a través de lo que tocó. Y él entonces iba a ser el sucio, el asqueroso, el que no lograría respirar si no se quitaba la mugre de arriba.
¡Qué papelazo hizo aquella noche en casa del trigueño! Solo recordar fragmentos le revolvía el estómago. Creyó que tendría éxito. La verdad, estuvo a punto. Resistió la mirada del joven. La insinuación en sus ojos. El aviso de que buscaría un beso. Se alistó, disciplinó su cuerpo para no eludir una caricia que prometía deleite. Y aguantó, cerró los ojos cuando la distancia entre su boca y la del trigueño se reducía a milímetros. Respiró hondo; entonces olió el aliento del otro, notó que le ponía la mano en el muslo. “¡¿Pero qué cojones te pasa a ti, chico?!”; exclamó el trigueño al verlo saltar del sofá. Lázaro, sordo a cualquier otra voz excepto la que le repetía en su cabeza que estaba puerco, sucio, que se limpiara todo aquello, se pasaba las manos por los muslos, luego por la boca y exigió a gritos la ubicación del baño para ir a lavarse.
Ese Lázaro era el mismo que alzó la vista al oír el llamado de su próximo cliente:
—Buenas.
Era el muchacho lindo al que nunca le tocaba su caja.
Intentó responderle, pero las palabras se le atascaron; aclaró su garganta fingiendo una leve tos y salió al ataque.
—Buenos días, ¿en qué puedo ayudarlo? —respiró hondo tras notar cómo la tela de sus pantalones se estiraba hacia delante, ante el empuje de una erección.
—A mi empresa la puedes ayudar recibiéndome este cheque —el muchacho colocó el documento encima de la mesa, apoyó el dedo índice encima y lo arrastró hasta la ranura del cristal que lo separaba de Lázaro—. A mí me puedes ayudar también, con un par de cositas.
—¿Con qué? —él cogió el cheque y ahí mismo lo dejó. Sus ojos no podían apartarse de la cara del muchacho. Le gustaba su sombra de barba, los cortes con estilo y esa boca… lo enloquecía esa boca. Vestía bien, sin exageraciones. Hasta por momentos su indumentaria transmitía la imagen de un niño bueno. Pero en su rostro, en su expresión, había un niño bien malo. Un niño que despertó la erección del pobre cajero de banco.
—Primero con tu nombre.
—Es Lázaro.
—¿No me vas a preguntar el mío? —inquirió el muchacho, al resistir durante varios segundos el silencio del otro—. Mira, que se libró otro cubículo, pero cedí el turno para que me tocara éste.
—¿Por qué? —se dio cuenta de lo tonto de la interrogante; sin embargo, a su interlocutor parecía gustarle la aparente ingenuidad de Lázaro.
—Tú sabes para qué —contestó, sonriendo—. La vista pesa, y más la tuya.
—Bueno, los ojos se hicieron para mirar —logró decir Lázaro y empezó a tramitar el cheque en la computadora.
—Sí, muy cierto, pero de mirar nada más no se puede vivir.
Si tú supieras; pensó el otro, después de concluir el procesamiento del cheque. Al apartar la vista de la computadora, vio al muchacho sacar un papel del bolsillo y extendérselo hacia la ranura del cristal.
—Mira, mi teléfono —dijo—. Por si quieres mirarme otro rato más. Ahí también tienes mi nombre.
Lázaro acercó la mano a la ranura del cristal. Del otro lado esperaba el papel, atrapado entre los dedos índice y anular del muchacho. Al cogerlo, se estremeció. El tipo le estaba acariciando el dedo. Un roce leve, fugaz. Logró resistir y coger el papel. La erección había perdido algo de vigor.
—Nos miramos —dijo el muchacho antes de voltearse y salir del banco.
Durante un par de segundos, Lázaro permaneció en silencio, observando el número anotado en el papel y el nombre debajo: Damián. Aun notaba la tibia caricia del dedo del muchacho sobre el suyo cuando llamó al custodio y le pidió que no pasara a nadie a su cubículo.
—Necesito ir al baño un momento —explicó.
Cogió el pomito de gel antibacterial y caminó lo más lento posible para no delatar su prisa. Iba acariciando el dedo que le había tocado Damián, disfrutando el recuerdo del roce ajeno en su piel antes de que primero el agua y el jabón, luego el gel antibacterial pulverizaran la mínima evidencia de otras manos en su cuerpo que no fuesen las suyas.
Un trozo de papel, que tenía anotado un número de teléfono y debajo el nombre del propietario, acabó en el latón de la basura, anónimo y condenado al olvido entre otros tantos deshechos.
A fin de cuentas, el papel fue tocado por alguien. Y ese alguien lo tocaría a él a través de lo que tocó. Y él entonces iba a ser el sucio, el asqueroso, el que no lograría respirar si no se quitaba la mugre de arriba.

David Martínez Balsa (La Habana, Cuba, 1991). Narrador. Entre sus
premios destacan: Regino E. Boti (2021), La Edad de Oro (2023), Fundación de la
Ciudad de Holguín (2024), Calendario (2025), todos en Literatura Infanto-juvenil;
en narrativa obtuvo el David (2017), Calendario (2022), Palíndromus (Venezuela,
2023), Bustos Domecq (2024) y Félix Pita Rodríguez (2024). Ha publicado hasta la
fecha un total de 14 libros. Es miembro de la Unión de Escritores y Artistas de
Cuba.
