Yo le digo a Mau que se suba a la cama, que Sonia nos dio permiso cuando llegamos. Mau dice que le da miedo, que está muy alta y hay muchas velas raras alrededor. Yo lo trato de convencer, pero la verdad es que a mí también me da miedo, así que bajo todos los cojines al suelo, entre la cama y la tele, y ahí nos tendemos, sobre la alfombra. Sonia nos dio estas dos películas para escoger, ¿cuál quieres? Mau escoge la del planeta con los extraterrestres azules y altos. Yo lo veo mirar casi tres horas de película. Lo veo porque me pregunto si, como yo, estará pensando en papá y en Sonia en la habitación de al lado.
Aunque las plantas que resplandecen y las medusas voladoras en la pantalla son fascinantes, a mí me llama más la atención una pequeña fuente que está conectada sobre una mesita en la esquina de la habitación, cerca de la televisión. Mi mamá decía que el sonido del agua en movimiento era relajante y que por eso quería vivir cerca del mar. Pero el agua de esta fuente no es normal, parece pintura; parece uno de los experimentos de Sonia, así como las velas hechas en casa y el mural en su sala, puras locura de una psiquiatra, nos dijo hace rato.
Cuando termina la película, Mau dice que tiene hambre. Yo también tengo. Le digo que espere mientras yo bajo a la cocina pero Mau sigue temiendo a las velas, entonces me lo llevo conmigo, de la mano. Nos asomamos con la puerta apenas abierta y alcanzo a escuchar que mi papá llora. Vamos, le digo, y bajamos descalzos por la escalera. En cada escalón que bajamos, un aroma distinto nos golpea desde las velas puestas en una pared rugosa y anaranjada. Cuando llegamos al comedor, con la nariz saturada de olores, jalo una silla para que Mau se suba. Es muy pesada, de esas de madera gruesa que duran mil años, como dice Sonia. Me asomo al refri y veo muchos toppers con comida marrón que seguramente no le gustará a Mau. Sonia nos dijo que cenaríamos todos juntos, pero han pasado tres horas y aún no salen.
Al fin encuentro dos rebanadas de pan, mayonesa y jamón, y le hago un sándwich. Cuando lo ve en el plato frente a él, me mira y me pone esos ojitos de oso. No se lo comerá si no se lo parto en triángulos, como lo hacía mi mamá. Tengo hambre, y tampoco quiero probar los guisados sospechosos, así que me hago un rollo de jamón con mayonesa dentro, y cuando Mau ha terminado de comer, le pregunto si quiere un té. Se niega rotundamente. También le tengo miedo al té, me dice, y yo pienso que es demasiado, pero no se lo digo porque tiene razón, porque esa noche él encontró a mi papá tumbado en el piso de la cocina después de haberse bebido una taza entera de té de ricino, porque por eso ahora estamos aquí. ¿Ni siquiera de miel? No, no quiere té, dice que nunca más.
Limpio los platos con una servilleta para no hacer ruido con el agua y los dejo donde estaban, luego subimos. esta vez tapándonos la nariz. Antes de entrar de nuevo a la habitación de Sonia, me acerco a la otra puerta, y la escucho hablando. Escucho su voz y las decenas de pulseras que se pone en ambas muñecas, que suenan como cascabeles cada vez que ella habla, porque cuando habla mueve mucho las manos.
Ahora Mau escoge la otra película, la de las hamburguesas que caen del cielo. Parece que ya no le dan miedo las velas después de haber visto los montones de moldes en la cocina. Se sube a la cama y me subo con él, pero está demasiado alta, y la tele un poco pequeña, queda muy abajo, así que nos acomodamos a los pies, tendidos sobre las barrigas. Él cambia de posición a menudo, así como cuando duerme, y yo me quedo quieta con mi cara sobre mis manos; me duele la espalda, y me duele más cada vez. Me pregunto si a mi mamá también le dolía tanto la espalda de quedarse en una sola posición, amamantando a Mau en la mecedora, o si lo que decía la tía Cora era cierto, que Mau se estaba tragando toda su tristeza. Mau, ¿estás triste? Pero no me escucha, está riendo mucho con la guerra de bolas de helado. Yo no creo que se haya tragado toda su tristeza, porque quizá eso hubiera sido bueno y mi mamá seguiría aquí. Mau sólo tiene miedo, pienso, luego pienso que tal vez mi mamá también tenía miedo y por eso nos dejó.
Mau se está quedando dormido, y yo busco una frazada en el closet. Pienso en cómo explicarle qué es la terapia, y cómo algunas veces toma mucho tiempo, pero Mau no pregunta por mi papá, nunca lo hace, y ya tampoco pregunta por mi mamá. Encuentro una frazada, tiene estampado de leopardo y huele a lavandería. Lo cubro con ella y se queda dormido antes de que viajen al interior de la albóndiga gigante. Quizá mi mamá necesitaba que alguien viajara dentro de ella, que viera si también tenía una pequeña maquinita fuera de control, pero eso nunca se me ocurrió, porque en ese entonces yo tenía otras ideas en la cabeza. Mau, ¿tú también te quieres ir? No me contesta, está dormido con las manos torciditas debajo de su cara.
La película termina y ya no hay otra que poner. Me asomo fuera de la habitación y siguen hablando. En la calle se escucha el silbato del velador, quizá el mismo que caminaba fuera de nuestra casa y que yo oía pasar mientras me preparaba para irme. Tomaba a mi peluche —a mi Titi— y me lo amarraba al pecho con un rebozo de mi mamá, me ponía mi ropa de viaje, incluso con tenis. Bajaba al cuarto de mi mamá, y abría silenciosamente la puerta para encontrarla ahí, cubierta con la luz amarilla del faro de la esquina, en su mecedora, mirando hacia la ventana. Le susurraba adiós, y también a Mau, que, aunque conocía muy poco, ya lo amaba. Subía de nuevo y me acercaba a mi cama para observar a mi papá, que dormía conmigo desde que Mau nació. Duermes como mi papá, Mau, le digo al volver a cerrar la puerta. Y así miraba a mi papá dormir. Adiós, le decía también, y tomaba mi plumón de tinta invisible para escribir en la pared: Campanita, estoy lista, llévame contigo. Cuando mi papá se enteró —porque la tinta invisible sólo es invisible durante un tiempo— me quitó todos mis libros de hadas y me prohibió volver a ver a mi abuelo, quien me levantaba a las seis de la mañana para mostrarme la estrella de Nunca Jamás. Ahí quiero ir yo, le decía, y él me decía yo también.
Salgo de nuevo y me siento en el suelo, recargada sobre la puerta de donde está mi papá, como me recargaba en la puerta del cuarto de mis papás cuando era más chica y lloraba tanto porque no me dejaban dormir con ellos. También a ellos los escuchaba hablando al otro lado, como ahora hablan mi papá y Sonia, sólo que ahora no quiero que me dejen entrar, y no traeré mi cobija de osos ni mis diez peluches para quedarme dormida aquí afuera hasta que salgan a ver si ya me dormí y me dejen entrar por compasión. No quiero entrar porque no estará mi mamá que me ponga un tapete junto a su cama y se duerma sosteniendo mi mano con la suya colgada desde el borde de su colchón. No quiero entrar porque no quiero encontrar a mi papá tirado en el sillón con cinco frascos en el suelo y pastillitas de colores por todas partes. ¿Por qué no me dejabas ir si mi mamá se fue y luego tú también quisiste irte? pregunto, esperando que nadie me escuche del otro lado.
Las velas se consumieron. Todo está oscuro, incluso para la nariz, pero yo nunca temí a la oscuridad, aunque imaginara una silueta negra emergiendo del pasillo del baño, o del librero en el estudio de mi papá. Aprendí a sentirme segura en la oscuridad, en el silencio de la noche, con la compañía de aquel velador sin cara que nunca me abandonó, que nunca dejó de recordarme que eran las cuatro y sereno, y que si estaba sereno, no tendría que huir. No me voy a ir, Mau, digo con los ojos cerrados, ya no me voy a ir.

Cecilia Arias Flores (1999), oriunda de Xalapa, Veracruz, cursa el segundo semestre de la Licenciatura en Creación y Estudios Literarios en el Centro Morelense de las Artes. Aunque su labor como escritora es breve, su formación como artista es amplia y profunda. Nacida en familia de músicos, poetas y pintores, la apreciación artística ha sido un lenguaje en sí mismo que ha tomado diferentes atavíos según sus necesidades creativas, pasando por las artes plásticas, corporales, audiovisuales, las artesanías y, finalmente, la literatura. En sus cuentos se aprecian diferentes perspectivas y situaciones, nacidas de la amplia gama de disciplinas que desempeña. Se destacan tonos melancólicos, una constante presencia de la violencia –a veces, incluso, del horror–, el brillo del surrealismo y, sobre todo, se percibe una observación acuciosa de pequeños detalles de la vida cotidiana, recogidos por una mente en constante estado de contemplación y reflexión.
