Ford-explorer

Bruno decidió no dormir con los vecinos y regresar a casa.

Desde que cumplió dieciséis años, ya no le parecían entretenidas las piyamadas. Tampoco las peleas de Gokú, ni los carruseles descarapelados de la feria, ni las máscaras de Octagón o Fuerza Guerrera, ni siquiera abrir los huevitos de Kínder Sorpresa, que hasta hacía unos meses era una de sus actividades preferidas.

Mientras caminaba por el corredor, justo frente al cuarto de su hermano pequeño, le llamó la atención el cuento que su padre narraba para dormir al chiquillo. La anécdota trataba sobre un monstruo tornasolado, de casi cuatro metros, que usaba una pata de palo y tenía ciento veintiocho ojos distribuidos a lo largo del cuerpo.

Bruno se quedó mirando la escena de cuidado paterno que, debido al desprecio que sentía hacia su padre, le resultó un tanto esperpéntica.

El cuento sobre el monstruo se fue extendiendo en demasía, seguramente para asegurarse de que el niño se mantuviera dormido. La forma de matar al monstruo de cuatro metros, narró su padre, era arrojándole ciento veintiocho trampas para ratones, y así, inmovilizar cada uno de sus ojos.

Mirar a su padre sin que éste lo notara, hizo sentir poderoso a Bruno.

El cuento avanzó mediante incoherencias y generalidades.

Tras unos minutos de ligeros ronquidos provenientes del pequeño, el padre de Bruno se inclinó un poco hacia adelante en su silla e hizo algunos movimientos.

Al principio, el adolescente pensó que su padre hacía alguna cosa ridícula, como rezar una plegaria u otorgar alguna especie de bendición sin fe. Pero cuando se estiró un poco para observar por encima del hombro de su padre, se dio cuenta de que el tipo se estaba masturbando mientras miraba dormir al niño.

En ese instante, el individuo se convirtió en un monstruo de ciento veintiocho ojos que miraba con lascivia a su hijo.

El rostro de Bruno se entumió de ira. Avanzó hacia el interior del cuarto.

—¿Por qué haces eso, cabrón?

El hombre se incorporó de un salto. Mediante palabras ahogadas, le exigió a su hijo mayor que se tranquilizara y guardara silencio. Se acomodó la ropa con rapidez. La destreza de sus acciones era provocada por la vergüenza.

Le dio un golpe en la boca a Bruno. Lo fue sacando de la pieza, del comedor y de la casa a empujones. El muchacho nunca había sentido en realidad la fuerza entera de su padre. Le sorprendió aquella brutalidad imparable.

Afuera de la vivienda, el hombre dijo:

—No debes juzgarme. Si hago lo que hago es sólo para evitar una tragedia mayor, un golpe que acabaría con todos nosotros, incluido tú, y con todo lo que tenemos.

—Eres un viejo asqueroso, un animal. ¿Por qué te masturbas viendo a tu hijo?

El adolescente sintió ganas de volver el estómago. Preguntó:

—¿Y mi mamá sabe? No se me haría raro que ella estuviera de acuerdo.

—Por supuesto que no sabe nada; si supiera, se moriría de la tristeza, de la pena. No le digas lo que hago, si es que todavía te importamos, aunque sea un poco. Y serías igual de asqueroso que yo si te atrevieras a contarle algo a tu hermano, si le causaras una aflicción tan grande.

 Los argumentos de su padre desconcertaron a Bruno.

—No te digo que lo hagas por mí, yo no tengo ninguna importancia, hazlo por ellos. Yo sé que soy una basura, siempre lo he sabido. Pero al menos les doy casa, escuela y comida; sin mí, quién sabe qué sería de ustedes. Esto lo hago para no perder el control un día, para no volverme loco y lastimar deveras a tu hermano.

—No puedo permitir que sigas viviendo aquí, todo el tiempo tendría miedo de llegar y enterarme de que hiciste alguna cosa peor.

—Yo te juro por lo más sagrado que no me atrevería a tocarlo…

—¿Y si se despierta?, ¿si abre los ojos y te ve? ¿Por qué no mejor te largas y ya? Yo no digo nada si te vas y no vuelves.

—Aunque sea un monstruo tengo que ver por ustedes, aunque sea un despojo tengo la obligación de mantener la casa. Yo sé que no puedo pedirte que te olvides del asunto o lo ignores, eso está sobreentendido. Que tú lo sepas servirá también para que me vigiles, para que estés al pendiente de que no vaya a cometer un pecado mayor. A cambio de que no digas nada, te doy tu libertad. Desde ahora puedes hacer lo que se te dé la gana, ir y regresar a la hora que quieras sin avisar, puedes salirte de la escuela, puedes usar el dinero de mi cuenta…

Bruno quiere dejar caer sobre su padre ciento veintiocho mil trampas para ratones, para osos.

—Yo amo a mi hermano por encima de todas esas cosas.

—Yo sé, por lo mismo te pido que no le destruyas la vida haciéndole saber lo que hago, o dejándolo en la calle.

—Hasta pidiendo limosna estaríamos mejor que contigo.

—Eso crees porque nunca les ha faltado nada.

—Ya no puedo respetarte después de esto.

—Sí, lo sé. Y si no quisieras volver a dirigirme la palabra, lo entendería.

—Eres una basura.

—También te puedes quedar con la camioneta si decides salvar a tu familia.

—Eres una mierda.

Bruno se puso a pensar en lo que le ofrecía su padre. Era todo lo que necesitaba, lo que siempre quiso. Se sintió mal por considerar la oferta, por estar a punto de traicionar a su hermano, por preferir su satisfacción más allá del bienestar de los otros. Pero era un muchachito y no podía despreciar la oportunidad de ser libre, de no tener que responder a ninguna autoridad.

—Haz lo que te pido, por favor. Si tu hermano supiera lo que soy, tendría que morirme.

Bruno ya había tomado una decisión, pero no contestó de inmediato, sólo para castigar a su padre.

Tras una larga pausa, dijo:

 —Nomás lo hago por él. Pero de una vez te aviso que, si un día le haces daño, no voy a tener ninguna consideración contigo. Te mataré a chingadazos.

Su padre sacó de la bolsa del pantalón las llaves de la camioneta, estaban sujetas en un llavero con la forma de una trampa para ratones. Se las entregó a Bruno. Luego le dijo que lo esperara y entró a la casa.

Aún motivado por la vergüenza, el tipo subió a su habitación con celeridad.

Bruno apretó los ojos y se pasó la mano por la cara.

La respiración agitada del abusador que se iba acercando hizo que el adolescente volviera a la realidad.

El hombre cerró la puerta de la casa. Abrió violentamente la palma de Bruno y puso en ella un revólver Ruger.

—Si alguna vez le pongo un dedo encima a tu hermano, no dudes en darme un balazo.

Bruno apuntó con el arma, por un momento, a la frente de su padre. Luego subió a la camioneta y puso la pistola en la guantera.

Encendió las luces.

Vio el rostro descompuesto de su padre.

El tipo vio la sonrisa de su hijo.

Ambos negaron con la cabeza.

3 comentarios

  1. De verdad, que historia tan terrible nos das con tu cuento. Felicitaciones Alejandro, por hacer vibrar el sentimiento de asco por un padre así de desquiciado.

  2. No lo sé, Rick… los personajes se ven muy acartonados… ni el adolescente rebelde ni el padre abusador se comportan como tal.

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