Who let the dogs out?
—Baha Men, “Who let the dogs out”
El autobús aminora la marcha y el chofer enciende las luces de la cabina. Se siente cuando caen en un bache o brincan un tope. Charco se despierta con el movimiento. ¿En qué momento se quedó dormido? Duncan lame los dedos del sicario a través de los barrotes de la jaula. Necesito sacarte de ahí, amigo. Mientras dice eso, abre la persiana para saber donde están. Ya llegamos a Guadalajara. Saca del bolso de su pantalón el papel con los nombres. Comenzaba a memorizarla cuando se quedó dormido. Vuelve a leer.
Debajo de la jaula deja una mancha húmeda sobre el asiento. Te prometo que te sacaré pronto. Pinche, Minerva, piensa. Camina dentro de la terminal, le duele el cuello y tiene ganas de cagar. Entra a los sanitarios, un viejo que limpia el piso le pregunta por el nombre del perro. Se llama Duncan. Déjemelo aquí, yo se lo cuido en lo que pasa al baño. Gracias. Charco deja encargado al perro. El sicario puja en vano, dos o tres diminutos mojones caen tímidos al agua. Al limpiarse descubre manchas de sangre en el papel. Chingadamadre, piensa. Sale y ve al señor de la limpieza acariciar al perro. ¿De casualidad sabrá de un veterinario por aquí? Mmmmh, no, no recuerdo uno, pero déjeme preguntarle a mi compañera. El viejo saca su smartphone y manda un mensaje. En ese momento el sicario recuerda que debe avisar a Octaviano que ya llegó. Charco se lava las manos. Mire, mi compañera ya me mandó la ubicación de uno, está por el centro de Tlaquepaque. Le enseña la pantalla con un mapa. Está facil de llegar, páseme su juatsApp y le comparto la ubicación. No uso esa tecnología. Saca de su pantalón el Nokia básico y se lo muestra al viejo. Uy, joven, tiene muchos años que no veía un tamagochi de esos; cada quién; ¿tiene donde apuntar? Charco saca la hoja de la lista. Tengo donde, pero no con qué. No se preocupe, mire, aquí tengo una pluma, el viejo le entrega un bolígrafo promocional de una marca de condones. La calle se llama República de Nicaragua, casi esquina con Glendale, el veterinario se llama Fernando Rivas Solís. Charco alza las cejas, voltea la hoja para mirar la lista y ahí está escrito ese nombre. ¿Cómo cuanto me debe cobrar un taxi? Uy, no sé, pero puede irse en colectivo, es más rollo, pero más barato, mire: sale de la terminal y camina… Olvídelo, será mejor ir en taxi, tengo prisa. Charco devuelve la pluma junto con un billete de quinientos pesos. El viejo los agarra y aprieta fuerte. La vista del anciano se dirige hacia arriba, musita una frase y se persigna. Sus ojos se llenan de agua.
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Advertencia: Este texto pertenece a la serie Charco. Para leer el capítulo anterior da clic aquí Ir al primer capítulo da clic aquí |

(Cuernavaca, Morelos 1976)
Egresado del Diplomado en Creación Literaria de la Escuela de Escritores “Ricardo Garibay” del Estado de Morelos. Fundador de la comunidad Letras Insomnes; encargado del proyecto Letra Equis. Dirige el Taller de la Medianoche. Mediador de lectura del Programa Nacional Salas de Lectura.
