REFLECTIONS

El miedo me hizo cubrir los espejos. Primero, los de cuerpo entero que me aterrorizaban. Coloqué mantas oscuras sobre sus enormes fauces, volviéndolos ídolos de mi desgracia. Pero empecé a temer a los demás espejos de la casa. Los pequeños, en donde solo cabía mi rostro, me paralizaban, porque en lugar de ver mi reflejo, te miraba con ese cabello que me atrapaba y esa sonrisa que me condenó, que me hacía enmudecer y sofocarme, como una cuerda, fina como un suspiro, que se enrollaba sobre mi cuello.
Ya no podía más, verte me volvía loco. Durante meses me contuve a mí mismo: «no es real —me repetía—, la mente es más fuerte, debo ser más fuerte», pero no lo fui. Mis nervios se fueron destrozando mientras tu reflejo se hacía cada vez más nítido. Me sumí en la locura más profunda. Una mirada tuya convulsionaba mi alma de tal manera que dejaba de pertenecerme; mis actos dejaban de ser míos, me volvía un espectador de esa furia contenida, de ese deseo enloquecedor que no se detendrá hasta que te tenga en mis brazos. Rompí todos los espejos, los hice añicos con las manos. Ensangrentado me di cuenta de que había roto mi voluntad, porque cada trozo que caía al suelo me devolvía una mirada, un gesto, un aroma o una risa; me cortaba tan profundo que mi alma quedó marcada como si el surco se hubiera formado durante miles de años.
Sin espejos, creí que había roto la maldición, pero empezaste a aparecer en otros lugares: una cuchara, la ventana al anochecer o la televisión apagada se convirtieron en tus cómplices, te dejaban posarte sobre ellos para mirarme. Decidí desterrarte para siempre. Tapié las ventanas con madera, puse la televisión contra la pared y me deshice de los cubiertos de metal. Aniquilé cualquier reflejo, aunque eso significara perderme a mí mismo.
En mi cautiverio, día y noche me repetía que no eras real. Que nunca lo fuiste. Alguien que tiene tantos rostros y nombres, tantos ojos para mirarme y tantos labios para desear no puede ser real. Solo un demonio puede conjurar con tantos aliados y solo una diosa aparecería como un milagro, sonriendo, sin avisar. No debes ser real, sino una bruma de la tormenta en los ojos, el mal sabor de boca de un cigarro compartido y el recuerdo de un beso salado, que intentan ser una persona independiente.
No volví a ver mi reflejo, para olvidar el tuyo. Ese fue el precio que pagué para dejarte ir: no volver a reconocerme en ningún lugar. Olvidé mis facciones, si tenía barba o el color de mis ojos, ya no lo sabía; con el tiempo dejé de sonreír, olvidé cómo se hacía.
Con el tiempo, el sol del mediodía aprendió poco a poco a filtrarse por la casa. Su calor maternal inundaba todo a mi alrededor, susurrándome que despertara, que abriera los ojos. Casi sin querer los volví a abrir, descubriendo, para mi espanto, que nunca había estado ciego. Intenté caminar, pero mis piernas fueron directo al abismo, ese que rodeaba la cama como foso. Aprendí a pisar para no caer. Todo era una nueva experiencia: comer, beber, oler, escuchar y, más que nada: mirar. Veía todo y absorbía sus texturas y formas, imaginando a cuál de todas me parecería yo. El único desconocido.
A pesar de todo, y de no tener rostro, conocí el amor —quizás lo reencontré— en una flor, una de esas que crecen a la orilla de un camino, soportando el sol, la lluvia, el frío y el calor, todo para que al pasar, la puedas ver sonreír. Si tú eras el calor de dos cuerpos juntos en el verano, sudando en una sola piel enloquecida, llena de deseo, ella es la calma de una tarde de otoño. Hermosa muerte que tomó mi mano para ayudarme a renacer.
Día y noche sus manos trabajaban arduamente pegando cada pedazo roto. Le daba una nueva forma a cada espejo. Cuando estuvieron listos, me enseñó mi reflejo. Ya no estabas ahí: solo estaba yo, un desconocido que se miraba por primera vez, un yo ajeno, pero libre.
Era el dueño de mi destino una vez más.
Hasta esa tarde en la que te vi. Cuando miré tus ojos, un rayo etéreo, invisible, pero destructor, golpeó mi pecho. Estoy seguro de que reabrió el cráter, dejando todo mi interior expuesto. Corrí hacia ti, a una segunda muerte, quemándome en las llamas de un beso.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *