A Samantha le fascinaban tres cosas en la vida: escuchar música, apreciar las esculturas y observar cómo se movían los robots. Su abuela se daba cuenta de que pasaba horas revisando libros de arte o asomándose en la cocina para admirar a las máquinas que lavaban y secaban trastes. Por eso solía compartir tiempo con ella, en un intento de convencerla de que la compañía de humanos era mejor que tener máquinas obedientes. Le leía poemas en voz alta y le mostraba imágenes de esculturas de hombres desnudos o dioses del pasado, mientras escuchaban música de violín que ya nadie tocaba.
Tras la muerte de su abuela, Samantha sintió el peso de la soledad; no tenía ningún otro familiar vivo. Le resultó difícil entablar amistades duraderas o encontrar a hombres que compartieran su amor por todo lo que había aprendido de su abuela. Los muchachos que conocía se limitaban a hablar de los videojuegos de moda o naves voladoras último modelo. Ya nadie sabía de arte, nadie quería crear arte. Por eso se alegró cuando sacaron a la venta unos robots artistas, pensó que la sensación de soledad se esfumaría si lograba conseguir uno. Solo tendría que juntar el dinero para que no tuviera que buscar más agujas en el pajar de hombres con pláticas insípidas.
Durante más de un año se limitó a comer alimentos enlatados o de bajo costo, restringiendo su ingesta de frutas y carne porque no dejaban de aumentar de precio; también evitó a toda costa pasar a cafeterías para reducir al máximo sus gastos. Pero eso no fue suficiente. Con mucha tristeza, se vio en la necesidad de ofrecer la ropa de su abuela al museo donde trabajaba a cambio de unas calcomanías tridimensionales que revendió. También puso a la venta el viejo auto que funcionaba a base de gasolina, pero tardó meses en encontrar a un coleccionista que aceptara comprarlo a precio de ganga. A duras penas así pudo reunir el dinero necesario para su androide con alma de artista. Los meses le parecieron eternos. Por las noches se ponía a contar el dinero que iba juntando con la esperanza de que el tiempo restante se pasara rápido, mientras su cuerpo enflacaba por su restringida alimentación.
Se dio una última oportunidad para conocer a algún hombre sin importar lo frívola que fuese su plática, tanto tiempo en soledad había despertado sus deseos carnales. Sin embargo, ahora le ponían el pretexto de que estaba demasiado flaca. No tuvo suerte con ninguno y dejó de buscar encuentros casuales. Dedicó su tiempo libre a investigar la variedad de modelos y precios de la nueva generación de androides. Se dio cuenta de que los robots meseros, recepcionistas o prostitutos habían bajado de precio y podía costear uno de esos sin necesidad de sacrificar su alimentación.
Pero los robots artistas eran más sofisticados, no solo tenían cuerpos esculpidos de manera realista, sino que eran capaces de recitar poemas como los que se habían escrito en la antigüedad, podían pintar cualquier imagen que uno les ordenara, se podían programar para tocar uno o más instrumentos musicales; además, contenían todo tipo de información sobre la historia de la humanidad y las artes antiguas. Las reseñas que encontró decían que la experiencia de poseer uno era como vivir con un humano erudito, con la ventaja de que podían satisfacer sexualmente a los dueños en cualquier momento.
Cuando Samantha reunió el dinero necesario para una versión económica, tuvo bien claro cómo iba a pedir a su androide: cabello largo y castaño, piel bronceada, por supuesto más alto que ella, con unos ojos cafés y, lo más importante, que supiera esculpir porque quería verlo trabajar con un martillo y cincel. Le pediría que esculpiera piezas para la decoración de su hogar, le mostraría ejemplos que había visto cuando era pequeña. De hecho, ya había conseguido un par de cubos de mármol que pagaría a plazos. También deseaba que tocara el violín, pues su sonido la hacía recordar a su abuela que tanto extrañaba. Sus ojos refulgieron cuando tecleó la descripción completa en su pedido de compra.
Semanas después, un paquete de grandes dimensiones llegó a la puerta de su casa. En cuanto lo vio, su corazón dio brincos en su pecho. De inmediato desgarró el cartón y los plásticos que protegían su nueva adquisición, miró el instructivo de pasada que puso sobre la mesa. Acarició la textura, le pareció como si palpara la piel de un hombre de verdad, salvo que se encontraba estático y callado. Lo miró maravillada, era justo como lo había pedido. Con dificultad, por su delgadez extrema, lo acomodó frente a ella y pronunció las palabras para activarlo.
El artista robot la saludó con cortesía, le expresó que estaba contento por haber sido adquirido por una chica tan guapa. Sacó de su pecho un violín que comenzó a tocar sin que ella se lo pidiera. Una melodía impregnó la atmósfera que le desplegó recuerdos de su abuela durante esa tarde lluviosa y luego le recitó un poema. El corazón de Samantha no descansaba, se sentía satisfecha. Tantos meses de privación alimenticia habían valido la pena. A partir de este momento todo lo que le preguntara, la máquina se lo respondería; todo lo que le pidiera se lo haría: melodías improvisadas en el violín, nuevos poemas, nuevas esculturas y, por supuesto, momentos de placer a su antojo.
Esa noche después de cenar, sacó una de las imágenes que su abuela solía mostrarle, una escultura de un dios antiguo quedaría bien en el buró de su habitación. Entregó la imagen a su acompañante, le acercó uno de los cubos de mármol que había comprado y le ordenó que comenzara a trabajar en la escultura. La casa se fue llenando de sonidos de golpes y cortes que le iban dando forma a la piedra: un cincelazo por aquí, un corte más abajo, una pulida por arriba. La mirada hundida y ojerosa de Samantha seguía el movimiento de esos hombros y brazos que parecían reales. No prestó atención al pitido que emitió el robot y dejó que su androide artista siguiera trabajando, no quería perderse ninguno de sus movimientos. Los minutos se convirtieron en horas y, a pesar de los bostezos por el cansancio, siguió mirando con deleite a su escultor doméstico que iba dándole una forma extraña a la piedra: una protuberancia que parecía ser una cabeza a la altura del abdomen, varios salientes que, en lugar de brazos, parecían tentáculos. Cuando Samantha comenzó a cabecear, se convenció de que era momento de ordenarle al robot que pausara. Al día siguiente le pediría que corrigiera esa escultura. El androide se quedó estático.
Antes de entrar a su habitación, lo contempló unos momentos. Aunque era la versión más austera, se sintió orgullosa de ser dueña de su propio androide artista. Al escuchar otro pitido hojeó el instructivo, pero se sentía tan cansada que no pudo enfocar las palabras. Mañana le echaría un vistazo con calma. Se le dibujó una sonrisa cuando su mano descarnada palpó el miembro viril de silicona listo para activarse cuando ella lo deseara.
En la madrugada, mientras dormía con una sonrisa de satisfacción en la cara, el androide se movió, como si alguien hubiese pronunciado el comando de activación. Emitiendo pitidos, comenzó a pintar sin un patrón específico sobre las paredes de la sala en medio de la penumbra. También tocó notas en el violín y recitó poemas que no despertaron a su dueña. Luego abrió la puerta de la habitación; en sus manos llevaba el martillo y el cincel que había usado unas horas antes. Se acercó a la cama cubierta de sábanas blancas que su visor detectó como una gran roca que necesitaba ser convertida en una escultura. Acomodó sus herramientas y dio un martillazo sobre las sábanas que de inmediato se mancharon de rojo.
Samantha gritó cuando el cincel atravesó su pierna esquelética. Con un dolor que recorría su carne desnutrida, se levantó con dificultad tratando de evadir los brazos enérgicos que se empeñaban en continuar martillando. Pronunció varias veces el comando para pausarlo, pero no sucedió nada. También intentó con la frase de reinicio sin ningún resultado, los pitidos no dejaban de resonar. Cuando sintió la punta del cincel en su mejilla, a duras penas esquivó el martillazo y consiguió empujar al robot con su cuerpo esquelético. Avanzó hasta la puerta y logró cerrarla con llave.
Con sus manos temblorosas, tomó el manual de instrucciones que reposaba sobre la mesa, pasó las páginas sin encontrar la forma de apagar a su androide que no paraba de martillar las paredes. El dolor de la pierna la carcomía. Tiró el manual al suelo, pensó que lo mejor sería salir de ahí. Tambaleándose por el dolor, avanzó con su cuerpo enflaquecido, arrastrando la pierna que no paraba de sangrar. Pidió ayuda a gritos con la esperanza de que algún vecino la oyera, pero aún no llegaba a la calle.
Sus ojos cadavéricos lagrimearon cuando el muro de la habitación se vino abajo y los pitidos rugieron a sus espaldas.

Gerardo Zenteno (Puebla, México). Estudió Química y la Maestría en Administración de
Empresas en la UDLAP. Ha tomado talleres y cursos con Beatriz Meyer, Luis Humberto
Crosthwaite, Eduardo Antonio Parra y Efraím Blanco, así como conferencias magistrales con
Liliana Heker. Su cuento "Misa de domingo" fue publicado en la antología "Quémese después de
leer", editorial Cuarentena Veinte Veinte (2023). El cuento "La vecina Ofelia" forma parte de la
colección "Líbranos del mal" de editorial Alas de Cuervo (2025) y en la antología "Fórmula
perversa", Editorial Mítico (2025) participó con el cuento "Escapatoria". Ha colaborado en la
revista digital “Letras Insomnes” con su cuento “Mi vida a diferentes escalas”. En su tiempo
libre le gusta tocar el piano, leer, el cine, viajar, cuidar su jardín y coleccionar Playmobil.
