Jueves veintinueve de enero del dos mil veintisiete.
Eran las tres de la tarde, el sol ardiente; se trataba de una como muchas en la comarca, sin que se apiadara de aquella tierra ni una sola nube siquiera. Los niños y hasta nosotros, los que nos acercábamos a la mayoría de edad, caminábamos pegados a la barda de las casas para beneficiarnos de su sombra, porque el calor estaba intenso.” Me quema el sol “, decían los niños que, descalzos, iban a la tienda de la esquina a comprar algún mandado que les había encargado su madre Así se vivía en la comarca aquel verano de la década del sesenta.
Yo me pasé de una acera a otra, pues me dirigía a la casa de Andrés, frente de mi casa. Cuando atravesé la carretera, extendí mi vista a lo largo de ella, quise ver hasta dónde llagaba el camino de asfalto, el horizonte, y lo único que vi fue un charco de agua que brillaba con la luz del sol, como si fuera un espejo. No era la primera vez que veía aquel charco; era frecuente que lo hiciera cada verano. De modo que no era de extrañar, pues ya estaba acostumbrado. Así que, como de costumbre, salí a buscar a mis amigos. Nos reuniríamos en la casa de Andrés para tocar rolas de rock and roll. Andrés era un chico de nuestra edad –dieciséis años–, alto, delgado, cabello negro, con algunos granillos en el rostro, pero era tan habilidoso para tocar la guitarra que, con sus pantalones de mezclilla, su playera y sus tenis, parecía Elvis Presley. Éramos unos chicos locos que habíamos conseguido formar un grupo musical. Claro, empezábamos… éramos cinco integrantes—creyéndonos músicos–, entre los cuales yo me encontraba porque pretendíamos dedicar nuestra vida a ello. Incluso ya teníamos algunos instrumentos, una guitarra, un bajo, una batería, unos güiros y una chica que cantaba hermosísimo El padre de Andrés, un funcionario de Ferrocarriles Nacionales de México había traído los instrumentos de los Estados Unidos. Así que, entusiasmadísimos, practicábamos todas las tardes entre las tres y las seis. Soñábamos con tener grandes contratos y actuaciones, la fama, chicas, diversiones increíbles, vuelos, conocer ciudades, y todo lo demás ¡Ya hasta nombre tenía nuestro grupo!: ¡Los siniestros! Ni siquiera sé por qué el papá de Andrés escogió ese nombre, pero no nos Importaba, nosotros seguíamos tocando todas las tardes.
Debo decir que, después de haber cruzado la carretera observé que una muchedumbre pasaba en carros y camionetas, camiones y autobuses, llenos de gente. Hasta motocicletas se veían pasar buscando algo. Se trataba de una procesión de fiesta como las de carnaval. La gente, ansiosa, dentro de los vehículos, volteaba a vernos, como si fuéramos unos extraños… de otro planeta. Me quedé sorprendido.
—Por dónde ganamos para la TORREÑA, señora—le preguntó, un hombre como de treinta años aproximadamente a una señora de la misma edad que esperaba en la esquina el autobús. Tripulaba un auto largo de color negro con blanco, de los que llamaban cocodrilos. –Somos de Torreón y no sabemos por dónde ganar.
—Va bien señor—contestó la señora, extendiendo su brazo derecho y señalando con el índice hacia el norte— siga derecho y después de pasar las vías del tren, ahí toma una carretera larga. Se va todo derecho. Después, mucho más allá hay un cruce de carretera, pero hay un anuncio que señala con una flecha y dice “LA TORREÑA”. Sígale por ahí, camina como unos cinco kilómetros, y llega —Así le indicó la señora, pero agregó–Disculpe, ¿por qué tanta gente va para allá?
—Es que nos dijeron que en ese rancho la tierra se estaba comiendo a una chica; que ya lleva la mitad enterrada en la tierra como castigo de Dios, por haberse enojado contra su madre porque no la dejó ir a un baile, y haberla, por eso, abofeteado. Y toda esta gente queremos verla. —el hombre se acomodó su sombrero y sus lentes oscuros, se despidió de la señora con la mano derecha en señal de adiós, y siguió las instrucciones.
Tengo que reconocer que en ese momento me sentí arrastrado por la emoción, propia de mi edad. Sin embargo, también he de reconocer que ni siquiera pensé si eso pudiera ser posible o bien se trataba de una patraña. Me envolvió la situación y lo primero que se me ocurrió fue decírselo a Andrés. Como ya llegaba a su casa me pareció lo correcto.
Llegué a casa de Andrés, toqué el timbre como de costumbre; después de una pequeña espera abrió y me invitó a pasar a su casa, a esperar a los demás. Sin embargo, yo me rehusé, y más bien lo invité a que saliera a ver el gentío que pasaba. Cuando salió quedó pasmado ante la marea humana y el caos de autos y camiones que pasaban por ahí.
—¿Qué es esto? –me preguntó, poniendo su mano derecha arriba de sus cejas, como visera de cachucha, tapándose el sol—¿por qué tanta gente? ¿Qué está pasando?
Le conté lo que había visto. Incluso la interlocución de la señora de la esquina con el hombre del auto cocodrilo. Lo hice sobre todo para que supiera el motivo de tanta agitación. Y no me da pena reconocer lo que le dije: —Vamos güey, vamos a ver si esto es cierto… al fin y al cabo nos puede servir para hacer una rola, o la iniciación de una melodía. Todo músico debe buscar hechos inspiradores, no solo de amor, sino de cualquier acontecimiento que sirva como disparador. También algo como esto de espectacular nos puede servir. Escuchó, y se quedó mirando, confundido.
—Pero… ¿Cómo vamos a ir si no tenemos camioneta o auto? – contestó Andrés, quedando como en suspenso. —-Y, encima, estamos esperando a los demás y ¿qué les vamos a decir? —me preguntó un poco indeciso entre querer ir y esperar a los otros.
—No te preocupes por eso, güey. Les dejaremos un recado en el que expliquemos que tuvimos que salir de urgencia y que, por ello, no tendremos reunión hoy, pero que mañana continuamos. Y por lo que dices respecto de que no tenemos auto, eso es cierto, pero ahí tienes tu moto Harley Davidson que te trajo tu papá el año pasado. Es usada, es cierto, pero en buenas condiciones; fácil podemos llegar a la TORREÑA—. Se lo dije con toda certeza de que podíamos ir pues él mismo me había contado que la moto la había comprado su padre en los Estados Unidos y que tenía su permiso de importación y sus papeles en regla, lo que me animó a decirle que fuéramos en ella.
Entre pensativo e indeciso no le quedó otra que aceptar. Debo reconocer que también a él le llamó la atención, no solo por el hecho de ver tanta gente, sino por el pensamiento que parecía unir a todos: se sentía bastante expectación. Yo mismo ya tenía la sensación de esa especie de curiosidad adictiva que despertaba el hecho de ver aquella chica en tamaña situación.
Enfilamos hacia el lugar. Sin embargo, por el camino fuimos preguntando como todos los demás. Pero Andrés y yo nos desviamos, nos apartamos del grupo porque un ranchero mayor, nos dijo que íbamos equivocados, que la chica que se estaba devorando la tierra no estaba en la TORREÑA sino en un rancho que se llama LUCRECIA. Nos dijo claramente que se trataba de un lugar fantasma al cual no se llega por carretera sino por una vereda pedrera, y nos indicó por dónde seguir. Nos afirmó, además, como cierto el hecho. Nos recomendó tener cuidado con el camino porque es parte de la sierra. Como ya estábamos más para allá que para nuestro barrio, decidimos seguir adelante.
Debo admitir que aquella era mi primera experiencia de ese tipo y, por lo mismo, como es natural, sentía temor. Sin embargo, al propio tiempo me acosaba una gran curiosidad que, entre la lucha de las sensaciones, llegó a ganar la segunda. Debió de ser por la sencilla razón de que quería ver el desenlace de la chica. Además de eso no podía dar marcha atrás delante de mi amigo, porque entonces quedaría en ridículo, después de haber impulsado yo mismo la idea de presenciar el suceso. Así que, entre contradicciones y confusiones en mi persona, decidí continuar con la empresa.
Así, pues, enfilamos hacia el lugar. Los pinabetes pasaban rápido frente a mi vista. Me sentí animado porque finalmente notaba decidido a Andrés respecto a encontrar el lugar que buscaba tanta gente. Apenas llevábamos aproximadamente dos Kilómetros de camino pedrero cuando en medio del mismo se encontraba parado un anciano. Al verlo, nos paramos a preguntar sobre el lugar que buscábamos, pero, al propio tiempo a saber que estaba haciendo ahí frente al camino, obstruyendo la pasada. El hombre era aproximadamente de un metro setenta y cinco centímetros. No era muy alto, pero con los pantalones de color negro que vestía se notaba alto. Calzaba unas botas de color negro que ya habían dado lo mejor de sí, pero como andaba en la sierra, seguro le eran todavía muy útiles, usaba una camisa blanca toda arrugada por lo que se notaba que no era casado o cuando menos que no tenía mujer. Su bigote grande y extenso se hacía notar en el rostro porque era de color blanco, mientras que su color de tez era moreno. Así que el contraste entre los dos colores era notorio porque estando juntos se hacía notar lo banco del bigote. Incluso con el brillo del sol parecían producir algunos pequeños destellos blancos. Era muy singular aquel hombre. No obstante, lo cual de inmediato sentí que imponía pues no se mostró risueño o amigable, siempre tuvo el ceño adusto, clavada la mirada antes de dirigir la palabra a cualquiera de nosotros. En momentos observamos que llagaban algunas ráfagas de aire que hacían levantarse levemente el cabello blanco del hombre que, por cierto, le llegaba hasta los hombros. Llevaba un sombrero clásico norteño de color negro. Sus ojos de color grises mostraban una mirada de águila, rodeados con un color amoratado claro. Lo que sí nos pareció raro es que tuviera una boca regular con unos labios delgados y una nariz recta. Llegamos a la conclusión de que no se trataba de ningún indio, ni de persona cercana a esas tierras pegadas a la sierra. Incluso se veía una pero que tenía tinte civilizada Por un momento creí que andaba con la por las mismas de nosotros es decir que estaba preguntando por dónde estaba la muchacha que se estaba devorando la tierra. Pero resultó que no, resultó que era un avecindado de aquel lugar– así nos lo dijo—, y que estaba buscando uno de sus hijos que se había perdido en la sierra. No nos dijo la edad del chico perdido, y nosotros por torpeza, tampoco le preguntamos. No nos pidió explicación de nada, pese a que se notaba que no éramos de aquel lugar. Por ello nos extrañó que estuviera en medio del camino. Indicó, sin embargo, el camino que llevaba a Lucrecia y nos recomendó que al llegar tuviéramos cuidado ya que en ocasiones las personas que entraban al rancho ya no volvían a salir.
Quise intervenir en ese momento para preguntar por qué razón nos hacía aquella advertencia. Si había algún hechizo, un embrujo o un criminal, o cualquier otra amenaza, como la tierra devoradora, pero intervino de nuevo.
—Se llama Lucrecia porque así se llamaba la esposa del dueño, Don Pantaleón. Pero debido a que la mató y la enterró en el mismo rancho, el mismo ya no produce, la tierra ya no quiso ser fértil, desde entonces es un pueblo maldito. Ya casi no hay gente —dijo. Y guardó un silencio sepulcral.
—Oiga y ¿por qué motivo la mató? —replicó Andrés.
—Porque quería casarse con una chica del rancho de la cual ya era su amante—contestó el hombre-. Un pájaro negro, grande, pasó volando cerca de nosotros y el hombre se le quedó mirando. —Hay muchos pájaros de esos en Lucrecia, de noche y día. Dicen que todavía cuidan el cuerpo de la esposa de Don Pantaleón—dijo.
Y ¿se casó después de la muerte de su esposa Lucrecia? —le pregunté.
—Sí.
—¿Por la iglesia, también?
—Sí… hubo una gran fiesta. Vino el obispo a casarlos. Pero de eso ya hace bastante tiempo. Las cosas aquí han cambiado. Solo está una casucha de piedra, casi abandonada. Vive ahí una vieja con su hija. Dicen que la vieja es la esposa muerta de Don Pantaleón…
—¿Tuvieron hijos la nueva esposa y el dueño del rancho?
No supo responderme la pregunta—o no quiso—, pero lo que sí nos dejó completamente intrigados porque ya no dijo más. Después de recomendarnos aquello se apartó del camino para que siguiéramos adelante Y seguimos porque ya se estaba haciendo tarde, por lo que Andrés aceleró y nos fuimos por el camino pedrero con todo cuidado para no poncharnos .Luego me dijo Andrés casi gritando que se nos había olvidado preguntarle al señor cómo se llamaba, por aquello de que tuviéramos que decir alguna recomendación al llegar al rancho .Le dije que tenía razón, y que regresáramos para preguntarle su nombre .Cuando nos giramos ya no encontramos persona alguna, ni siquiera se divisaba a los alrededores. Y vamos que no había ningunos árboles grandes o gruesos que nos obstruyera la vista. Había arbustos y mezquites. Plantas espinosas y demás fauna silvestre. Se nos hizo muy extraño… así que con más razón seguimos adelante, ya no tenía caso regresar. “Era un hombre misterioso” — me fui pensando— y por las palabras que nos dijo: “al llegar tengan cuidado ya que en ocasiones las personas que entran al rancho ya no vuelven a salir”. Me quedé sumamente preocupado No le di importancia, sin embargo, al caso, ni tan siquiera se lo comenté a Andrés por no transmitirle mi miedo. Andrés era un poco más despistado, así que pensé que no pudo fijarse en eso, o, no les dio importancia a esas palabras y preferí callar y seguir adelante.
Hubo un momento en que decidimos seguir caminando, por lo áspero del camino y el temor de poncharnos. Dejamos la moto cerca de una pequeña cueva para protegerla de que nadie la tomara. Esa zona era muy inhóspita, caminábamos por entre pequeñas veredas porque había mucha maleza con espinas, y múltiples matas con nopales espinosos. Había cactus gigantescos del tamaño de personas que constaban de un tallo grande y grueso. Se veía en su formación que salía una parte como un brazo del lado izquierdo y otro brazo del lado derecho. Se asemejaban fácilmente a una persona en cruz. Así nos encontramos muchos grandes cactus. Caminamos echando con una vara para un lado y para otro los arbustos. Materialmente toreábamos los cactus gigantes. No nos acercábamos porque estaban impregnados de pequeñas espinas muy finas que se hallaban en las puntas de ellos. Seguimos las veredas cuidándonos de no tropezar. También nos cuidábamos de las pequeñas piedras filosas que había. Prácticamente era ya la sierra en forma. Se nos alegró el corazón cuando a lo lejos vimos una casucha, que estaba cerca de un peñón grande. Al menos a mí me extrañó que estando tan pobres estuviera hecha con piedra bien estructurada, vieja, sí, ya de años, pero fuerte aún. Nos detuvimos un poco a vigilar los alrededores, pero así nos acercamos. Ya no había ni por qué detenernos. Queríamos saber qué pasaba en ese lugar. Y aquella choza era el referente, así nos había dicho el anciano del camino.
Finalmente, nadie dio con el lugar, pero nosotros sí, y sufrimos el dolor de ver cómo de manera lenta, casi imperceptible, la tierra iba consumiendo a la chica, la iba devorando efectivamente. Nos fijamos que se trataba de una chica de unos dieciocho años por el rostro pequeño y el medio cuerpo delgado, además de su voz. Y cuando intentamos ayudarle nos lo impidió una fuerza invisible como si ella estuviera envuelta en una burbuja de cuyos contornos no pudiera salir, ni nosotros entrar. A un lado más allá se hallaba una señora de unos cuarenta años, cubriéndose el rostro con un rebozo negro, vestida con una larga falda de color gris. Nos imaginamos que era viuda y andaba de luto. O, que, aún peor, ya anticipaba la muerte de la chica. No se veía bien su cabello, pues lo topaba el rebozo, pero por lo que advertimos de su rostro debía tener treinta y cinco o cuarenta años. Era una mujer menuda y delgada; mejor dicho, flaca, y se encontraba arrebujada en un árbol seco. Lloraba. “Dios santo—hablaba mirando al cielo —perdónala. Yo sé que es una desobediencia a tus mandamientos… pero ella es buena. No lo volverá a hacer… perdónala”. Y entonces la vimos llorar pidiendo auxilio a nosotros, pues no había más gente. Desesperados ya también nosotros, por no poderla ayudar, veíamos, sin embargo, que la tierra se movía lentamente en una especie de círculos y muy poco perceptible seguía devorando a la chica. Andrés, desesperado, me sugirió ir por un sacerdote, pero me pregunté “eso sería muy lejos, pues sacerdote solo hay en la ciudad”. Enseguida le pregunté a la señora si por estos lugares habría alguna iglesia para traer un sacerdote. Pero ella nos dijo que ellos se curaban con las oraciones de un chamán.
Nos dijo que “allá, arriba, en el Cerro de Pico Alto hay un chamán y él es el que nos cura. Aquí no hay iglesia”. De inmediato le dije a Andrés que fuéramos con el chamán para pedir ayuda.
—Cuéntenme qué es lo que ha pasado—dijo el curandero—echando humo por la boca, producto de haber dado una fumaba a su cigarro de hoja.
Yo ya había escuchado algo de los chamanes, pero este me pareció muy viejo como para curar. Estaba envuelto en un sarape de color azul marino con pintitos negros y unas rayas color verdes. Ese sarape lo envolvía completamente, y me extrañó porque yo sentí calor, y tal parece que a ese anciano le parecía que era invierno. Si bien no era muy bajo, tampoco era alto; era de tamaño regular y estaba sentado en un catre desvencijado. Como barrí con la vista su estancia observé que tenía algunas aves disecadas, especialmente de color negras. Solo había una de color blanco, pero esa la tenía al centro. Era una casa pequeña, de piedra, pero muy pobre. Le platicamos lo que vimos:
“Contaba la madre que su hija se había enojado con ella, debido a que le había impedido ir al baile que esperaba, pero lo decía llorando, con las manos tapándose la boca. Y ante la soledad de aquel lugar gritaba a su Dios con voz ronca de tanto llorar: ‘Dios santo, perdónala, es mi hija, la que más quiero. Yo ya la he perdonado, pero te ruego tu perdón, y le quites el castigo’. Una y otra vez, con semejantes palabras le lanzaba ruegos al cielo, pero el cielo, impávido, callaba. Ella nos contó lo sucedido y tapándose la boca con su rebozo exclamaba: ‘¡Ayúdenos! ¡Por amor de Dios…! ¡Ayúdenos!’. Y lloraba”.
Después de exponer los hechos que vimos, el cuarto se inundó de silencio y misterio. La expectación creció cuando vi que el chamán nos dio la espalda, se fue hacia un rincón donde tenía un altar y, ahí, alzando los brazos elevó una plegaria. Fue cosa de un minuto, luego prendió una vela negra de unos diez centímetros, la tomó con su mano derecha, se impregnó el rostro con el humo blanco, luego su cabello y la alzó con su mano derecha en un acto de reverencia. La elevó como una ofrenda. Nosotros nos quedamos fríos. No hablábamos para que no se interrumpiera el rito, pero Andrés y yo nos miramos y sin verbalizar dije “me da miedo”. Andrés me miró, levantó una ceja, “no seas cobarde ya estamos metidos en esto hay que seguir”. “Y ¿si nos pasa algo malo?” ” No nos pasará nada el chamán nos protege”.
Hubo un momento en que vi que el chamán volteaba hacia nosotros con el rostro desencajado, luego giraba hacia el altar. Un sonido gutural se escuchaba en el ambiente, ni siquiera supe desde donde venía. Era natural que los nervios se habían apoderado de mí. También vi que sudaba, y me extrañó porque cuando llegamos estaba envuelto en su sarape como cuando uno siente frío, o, cuando menos no siente calor. ¿De dónde salió toda esa profusión de sudor del chamán? Y sobre todo ¿por qué? Un escalofrío me recorrió la espalada al pensar en la posibilidad de un peligro inminente. No obstante, lo cual, esperamos, inquietos, que nos diera una respuesta.”
Me sorprendió sobremanera que de pronto todo se volvió en calma. Incluso el chamán, sudando, se sentó en su catre, descansó unos segundos, inspiró, se giró hacia nosotros y nos dijo:
—Muchachos, siéntense aquí frente a mí, les explicaré lo que sucede. Observé que estaban dos troncos de árbol de mezquites que servían como bancos. Nos sentamos y pusimos atención.
–Ahora mismo investigué y conocí que el problema que enfrenta la chica y su madre es mucho mayor; es un problema que involucra a toda la comunidad, a la humanidad, incluso al universo mismo.
No entendía muy bien lo que nos decía, arrugué el ceño y me quedé mirándolo en silencio.
—¿Cómo es eso? —preguntó Andrés, y observé con agrado que había tomado la iniciativa de la situación–. ¿Por qué la humanidad, y aún el universo? No entiendo.
—Lo comprendo, muchacho– dijo el chamán—. La chica ha sufrido un rapto espiritual de los espíritus oscuros, esos espíritus oscuros son malignos. Y ese rapto espiritual que sufre la chica es un hueco en el tejido del universo. Si los espíritus malos se llevan a alguien, el orden natural se rompe. Este es el verdadero peligro. La tierra escucha cuando una hija levanta la mano contra quien le dio la vida, y la puede castigar. Pero esto no viene de la tierra, sino, repito, de los espíritus oscuros. Quieren aprovechar esta circunstancia para tomar ventaja en esta guerra del bien contra el mal. Aquí el aprovechamiento, el daño, no es no es solo social, es cósmico. Aquí hay que salvar a la chica, no tan solo por ella, sino para evitar que ese desequilibrio se propague y afecte a la comunidad y a la naturaleza De ese tamaño es el problema —concluyó.
En esta parte de la conversación, inevitablemente me descubrí sorprendido, porque tuve la sensación de que el curandero nos mentía Razoné dentro de mí que era imposible que el chamán supiera todo eso, si ni siquiera había ido a ver a la chica. Ella de seguro lloraba de dolor y de miedo, y su madre llena de lágrimas y dolor seguía ahí, postrada, sin que nadie le ayudase. Volteé a ver Andrés y, con la mirada, le dije: “No le creo; siento que nos está mintiendo”. Y él, al mirarme, asintió: “Yo también; se me hace que es un embustero”.
Andrés, que se había mostrado inquieto, quiso indagar al Chamán preguntándole desde cuándo se dedicaba al chamanismo. Este le respondió con voz terminante:
—Un Chamán lo es desde que nace. Incluso es una vocación predeterminada —lo dijo sin parpadear—. Un profano no puede comprenderlo, por supuesto.” Y lo dejó callado.
Yo mismo sentí el impulso de preguntar cómo es que sabía todo aquello—la pregunta ardía en mi garganta—, pero apenas iba a abrir la boca pensé en la madre de la chica, de rodillas, abrazando la tierra que lentamente reclamaba a su hija. Me arrepentí. Comprendí que no teníamos otra alternativa: si rechazábamos la ayuda que nos ofrecía estaríamos perdidos, nosotros, la chica y su madre.
Así que callé. Y con mi silencio permití que continuara.
—Bueno, y qué hay que hacer. —preguntó Andrés, alisándose el cabello quebrado que le caía en la frente.
—Lo primero: tengo que hacer un rito de sanación; será necesario un proceso de meditación y rezos, Pero como este es un caso urgente es necesario que lo haga ya, porque el tiempo apremia —dijo el Chamán.
—Bien—, dijo Andrés—. marchemos lo más pronto posible toda vez que está largo el camino y dificultoso. Se detuvo, miró al horizonte—y, además es preciso evadir la noche —agregó.
Yo me le quedé mirando. Me sorprendía la iniciativa de Andrés. Si al inicio de esto tenía grandes temores y preocupaciones, ahora tomaba la iniciativa…era un poco extraño. No lo conocía de esa manera. No me explicaba aquel cambio. ¿Sería parte del embrujo de la sierra? ¿Estaría sufriendo una transformación de aquellos espíritus? O, ¿era la acción salvadora del chamán que hasta él había llegado y, con ello, había cambiado su personalidad?
Ya no quise pensar más. Y como esa actitud convenía, así dejé que continuaran las cosas. Sin embargo, antes de caminar, lo tomé de su brazo derecho, lo aparté un poco y le susurré, con una sonrisa más fingida que sincera —¿Ya no tienes temor, verdad, cómo le has hecho? (aquí podría ser un flashback del recuerdo de su madre, pues la recordó cuando estaba en su lecho de muerte, la recordó al ver a esta señora sufrir).
—No será necesario— contestó el chamán. El rito deberá llevarse a cabo aquí y desde aquí le llegará la cura a la chica. Desde aquí podré ver, sentir e influir en su vida y su espíritu.
—Calló y empezó a formar una especie de altar.
—Cada vez más me sorprendía de lo que estaba viendo pues el anciano empezó a encender un bultito de incienso bajó una de las aves negras desecadas disecadas y una blanca, arrimó un costal de tierra caliza, un montoncito de ruda y romero, albahaca y salvia. Después De qué prendió el incienso después de que encendió el incienso, bebió un brebaje, se concentró clavando la mirada en el ave negra y empezó a temblar un poco. Luego empezó a tocar un pequeño tambor y a dar pasos de un baile raro Fumaba… seguía bailando. De pronto paró, tomó el ave negra y tomó la blanca clavando la mirada en la última La elevó como una ofrenda y rezó así:
“Tonantein,titechmictia,titechyolitia,Xicmocuili in noyolo,Xicnocuili in nonemilitz, ma xicmopieli in ilhuicatl,tlatzotzohaltpetl, xitechmopieli.”
“Nuestra madre, tú nos das la muerte, tú nos das la vida, tú toma mi corazón, toma mi vida, que te guardes el cielo, montaña que desvela, protégenos.”
Nos quedamos congelados, porque resultamos convencidos del efecto visionario del chamán. Escuchamos que gritaba— no sé a quién–que daba gracias de que “por fortuna no ha tocado la madre a la hija. Providencialmente esa burbuja invisible ha salvado a la madre, pues lo que está pasando, Madre, es que si esa chica toca a alguien o alguien la toca, le robará su calor vital. Y aunque no sea esta segunda víctima comida por la tierra, se asfixiará poco a poco por falta de oxígeno .Te informo, madre, que los espíritus oscuros han hecho que por conducto de esta chica han tenido conexión con la naturaleza, y han invertido los efectos de la oxigenación (lo que tú nos diste, madre).Y entonces la chica, así como se encuentra, en vez de despedir dióxido de carbono, madre, despedirá oxígeno.¡ Es decir, quien toca a la chica va a despedir oxígeno, madre, y va a consumir dióxido de carbono! Esa transformación en el medio ambiente será posible a los Espíritus oscuros porque han logrado conectar con alguien que ha encadenado lo físico con lo metafísico, lo concreto, con lo universal, pero solo para dañar la naturaleza. Esta inversión de los efectos de la naturaleza hará que cualquiera que toque a la chica, o ella toque a alguno, morirá definitivamente ¡madre, madre!, por eso pido tu ayuda. Tú serás nuestra guía en esta aventura y sé bien que destruirás a los Espíritus oscuros, como siempre lo has hecho.”
Después de esa plegaria, se presentó un gran silencio. Con gran sorpresa presenciamos una transformación en el cuarto donde estábamos con el Chamán. Cambió la penumbra del cuarto, en colores de distintas tonalidades. Colores brillantes, blancos, luego cambiaron a unos colores brillantes amarillos y unos colores azul verdes que, junto con el rojo, giraban en el cuarto lentamente hasta alcanzar después una velocidad vertiginosa, y entonces nos mareamos. Fue un mareo horroroso; al menos yo sentí que las cosas volaban, que el catre se volteaba de un lado otro y así todas las cosas del cuartucho. Uno de los momentos en que aún tenía consciencia fue que me di cuenta que respiraba muy lentamente, sudaba frío, sentía miedo. Tomé del hombro a Andrés con una mano por miedo de caerme, y me aferré a un puntal de madera que estaba deteniendo al techo, pensando que me derrumbaría. No sabía por qué, pues yo y Andrés no habíamos consumido ninguna sustancia como para sentirnos anormales. En ese momento yo estaba casi por vomitar, pero con mucho esfuerzo me contuve. Vi cómo el Chaman levantaba las dos manos e hizo que todo se suspendiera. Y todo volvió a la normalidad. Cosa extraña que supimos después es que los vientos que ahora son invisibles, ¡tenían colores! Esos colores que acabo de mencionar eran los vientos que entraron. Y giraron de esa manera, pero no eran colores como reflectores o franjas, sino que eran chispitas que giraban, y que además lanzaban destellos, unos lentos; otros, de un ritmo mediano; y otros más, bastante rápidos, como si fueran una aguja de máquina de coser Y así fue como sucedió que el Chamán hizo su servicio o su rito, y luego nos reveló lo que había pasado.
—Ya está salvada—nos dijo—. La madre tierra me ha avisado que los Espíritus oscuros han sido ya devastados; ahora, es necesario ir a despertar a la chica que aun duerme.
Quedamos sorprendidísimos otra vez. Sin embargo —como si todo lo anterior fuera poco—lo peor del caso es que el Chamán nos indicó que era necesario ir a despertar a la chica porque si no fuere así, podría quedar en el lago del olvido.
Marchamos al rancho Lucrecia ya casi para el anochecer.
Al llegar, otra sorpresa: la madre de la chica la tenía entre sus brazos, le acariciaba el rostro y lloraba encima de ella. Había desaparecido el embrujo, pero la chica seguía dormida.
Llegamos casi al anochecer. Y apenas se acercó el Chamán a con la madre, se hincó, tomó las dos muñecas de las manos de la chica y las untó con ceniza de palo santo y de pirul. Ellla tenía marcas físicas en las muñecas, en la cintura y en las piernas, que también la untó con cenizas. Eran moretones y llagas. Así que el Chamán prendió uno de sus cigarros, echó un humo en la cabeza de la chica por un número de tres veces y empezó un cantó que dice así:
“Shamuicuy, shamuicuy… (Ven, ven…)
Espíritu del fuego, ven a estas cenizas.
Cierra la puerta, sella la entrada.
Que la sombra no vea, que el rastro se pierda.
Donde hubo marca, ahora hay luz.
Donde hubo miedo, ahora hay fuerza.
Con el humo te limpio, con la ceniza te guardo.
Cuerpo de tierra, alma de viento, quédate aquí.
Icaro mi medicina, icarito de protección.
Ni por arriba, ni por abajo, ni por los costados.
Nadie te toca, nadie te nombra.
Estás en el centro, estás en tu casa.
Sacha Runa, otorongo, mantened la guardia.
Esta vida ha vuelto, esta vida se queda.
¡Soplido de vida! ¡Soplido de vuelta!
¡Haway! ¡Haway!”
Con el soplo la chica se despertó, abrió los ojos y se descubrió en los brazos de su madre. Con el soplo —un soplo antiguo, como si la misma montaña respirara a través de él—la chica abrió los ojos, se descubrió en brazos de su madre. Esta gritó de alegría y le besó las manos al Chamán. La chica lloraba; la madre también. El ambiente se inundó de una sorpresa colectiva. La oscuridad de la noche llegó forzando el término de la empresa.
El Bien había ganado esta vez, es cierto, pero yo me quedé mirando, pensativo, en la misteriosa aventura que habíamos presenciado.

Nació en Gómez Palacio, Durango, México. (1952). Lic. en Derecho, abogado postulante, egresado de la Universidad Autónoma de Coahuila. Maestro en Derechos Humanos, egresado de IPOHUAC (Instituto de Postgrado en Humanidades, Universidad Autónoma de Coahuila, México); Profesor de Derecho en el Instituto Tecnológico de la Laguna, perteneciente al TecnMéxico. Desarrolla sus actividades con una pasión por la literatura que lo cautivó desde muy joven y se intensificó a partir de la pandemia del COVID 19, período en el cual cursó un taller de Escritura Creativa en la Escuela de Santiago Lasch, de Argentina; después cursó un diplomado de dos años en la Escuela de Escritores y Cinematografía Sergio Galindo, en el Estado de Veracruz, México. Actualmente cursa un taller de Escritura Creativa “Yo es otro” con el Profesor Julio César Félix, desde Saltillo, Coahuila. Yo es otro, es un espacio y oportunidad para atender la lectura de textos poéticos y otras manifestaciones literarias de autores reconocidos en el mundo de las letras (nacionales e internacionales), así como autores de la región lagunera, y de Coahuila en general; así como la creación de los mismos asistentes.
