Tres historias trans

1

La chica de Cuautepec

En la cálida tarde primaveral veo caminando sola por las calles de Cuautepec a una linda muchacha veinteañera. Algo en ella revela su originaria asignación sexual a pesar de la femenina gracia de su cuerpo: figura delgada y bien proporcionada; pantalón de mezclilla agujereado y entallado; blusa ombliguera amarilla que deja ver una cintura perfecta y ventilada del calor; cabello largo y pintado de rubio volando al ritmo del balanceo de su andar seguro y cadencioso, con una discreta coquetería de quien se sabe mirada.

Yo la observo rápidamente desde el microbús y la percibo satisfecha y contenta consigo misma. Y entonces me acuerdo de la frase final de “La Agrado” en el monólogo en que le cuenta al público de un teatro la historia de su vida, y las vicisitudes y costos de su autenticidad para transicionar de camionero a trabajadora sexual en la película Todo sobre mi madre, de Pedro Almodóvar: “Una es más auténtica cuanto más se parece a lo que ha soñado de sí misma”.

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2

Las tres tristes trans

Para mi hermana María Elena

Había una vez tres científicos de las ciencias duras y blandas (un ingeniero, un geógrafo y un antropólogo); eran machos biológicos, hombres de pelo en pecho por elección y acción.

Entonces, como el ingreso de la universidad donde trabajaban no les alcanzaba -y menos cuando los sacaban del Sistema Nacional de Investigadores-, decidieron dedicarse al mismo tiempo a la lucha libre para completar el salario.

Después, como tampoco como luchadores ganaban mucho, eligieron ser mujeres trans e incursionar eventualmente en la farándula para tener más dinero, o al menos eso dijeron.

Al final, dejaron la universidad y triunfaron en el mundo del espectáculo como imitadoras de Gloria, Yuri y Amanda.

Sin embargo, nunca fueron felices y siempre extrañaron la ciencia.

Fin.

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3

Adán y Eva

Lo descubrió en la barra del bar y su barba cerrada lo atrajo. Él, al que siempre le habían gustado los hombres fuertes y velludos, vio en Adán al compañero perfecto para una placentera noche de sexo anónimo.

Se acercó, le dijo “hola” y le invitó una cerveza igual a la que estaba tomando. El resto fue igual de usual que en otras ocasiones: en su departamento fueron directamente a la recámara y, entre besos y apretones fogosos, comenzaron a desnudarse. Le quitó la camisa y constató que Adán era musculoso y tenía el pecho velludo. Cuando recorrió el camino con su lengua hasta llegar a su vientre, se encontró con un pubis igual de velludo que el resto de su cuerpo, pero en lugar del bulto prominente que esperaba se topó con una rajada húmeda.

Adán lo miró sin perder su actitud viril, esperando una reacción. Entonces él empezó a lamer su coño con fruición mientras Adán se masturbaba frotándose frenéticamente el clítoris.

Cuando lo penetró, experimentó una sensación inusitada: la vagina de Adán acogía gozosamente su verga, al mismo tiempo que sus poderosos y velludos brazos lo rodeaban y lo hacían sentirse protegido como, quizás, pudo haberse sentido Eva cuando era abrazada por Adán, el primero.

En el momento del orgasmo compartido, se dio cuenta de que el varonil cuerpo de Adán, y su cálida vagina, eran la combinación perfecta que siempre había deseado en un hombre.

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