Era momento de hacerle magia negra a mi cliente más importante. Mi santero de confianza me pidió unas cuantas excentricidades. Aproveché el tiempo después de nuestra última junta para hacer el acopio, el cual me tomó más de lo que quería. Intenté por todos los medios lograr un cambio de actitud; de la forma humana jamás lo conseguí. Sabía las consecuencias de tentar a la vida moviendo ese tipo de energía, pero estaba dispuesto a pagar el precio, fuese cual fuese. Me tenía sin cuidado lo que me sucediera, eran mis empleados los que me preocupaban.
Buena parte de mi vida adulta fui escéptico de todo tipo de conocimiento o práctica ligada al pensamiento mágico. Un conocido ligado a un trabajo anterior fue quien me invitó a un encuentro con criaturas de la noche. No recuerdo qué pasaba por mi vida en ese entonces que acepté sin mayor reparo. Salir de la monotonía de la rutina me era necesario por alguna razón. Lo que vi todavía lo tengo poco claro, lo que sentí fue lo que me dejó sin atisbo de dudas de lo que había pasado. Elegí creer. Así, sin más.
Ese estremecimiento que va de la planta de los pies hasta la corona fue mi señal de confirmación. Mi santero de confianza ejecutó con éxito el conjuro. Por supuesto que nunca fue mi intención causar daño, ni siquiera a mi cliente, para esos efectos. Decidí que el tiempo corriera su curso y me inmiscuí por completo en las labores para cumplir con mi próxima fecha de entrega. Las noches en vela tratando de conseguir lo imposible surtieron efecto en mi estado de ánimo. Lo que más vergüenza me daba era no poder pagar las horas extras de mi gente. En la madrugada tomé la llamada que lo cambió todo.
El nene de mi cliente estaba desaparecido desde el día anterior. Hubo una especie de confusión a la salida del colegio y la persona que tenía que recogerlo nunca lo hizo. Nadie sabía de su paradero. Me ofrecí a ayudar en la búsqueda, hacer llamadas, conocía a clientes en la policía que podían echar una mano. Mi cliente ya tenía a gente en movimiento. Colgué con un hoyo en el estómago, pero con el alivio de la prórroga para la entrega. Esto no era lo que quería. Así no. Prendí una vela para la pronta aparición del nene. Su cuerpo apareció en un barranco a las afueras de la ciudad en el curso día.
Evité estar al tanto de cualquier tipo de detalles, los cuales la prensa se encargó de divulgar sin la menor decencia. El pensar en quién era capaz de actuar con semejante crueldad hacia un pequeño todavía hace que me hierva la sangre. Las investigaciones no pararon y se prolongaron más de lo proyectado. Entre las hipótesis más sonadas estaban la de la perpetración a manos de la expareja de mi cliente y la del complot del personal doméstico. Sólo yo sabía la verdad. Lo peor es que pude descansar como bebé en esos días: sin presiones, sin desvelos, sin marchas forzadas.
Aproveché la calma reciente para exceder la calidad de la entrega, que resultaba ya intrascendente. O al menos para mi cliente. Los pagos nunca se detuvieron, siguieron llegando de forma puntual. A partir de ese momento traté únicamente con el apoderado de mi cliente, quien se mostraba distraído en las juntas, o atento a otros asuntos. Era evidente que seguía pendiente a las pesquisas más recientes. Las juntas se tornaban cada vez más breves y parcas. El estrés desapareció por completo y pude disfrutar de nuevo.
Me remordía el destino del nene. No tanto, ni me sentía del todo responsable, pero quería hacer algo al respecto. Mi santero de confianza estaba acostumbrado a ese tipo de consecuencias y le parecían cualquier cosa. Me recomendó prenderle velas de vez en cuando al nene y seguir con mi vida. Por un lado, lo hecho, hecho estaba y no tenía sentido rumiar sobre el pasado. Me preparé un buen rato para sufrir algún tipo de secuela irreparable, terrible, desastrosa. Nunca llegó. El negocio de mi cliente prosperó y yo con él.
Llegaron a su fin las investigaciones y como pasa usualmente en este tipo de casos se capturaron a un par de chivos expiatorios ligados al chofer de mi cliente. El caso recibió carpetazo una vez que los sujetos fueron puestos a disposición del juez penal. Dejé de leer al respecto. Al cabo de un año, no había vuelto a cruzar palabra con mi cliente, todo se hacía a través de su apoderado o de terceros. Mi gente se encontraba más contenta que nunca y hasta pude pagarles todas las horas extra que les debía.
Una vez al mes voy a la lápida del nene y le dejo un arreglo chulo.

Luis Eugenio Caballero Nava (Ciudad de México, 1992) es guionista, narrador y escritor de ficción breve. Su obra explora la violencia familiar, las heridas emocionales y la belleza oscura que surge de las relaciones humanas marcadas por el rencor y la memoria. Actualmente prepara su primera antología de cuentos.
