El ejemplo de las mariposas

Se cuenta que, una vez, en un invierno de soñada mortandad, una mariposa tan azul como mis ojos, de séquitos luceros, bajó de los cielos para hallar unos labios nuevos en los que posarse. Se decía, la mariposa, tan ágil y tan ausente de una voz con la que llorar los seres encerrados en sus alas, captó un tormento entre el anido de sus fauces. La mariposa no tenía nombre, pero, si bien los nombres son especiales si se pronuncia con una solvencia de amor verdadero, sería pasto de trazos que se cosen así mismos como un océano de fuego. Engalanó el trazar de las consciencias y encontró, así y sólo así, a un anciano que caminaba con sollozados pasos. Ella posó su vuelo en el ramaje de una liana que impulsaba el ejido que comandaba ese señor de señores, y se preguntó, si tan sólo ennoblecerse con un gesto de esas arrugas, bastaría para encontrar el Amor soñado y verdadero que tanto relataban. Mis lirios se posaron en sus ojos y vieron que había vivido un tiempo en el universo tan tórrido en la que existía la majestad del averno. Ese que, tan orgullo, tan galante, hendía el peso del pecho con la tristeza de un alma que no ha conocido el ruego de un ser que sólo se aventura a la par de unos pasos que no le alcanzan. Porque el cansancio jamás había detenido los pasos del señor, que, si bien no recordaba su ser como nadie, se atrevía a asistir a esas selvas de vírgenes más amadas. Llamémoslo con el apodo de un señorío y vistámoslo de un luto de arcoíris. Un habitante que habría resquebrajado los cimientos de los dioses con tal de conocer, así, al amparo de todas las huestes el invierno en sus costillas; esas de las que habría emergido el candor de sus orillas. Porque las orillas de un océano de rosas manaron de sus anhelos, y los anhelos del corazón, son maldición en esta era en la que el corazón enferma. Señorío o no, me rendí ante las líneas de la ternura y el respeto de su ser, y tejí una trampa entre sus brazos. Batí las alas, seguí sus pasos, y lo vi arribar a una casa que se caía a pedazos. En ella se escuchaban sonidos; risas y otras sonrisas que se proyectaban en la nobleza de su ser. Su espacio al merecer, el entramado del bastón de sus pisares. Me teñí de rubores y posé mi vuelo raso en el reposo de su hombro. Y lo acompañé a esa recamara en la que revivía la historia de su vida. Tributo dibujado en un lienzo en las paredes, mostraba el pasar de los años que se atrevía a manchar el candor de su rostro, ese rostro que enmarcaba las cárceles de un imperio en la que la Luna bañaba cada nocturna alada su rostro de tafetán. Si bien el entrañar de mis alas se hizo cobijo; me vi danzar entre sus manos y él se atrevió a danzar entre manjares de recuerdos. Los de sus seres más amados; de finos regíos, finos trazos, me amparó ante el amanecer que moría con el sonrosar de unas mejillas. Tenue, el anciano, tan recto, tan justo, tan noble, me tendió en su catre y se acarició las extremidades; en las que se entreveían las cicatrices de una guerra conocida como la carencia del rumor de las bestias, las que hablaban con él de vez en cuando, de vez en vez. Me vi entramar centenar de disputas con mis seres de hermandades; uno apurado en la vastedad de mis deseos por ayudarlo. Pero al vislumbrar sus ojos de nubes, de cielo, de puentes de sol adormilado, entreví entre mis alas, acariciadas por el ser de sus remansos, unas osadías tan cordiales, que, para mi suerte, me vi soltar una carcajada de anunciación ante su ser de eco de brumas marinas. Ilustré cada una de sus rencillas, las del pasado, las del presente, las del futuro, y vi ante el sosiego y al mismo tiempo la ansiedad de ser tocado por el beso de una carta que contenía el albor de sus secretos: una caja para zapatos en las que, desentrañado el misterio me orillaba a retenerlo y a formar parte de su sueño. Siempre luzco igual. Puedo forjar sueños de estrellas, cascadas y rigores, así que mi fuego se vio orientado a despertarme cuando él cayó dormido y le hice el amor a sus mejillas entre los terrenos del anhelo de unos besos que mancharon de añil, esos labios que no se atrevían a besar a las rosas de su corte de espinas, más allá de la lumbre de las costillas conocidas por el ánimo de haber sido en otro tiempo, un soldado valedero. Me hice uno con él y le devolví cada noche el recuerdo rasgado en sus líneas de ansiedad, de dolor, de concentración; las que mostraban las aventuras que habría ungido como cachorro; como liebre, como ser venidero desde una isla en la mismísima Luna. Y entonces, la mariposa, entre el puente de sus vestigios, se hizo de un llanto conocido; y bosquejó nuevas luminarias en las que estalló el milenario ser hasta hacerse crisálida, cigarra, luz de dulce cuna. Ese ser de inocentes estrellas en las manos, de luceros en las costillas, de diamantes en los pies, de líricos anhelos; forjó una acertaba promesa junto a ella; o junto a mí, esa que le otorgaba los ojos enamorados que le forjaron un millar de aladas promesas a sus días. Me vestí de reina, me vestí de candor amado y le di el tributo de verme en cada eclipse de frescura, una palabra diferente con la que anhelaría la inmortalidad de su ternura y el arropo magnánimo del arrullo de sus emblemáticos cosenos. Así la mariposa fue complemento, un insólito eje de ruegos, de fuegos fatuos que se hallaron ya impresos en la casa en la que el de señorío dulce, le hizo el amor a su nobleza coronada. Y desde entonces, y desde el Solo de un entonces, el anciano y la mariposa tan azul como el eco de los cielo, se toman de las manos y trazan los mapas de los anhelos de los ejes de la vida.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *