El desierto

Esporádicos destellos iluminan un cielo gris plomizo. Está por llover. Los cohetes de la feria se elevan y estallan. El climax se acerca. El circo es mi fantasía y quiero ser parte. Iré al norte. Barras y estrellas, muchas estrellas. Estoy deslumbrada. Entro a hurtadillas, fuera de la vista de mis padres.

Me cubre una cortina roja, deshilachada. El sudor escurre por mi espalda, mi boca se seca y tengo el corazón desbocado. Estoy en algún lado o, tal vez, en ninguno. El presente se expande y se contrae, es un fuelle de ritmo violento que me sofoca. Inicia y termina, termina e inicia en circulos concéntricos alrededor de un vacío que no logro llenar. ¿Qué pasa? Huelo orines. ¿Soy yo? ¿Por qué no siento nada? Todo se mueve y tengo miedo. ¿Alucino? Mis delirios bailan una danza macabra. Vacío el estómago.

El futuro yace entre velos de incertidumbre. Rastreo la línea del tiempo con la resolución de los deshauciados. Las cosas, los instantes se diluyen como terrones de azucar en el agua. La claridad primaria se vuelve neblina gris, amorfa; un duermevela dentro de un cerco de cenizas. Regreso al momento una y otra vez. Un rostro. Blanco, rojo, verde, lentejuelas. Sudor. Ojos rojos, sonrisa amplia. ¿Confianza? ¡Margarita! Compartíamos sueños. A mi me gustan los animales.

–Mira qué hermoso perro –le dije acariciando el labrador color canela.

Ella estaba conmigo y no me dijo la verdad. Lo sé ahora. El norte no existe. Nunca lo fue. Es una quimera. Y mentiras, muchas. Atrás quedó el pueblo con su pequeña plaza y la iglesia con fachada de cantera. Atrás quedó mi amiga Margarita que me traicionó. Lo real es el dolor.

–¿Qué trajiste ahora?

–Una niña, Mari.

–Al menos no comen mucho.

No sé ni dónde, ni desde cuando, ni quién me acompaña. Mi cuerpo se enrosca en un abismo, en una oquedad vacía. Algo está a punto de triturarme. Me defiendo. Terribles cosas habitan el silencio.

–¡Yo manda aquí! –escucho la misma voz áspera que huele a cerveza, cigarro y a dientes podridos.

–Puedes gritar lo que quieras, nadie va venir por ti. Tú ya no existes.

¡Es el payaso! El filo de la obsidiana presiona contra mi garganta. Mi grito es un bufido. El olor metálico me aturde. Yo ya no existo.

Me arrojan a la oscuridad. Me arrastro sobre un piso sembrado de huesos. Mis manos frenéticas los toca. Mis uñas están rotas. Escucho el vacío y los murmullos. Algo vuela con aleteos apagados y sin eco. Huele a mierda, orines y vómito. La muerte ronda. Afuera suena la voz de los perros, dispersa, sorda, a veces, ahogada. A lo lejo, los gallos marcan el tiempo. No tengo más lágrimas.

La luz acuchilla la oscuridad. Alguién se acerca. Botas pisando la grava. Cadenas que rozan, rechina el metal. Los truenos penetran. Hierve el miedo en tonos de rojo.

–¡Puercas!

Miro. Los esqueletos se mueven al ras del suelo. Comida y agua. El sol apenas calienta.

Las tinieblas aprisionan de nuevo la luz. Alguien rasca un tablón. Tiendo la mano y siento un hocico husmeando. La madera se mueve un poco. Lo suficiente.

Es noche sin luna. Con las pupilas dilatadas percibo las sombras. Confío en su instinto. Trastabillo y tropiezo entre tantas piedras. Sangran mis pies desnudos. La oscuridad se ha tragado el valle, la finca y a las caroñeras. Sudo y sangro, pero avanzo. Hasta el peñasco llega los sonidos de la oscuridad. Luces en el cielo y un lejano resplandor. Hay sombras que por las noches cuentan sus historias.

Él olfatea el aire y avanza. Lo sigo despacio. La bruma amarillenta y espesa se disuelve en la nada. Veo estrellas que puedo tocar con mis manos. Es el desierto. Me adentro, abro una puerta y los sentidos me arrastran a los oscuros rincones de una memoria que no es mía.

Avanzamos más. ¿Estoy a salvo? Él sigue adelante y no para. El frío corta mi carne.

–¿Adonde me llevas? –pregunto temblando.

Se para de nuevo, gruñe, rasca el suelo. Me acurruco ahí mismo. Él se enrosca a mi lado.

El sol quema mi boca. Vislumbro la muralla de huisaches. Sus púas, agujones y ganchos amenazan mi piel lacerada. Él se fue. No puedo pararme. Me rindo. Tengo la muerte pintada en la cara. El desierto no perdona. Descubro mi cuello. Unos cuantos espasmos y todo se acaba, todo se acaba.

Blanco, todo es blanco y una nube blanca me envuelve. Mi cuerpo reposa y de mi mano surge un hilo transparente.

–¿En donde estoy? –pregunta mi trémula voz.

Pasos blancos y tersos se acercan.

–A salvo –me contesta una voz blanda.

Al lado, el labrador canela mueve su cola y toca mi brazo con su húmedo morro.

1 comentario

  1. Siniestro y poético. Como me gustan. Me encantó.

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