La mujer que me dio la vida se llamaba Olivia, un nombre muy común que se deriva directamente de la palabra “oliva”, el fruto del olivo que simboliza la armonía y la paz. Hilarante, de veras, considerando que ella no era ni una cosa ni la otra.
Desconozco cómo quedó embarazada de mí ni las razones por las que decidió tenerme; aunque si las escuchase ahora, tampoco las creería. Asumo que fui un inconveniente del que no pudo deshacerse a tiempo y con el que, muy a su pesar, se vio obligada a cargar porque no le quedó más remedio. Y si estoy viva para contarles esta historia, es porque desde mi primer día en el mundo se me ha dado de perlas el arte de la supervivencia en entornos hostiles.
Pero esta no es otra de esas historias para que el lector se compadezca de una cría a la que le tocó la pésima suerte de nacer en el infierno. O, como según sé, abandonar el útero de una adolescente de quince años para aterrizar despatarrada en las baldosas del suelo de un baño público. Recuerdo que mamá se refería a ese como “el grandioso-magnífico día en el que terminé de echarle la vida a la basura”, y me gustaba, de cierta forma, escuchar el tono musical que adoptaba su voz al pronunciar una palabra detrás de otra. Como algo solemne, o una llamarada de fuego saliendo por su boca.
No ahondaré en los detalles de mis primeros años porque, repito, esta no es esa clase de historia. Basta con decir que vivíamos alquiladas en una cabaña minúscula y llena de humedad, al final de un barrio donde las casas se apretujaban unas con otras, tan solo separadas por un jardín de cinco metros donde la hierba me rozaba la cara. Era el tipo de pocilga que ni los ratones habrían elegido, pero también lo único a lo que Olivia podía aspirar con su sueldo de camarera… eso, cuando no se lo gastaba todo en bebida o pastillas para dormir.
A los cuatro años, ya estaba acostumbrada a alimentarme a base de salchichas, así que nunca me quejé ni pedí más de lo que me daban. Principalmente, porque en las escasas horas que mamá pasaba en casa, dormía profundamente en el sofá y jamás reaccionaba a mis zarandeos. Supongo que me ignoraba, o bien estaba demasiado borracha como para levantarse.
Al lado vivía una mujer a la que Olivia le pagaba para que se encargara de mí en su ausencia. Su nombre era Ruth y, como era de esperar, terminó haciéndolo gratis. Aunque para ella no parecía ser un problema, puesto que le gustaba tenerme siempre merodeando a su alrededor, prendida de su falda como un mono.
Ruth era el color del café cargado y el aroma de la canela recién molida. Me enseñó a hacerme dos coletas en lugar de una, a cepillarme los dientes correctamente y a freír en la sartén sin que el aceite me saltara. Su rostro estaba salpicado de arrugas, tenía manos gentiles y un cuerpo redondo y acogedor como un aguacate maduro. Antes de tenerme a mí, mamá solía decir que su silueta era similar a la de esas modelos de portada de revistas, así que asumí que Ruth debió haber tenido muchos bebés en su juventud para acabar con una figura así de voluminosa. No obstante, a mí me gustaba que fuese así, como un gran oso de peluche al que podía abrazar todo el tiempo. Mi buena Ruthy, que me esperaba todos los días en el porche con los brazos en jarras y una lección para aprender: “A ver, mi niña, ¿ya te había contado que los tomates son frutas?”. A veces, deseaba que mamá no volviera nunca, solo para quedarme en casa de mi vecina, donde cada mañana era una escuela y cada tarde, una aventura.
Nunca supe por qué ni cuándo cambiaron las cosas. Solo recuerdo que una mañana, mamá dejó de llevarme con ella, y yo me planté en el porche de nuestra cabaña destartalada durante siete días seguidos, esperando ver a Ruthy salir por su puerta mosquitera. Pero su casa permaneció a oscuras y en silencio durante mucho, mucho tiempo.
Cuando cumplí seis, en esos días posteriores a que mamá desapareciera de la faz de la tierra, terminé con una desconocida que aseguraba ser mi tía segunda. Me pidió que la llamara Dorotea, aunque decían por ahí que ese no era su nombre de verdad. Vestía batas que se arrastraban por el suelo y su cabello apestaba a incienso de palo santo. Su santuario, al igual que ella, era extravagante a mas no poder: tejado a dos aguas, cortinas siempre corridas y velas encendidas por doquier. A veces me preguntaba si, en uno de sus arranques repentinos en los que saltaba y giraba como un torbellino, Dorotea acabaría derribando una vela y prendiendo fuego a las paredes. Tal vez esa hubiera sido una imagen emocionante: ella, toda misterio y misticismo, danzando entre las llamas como una hechicera de algún ritual ancestral.
Con ella aprendí sobre los efectos del té de hierbas en el cuerpo y a escuchar más que a reaccionar. Entre semana, observaba cómo llegaban personas de todos lados para que les tirara las cartas y les adivinara el futuro. Los sábados, pasábamos las mañanas tendidas en el suelo, y ella interrumpía lo que fuera que viéramos en la televisión para afirmar, con toda seguridad, que Robert De Niro era el mejor actor de todo los tiempos. Y muy a pesar de que yo no conocía a nadie con ese nombre, jamás se me ocurrió contradecirla.
En su mundo, las reglas eran un concepto olvidado y nada era realmente malo. Podía desaparecer todo un día y luego contarle que había visitado la ciudad vecina; ella me habría aplaudido por mi valentía, sabiendo muy probablemente en su interior que era una tremenda mentirosa. Pero eso estaba bien, porque ambas lo éramos. Allí, en el santuario, podíamos ser eso y más: poner la radio a todo volumen e ignorar a los vecinos cuando golpeaban la puerta, bailar como desquiciadas al ritmo de Duran Duran y cantar hasta que nos fallaran los pulmones. Nada importaba, porque en su opinión, los momentos en la Tierra eran fugaces y ninguno, una vez pasado, volvería jamás.
Esa fue la magia que Dorotea compartió conmigo durante los meses que me tuvo a su cargo, antes de que las autoridades descubrieran que aquel no era un hogar seguro para una niña.
Fue así como llegué a una casa frente al mar, bajo el cuidado de una mujer llamada Margaret. Ella era joven, poseía una belleza feroz y distinta a todo lo que había visto. Llevaba el pelo negro recogido en un moño perfecto y sus ojos eran tan azules como los míos. Casi podría haberse creído que estábamos emparentadas, pero a diferencia de mí, ella era como la miel, el azúcar y las flores de lirio.
El primer día, me llevó de la mano a una habitación llena de luz donde un ejército de juguetes nuevos aguardaba sobre una cama con dosel de flores. Aquel no era solo un cuarto, sino la tumba de una niña que nunca llegó, preparada entonces para albergarme a mí. Por primera vez, tuve la sensación de que alguien, contra toda lógica, había aguardado mi llegada con ansias.
Allí, en la casa frente al mar, las mañanas olían a pan tostado con mantequilla, y por las noches, con el rubor de las olas abrazando la orilla, aquella mujer extraordinaria me leía cuentos hasta que mis párpados pesaban. Pero a diferencia de todas las demás, ella se quedaba a mi lado, acariciándome el pelo hasta que el sueño nos vencía a ambas. Cuando me llamó «mi niña» por primera vez, su voz no sonó a obligación ni a chiste, sino a una verdad profunda que se anidó en mi pecho y conectó con su corazón.
Amé a Margaret tanto o más de lo que había amado a mi buena Ruthy, con sus sonrisas y enseñanzas, o a la excéntrica Dorotea, con su música y su magia.
Hoy, mientras escribo estas líneas, no solo siento el amor legado por mi última madre, sino el eco de todos los amores que me han salvado. No fui hija de una, sino de todas: de la que me dio la vida y no supo quererme, de la que me cuidó sin esperar nada a cambio, de la que me enseñó la magia de lo efímero y de la que me recibió con los brazos abiertos.
No elegí a ninguna de ellas y, sin embargo, cada una me eligió a su manera. Me dieron pedazos de sí mismas —algunos imperfectos, rotos—, conservados como en jarras de cristal; recuerdos que se siembran con la misma paciencia con que crecen las flores en la adversidad. Con esos pedazos me construí, y eso se lo debo a cada una de ellas. A todas esas madres.

Déborah Pérez Rodríguez (Cienfuegos, 2001) profesora y escritora principiante cubana. Hija de una amante de la lectura, creció entre libros e historias de todo tipo, los cuales la impulsaron a incursionar en el mundo de la escritura creativa desde temprana edad. Fue su profesora de sexto quien la incentivó a participar en concursos de escritura infantil desde los once años, no siendo hasta los dieciséis cuando comenzó a considerar este pasatiempo como algo más serio. En el año 2019 participó en el concurso Mujer, vive tu vida sin violencia a nivel provincial, resultando en el puesto segundo con su historia Vino rojo y, posteriormente, durante la pandemia se le concedió una mención especial en la VIII Edición de la Revista Literaria Pluma. Aunque se destaca por sus relatos y cuentos cortos de temáticas diversas, Déborah también tiene dos novelas terminadas.
En la actualidad cursa quinto año en la carrera de Lenguas Extranjeras, y cuando no está estudiando, le gusta pasar su tiempo leyendo una buena novela, escuchando música de la década ochentera o escribiendo sus historias.
