Casi transparente, como la última lágrima

     Empieza a lloviznar. Y el grácil y continuo repiqueteo de las gotas llama su atención de un modo irresistible. Animada por el murmullo, ella avanza hacia donde está la ventana, pero antes de moverse más apoya las manos en sus caderas y espera a que el impulso enérgico de su afán la ayude para dar los últimos pasos. De pronto repara en algo evidente: ¡cuántas ocasiones antes habría escuchado ese soniquete menudo del agua, parecido al de las hojas secas cuando son pisadas, y nunca hasta ahora había llevado a cabo ese intento de ponerse a escuchar!

     De cualquier manera, esta vez esa lluvia la ha trasladado hacia el lejano redoble de tambores mansos y acompasados de cuando ella era joven. Ese redoble al principio sonaba sin molestar, pues era un sonido arrancado en plena madrugada, y a esa hora el brío y la firmeza todavía flaquean, pero se producía con la suficiente sonoridad como para convocar la reunión de todo el pueblo en la plaza, que iba acudiendo allí sin descanso desde cada una de las calles, como si la gente se deslizara formando verdaderos riachuelos hasta desembocar en esa plaza donde el jaleo quedaba finalmente estancado. Aquella era una época en que todavía la quedaba mucho por vivir, porque cuando una es joven no atiende a mirar hacia atrás sino únicamente hacia lo que tiene delante, hacia todo lo que queda por recorrer, y eso estimula el ánimo, y hace que los gestos sean libres y atrevidos, y que la sonrisa resulte fácil y ligera, y que una arriesgue siempre algo de más, porque todos los caminos dirigen la esperanza hacia esa tregua necesaria para continuar viviendo.

     La luz de la calle entra menguada a través de la ventana y reproduce deformes fantasmas en la pared, que forman ágiles filigranas en su recorrido, igual a la sombra reflejada por la llama de una vela, entusiasmada en su incansable danza. Durante un tiempo ella permanece observando las gotas de lluvia, se fija en su explosión diminuta, y mira con sorpresa cada reguero que, al unirse a otro, se hace más caudaloso y cae con mayor aceleración hacia el marco inferior de la ventana.

     Al son que va marcando esa lluvia fina, ella se pone otra vez a recordar y advierte que ya esperaba vestida desde la noche anterior, sentada en una silla a la vera de su cama. En cuanto oyó el primer tamborileo, se levantó de la silla, recorrió casi a la carrera el largo pasillo de la casa, abrió la puerta y quedó aguardando. Nadie conocía que se había mantenido en vela durante toda la noche. La emoción por el inicio de las fiestas la habían impedido cerrar los ojos para dormir. Como el padre, todavía amodorrado por el sueño, la gritó desde su habitación que ella podía adelantarse, que los esperara allá donde la plaza porque ellos acudirían más tarde, ella atravesó veloz la puerta de la casa y salió trotando por la vereda de su calle, se dejó arrastrar por el riachuelo de gente hasta llegar a la plaza, donde se reunía lo más espeso del barullo.

     A él lo vio cuando sonó la primera campanada de la iglesia. Entonces ella sí cerró los ojos, y aguantó así, acomodada en la esquina y en el duermevela de los ojos cerrados, hasta que comenzó la jarana del baile, mediada la tarde.

     Ahora, que se dispone a acariciar una vez más el cristal, va a mirarse con sorpresa los dedos de las manos y, como los ve tan temblorosos, tan enhuesados, teme que vayan a romper la fragilidad de la ventana. Muy despacio, va retirando los dedos hasta colocarlos en la delgadez de su cuello, donde paran a descansar.

     El compás de la música rememorada de aquella verbena parece que se dispone a acompañar a la débil lluvia, pues las dos van siguiendo el mismo paso en su trantrán alegre y, por un momento, ella se arranca con arriesgada entereza y avanza medio giro con una pierna casi levantada. Luego, cuando consigue mantener el equilibrio, alza un dedo y queda sonriendo con blandura. Respira y respira, abriendo mucho la boca.

     En aquella época, y precisamente en esa fiesta que ella rememora ahora, la primera fiesta en que ya tenía el permiso de sus padres para deambular sola por el pueblo, conoció a su marido, al que ya había visto con evidente claridad cuando empezó a sonar la primera campanada de la iglesia. Hace varios años ya que lo ha enterrado, piensa ella con pesar, y cabecea temblando porque se acuerda de que aquel entierro fue un acto en exceso solemne y especialmente duro para todos los que asistieron. Y confiesa que la vida se le ha ido escurriendo a una entre los dedos de las manos como si fuera arena fina.

     Ahora corren otros tiempos, se dice ella con los ojos acartonados por la brisa del recuerdo, que la araña con firmeza desde el interior de los párpados. Ahora, solamente la añoranza tiene el ansia de enfrentarse a ese miedo silencioso que proporciona el olvido de un pasado que no se quiere abandonar. Pero una mira ya inevitablemente más hacia atrás que hacia el frente, quizá se deba esto a que todo el largo camino recorrido se pierde en la lejanía de la distancia y se emborrona tras recovecos invisibles, y hay que rehacerlo a base de esbozar con la pintura que proporciona la memoria. Por delante solo se ve casi el límite, ya, del precipicio.

     Ella recupera la imagen de ese primer baile que le concedió a él. en ese momento afirmó con la sonrisa frágil e indefensa. Incluso llegó a asentir con la cabeza un poco antes de que él terminara de acercarse y la invitara a ir con él hasta el centro de la plaza. La efervescencia de los nervios desvió varias veces el adecuado compás de sus piernas y por eso llegó a pisarle en dos o tres ocasiones. Rieron, mientras bailaban, y se miraron casi fijamente a los ojos más de una vez.

     Ella sonríe ahora rememorando todo aquello. Cuando esa primera pieza de baile terminó, solo deseó que él no dirigiera su atención hacia ninguna de las otras mujeres que había por la plaza, muchas de ellas hermosísimas, y pidió que él volviera enseguida para solicitarla a ella, solo a ella, y la invitara para el siguiente baile, y también para el siguiente, y el siguiente. Así, el invencible deseo de ella se hizo tan robusto y poderoso que hechizó ese encuentro entre ellos dos y acabaron mirándose fijamente a los ojos sin descanso. Breve es la constancia sin una no se aplica en perseguirla y alimentarla, se dice ella en un rumor que suena como a duermevela de niebla liviana.  

     Ahora, debido a la presencia de ese recuerdo tan vivo, ella gime, pero solo por un instante, porque enseguida esboza el gesto de acariciarle la cara a él. Pero esa cara ya no está allí presente, ella lo sabe, y por eso recoge la estremecida mano, para que la templanza y el olor de ese recuerdo no escapen con el trasluz de su mirada.

     Ella, tras esforzarse mucho, encuentra en su memoria la algarabía de la gente que bailaba con tal ímpetu que impregnó de alarma el vuelo de los pájaros, que fueron a esconderse entre lo más frondoso de la montaña. Y es capaz de volver a sentir cómo el sol, valiente y especialmente atento, estuvo iluminando a lo largo del día con una claridad pasmosa. Y también vuelve a percibir que, aquel día, el aire era tan limpio que invitaba a respirar sin descanso, y a reír con ganas y que, en el cielo, pintado de un azul cremoso y brillante, no se veía nube alguna y todo aquello parecía un mar enorme donde se podía arrojar libremente y sin miedo la imaginación.

     Al abrir los ojos, y al dirigir su mirada hacia adelante, ella se fija ahora en la imagen que ofrece la ventana de enfrente. Una mujer, aparentemente joven, pues el agua de la lluvia deforma y emborrona esa imagen, sostiene a un niño tan pequeño que cabe en el hueco de sus manos. Puede que esté cantándole una nana luminosa, como hizo ella con sus dos hijos cuando fue acunándolos también entre la delicadeza de sus brazos. Una nana que atrapa y reconforta como el invencible canto de una sirena. Frondosidad de un cariño de aguamarina y algodón.

     Ella se dispone a cerrar los ojos con la levedad de un esfuerzo inacabado por mantenerse firme. Despacio, pero muy resuelta, se dirige hacia el salón. Allí revisa la galería de fotos que abarrota casi por completo las estanterías de los muebles. Están las fotos de sus hijos, de su difunto marido, de ella misma, de su familia por entero en situaciones diversas. Ella va acariciando con la mirada cada una de esas fotografías. Luego, impulsada por un eléctrico arrebato, se decide y agarra el teléfono. Piensa a quién debe llamar primero. Pero sin sopesarlo mucho marca uno de esos pocos números que todavía sabe decir de memoria. Espera.

     —Soy yo… —dice en cuanto escucha un rumor al otro lado—. ¿Cómo estáis todos, hija…?

     Y mantiene una conversación alegre que la reconforta. Después de colgar, ella marca otro de los pocos números telefónicos que aún sabe decir de memoria. Espera, tal y como hiciera antes, hasta que escucha un rumor al otro lado.

     —¿Eres tú, hijo…?

     Lo que queda de aquella tarde ella la pasa enredada entre sus menudas labores de engendrar un hechizo tras otro, para que sus recuerdos se mantengan diáfanos y visibles.

     A la hora habitual de todos los días va a acostarse. Ya tiene doblado el embozo de la sábana y de la colcha.

     Desde hace varios años ella viene levantándose cada noche para ir al servicio, casi a la misma hora cada vez. La edad tiene estos inconvenientes de ofrecer inoportunos servilismos que terminan en costumbre. Cuando sale del baño, oye un extraño run-run que suena muy cerca. Parece un ronquido en exceso agitado. Con esmero, busca el origen de ese sonido, pero lo hace dejándose guiar solo por el rumor de lo que le va llegando, pues el trasluz que entra por la ventana, con la persiana a medio bajar, no permite ver las cosas con la claridad adecuada. Se sorprende al descubrir que su hijo duerme en uno de los sillones del salón. ¿No había hablado con él esa misma tarde? ¿Entonces qué hacía él, allí, en plena noche? ¿Por qué había ido sin avisarla antes? ¿Habría peleado con su mujer y por eso había salido huyendo de su casa a esas horas? Vaya una fatalidad si es esto lo que ha pasado realmente, se dice ella en un suave murmullo.

     De inmediato decide regresar a su cama, pues queda mucha noche por delante, pero antes se acerca hasta donde está su hijo. Procurando amortiguar sus pasos para no despertarlo, va a darle un blando y suave beso en la frente. Pero ella no sabe que le queda otra sorpresa más por descubrir. Al dirigirse hacia la puerta del salón, para salir, ve que su hija también duerme acurrucada en otro de los sillones. ¿Qué está ocurriendo con sus dos hijos, por qué han ido los dos a visitarla en plena noche y sin avisarla previamente, tal como vienen haciendo a lo largo de los últimos tiempos?

     Ella deja la resolución de ese misterio para la mañana siguiente. Cuando se encamina hacia su dormitorio, ahuecando todavía el paso para resultar invisible, oye que llaman a la puerta de la casa. Entonces, avanza todo lo rápido que puede hacia la puerta y comprueba que su hijo ya ha acudido allí para abrir. Ve cómo entra uno de sus nietos. Ella, resuelta y animada, avanza hacia ellos dos, para saludarlos y darles la bienvenida, pero tanto su hijo como su nieto recién llegado se giran muy despacio y pasan de largo a su lado sin reparar en su presencia. De inmediato vuelven a llamar al timbre de la puerta. Y esto ocurre varias veces más.

     Al cabo del rato, cuando desde la calle empieza a llegar una espesa claridad entre amarilla y rancia, todos van a reunirse a la habitación de ella. Ella los sigue, arropada en su silencio. Se ve yaciendo encima de la cama. Alguien se ha ocupado en entrelazarle las manos sobre el vientre. Tiene los ojos cerrados. Alarmada, pronuncia en voz alta el nombre de sus dos hijos, pero nadie parece haberla escuchado. Los llama por segunda vez, pero tampoco nadie reacciona en esta ocasión. Al oír el primer llanto, ella dirige la mirada hacia sus manos y ve que son casi transparentes, tanto como la última lágrima que observa en los ojos de su hija antes de apretar con fuerza los ojos, antes de que todo quede difuminado entre la más absoluta oscuridad y el más espeso de los silencios.

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