Cuando fui galleta

Conocí a Efraín cuando trabajaba como representante de los Laboratorios Improve your health, por sus siglas, IYH. Conseguí ese empleo por una oportunidad. Fue el segundo trabajo desde que me divorcié del papá de mis hijos, que para entonces tenían ocho y tres años.

Con mi primer marido no pasó gran cosa, mejor dicho, cumplió su función de ser refugio y hogar. Pero lo que nos unió, se deshizo. Empezamos a comportábamos como hermanos. Y para mí, que tengo una energía sexual intensa, esa no era vida. Ya no pasábamos a la acción y no se me antojaba pedir el favor a algún varón, porque siempre he sido selectiva y más cuando se trata de pitos. Por eso decidimos divorciarnos y quedamos en buenos términos. Él me pasaba pensión para pagar la escuela de nuestros hijos, pero no para pagar todos los otros gastos que hay en una casa con dos menores. Por eso entré a trabajar de secretaria-recepcionista en una torre de consultorios de especialidad. Como soy güera, mis compañeras, excepto una, Lilia, me hacían bullying. Pero como no me dejo de nadie, les marqué los límites, fuerte y claro. El resultado fue mi despido, porque la de recursos humanos, era cuatita de las buleadoras.

A ese empleo, siguió otro. Lilia me dijo que estaban solicitando una representante de laboratorios y que tendría que visitar doctores para promover los productos de la empresa. Me contrataron de volada. Empecé a realizar mi trabajo con eficiencia y el resultado fue que, en lo económico, empezó a irme muy bien.

Ya pasaron veinte años, pero lo recuerdo como si hubiera sido ayer. Llegué una mañana al consultorio del Dr. Efraín Almaráz, y como que hubo química desde que cruzamos la primera mirada. Me invitó a tomar un café y ahí nos conocimos mejor. No era el primer doctor que me tiraba la onda, pero sí el primero que me atraía como para aceptarle el café. Quedamos de ir a cenar el sábado siguiente. Así empezó nuestra relación: fuerte e intensa en la que sacábamos chispas en la cama.

—Me vuelve loco tu aroma. Hueles a galleta —confesó extasiado, hundiendo su nariz en mi cuello, entre los varios rounds que nos echamos en la primera sesión.

Nada que ver con el papá de mis hijos —yo me congratulaba por dentro. Al mes, quiso conocerlos. Jugó con ellos como si fuera el tío favorito. Me sentí feliz de que le gustaran los niños y que mis hijos lo aceptaran de buen grado como mi novio. Más tarde, cuando se fue a atender una urgencia, pude prepararles la merienda a los niños.

—Mamá, ¿el doctor que vino hace rato a la casa es tu novio? —me preguntó mi hijo mayor.

—Sí, mijo. Él es mi novio —le contesté con una mirada cómplice.

—¿Yyyyyyyyyyyyyy, va a ser nuestro papá? —inquirió con cautela.

—No, mijo. Ustedes tienen a su papá. El doctor, que se llama Efraín, va a ser mi novio, mi pareja. Pero a veces jugará con ustedes como si fuera de la familia.

—Ah, o.k.

—Así es, mijo. Ahora acábense su quesadilla para que se vayan a dormir, que mañana ustedes tienen escuela y yo, trabajo —les dije, guiñándoles un ojo.

A partir de entonces, Efraín me empezó a decir Galleta. Nos visitaba con frecuencia en el departamento donde vivía con mis hijos, hasta que un día me invitó a que nos mudáramos a su casa, situada entre el club de golf y su clínica.

—¿De veras, Efra? Yo vengo en bloque con dos menores. ¿Te vas a aventar el paquete?

—Con gusto. Me caen bien tus hijos.

Su casa era hermosa, amplia e iluminada, con un jardín enorme donde mis hijos podían corretear y jugar a la pelota para chutar a gol. Vivimos ocho años en casa de Efraín. Yo seguía trabajando y empecé a ahorrar porque Efraín había dejado en claro que él quería ser el proveedor y lo pagaba todo. Me dejé querer. En las noches, cocinábamos juntos la cena para compartir en familia.

En varias ocasiones, les pedí a cada uno de mis dos hermanos, que cuidaran a mis hijos por dos semanas, en las vacaciones de verano, cuando Efraín me invitaba a viajar a Europa. Estábamos muy contentos. O eso pensé.

Hasta que una noche, Efraín llegó temprano a cenar.

—Quiero hablar contigo, Galleta —su tono fue grave.

¿Y ora qué le pasa a este wey? —pensé extrañada.

—Vamos a merendar y luego hablamos en la terraza, ¿te parece? —propuse.

—Claro —acordó, mientras se ponía el delantal de cocina y empezaba a rebanar el pico de gallo para acompañar unos molletes.

Mandé a mis hijos a dormir, que para entonces tenían ya dieciséis y once años, diciéndoles que íbamos a conversar.

—Porfa, les pido que no hagan desmadre, porque Efra y yo vamos a hablar.

—Sí, ma, no te preocupes —contestó mi hijo mayor —yo me encargo.

Salimos a la terraza. Efraín había servido dos caballitos de tequila.

—Galleta, tengo que decirte algo.

—Pues ya dime, Efra. Me tienes en ascuas desde hace rato, preguntándome qué quieres decirme.

—Te fallé, Galleta —tembló su voz antes de empezar a llorar.

—¿Qué? ¿Cómo que me fallaste? Habla con claridad. Dime qué pasa, Efraín.

Se me hizo un nudo en la panza, duro como si me hubiera tragado el balón de fut de mis hijos. Tragué gordo y esperé a que siguiera hablando. Pero en mi interior se sucedían las preguntas.

¿Y yo qué te hice, puto? ¿En qué te fallé, cabrón? ¿No que estábamos felices? ¡Si apenas acabamos de regresar de París!

—Sí, Galleta. Fíjate que un día mi secretaria, Usnavy, llegó a trabajar llorando. La abracé para consolarla y una cosa llevó a otra.

—¿Te acostaste con ella?

—Sí, en algunas ocasiones. El problema es que está embarazada. Y me ha pedido que nos casemos, para que le responda como el hombre que soy.

Me quedé estupefacta. Una bruma helada me llevó a responder con cabeza fría.

—Te vas a casar con ella. Querías hablar conmigo para decirme que lo nuestro terminó, pero ¿te das cuenta de que me engañaste, pinche puto? ¡Me viste la cara de pendeja! —se me salió el coraje y la impotencia.

—No te exaltes, Galleta, te van a escuchar los muchachos —me previno.

—Que me escuche el mundo, maldito infiel, cabrón de mierda. Te fuiste a enredar con una naca de la Lagunilla, y se nota a leguas que te echó el anzuelo, que, por pendejo, mordiste. Pues ahí te ves, ¡llégale, puto!, que en el pecado llevas la penitencia.

Nos separamos. Me fui con mis hijos a vivir en una casita bastante mona, pero que pudiera pagar con mi sueldo. Han pasado diez años desde entonces. He vivido tranquila, sigo soltera, pero no sola. Aunque la cercanía con mis hijos es cálida en mi corazón, ellos ya volaron del nido hace algunos años. Hace un mes, Efraín me llamó por teléfono.

—Galleta, te invito a cenar.

—¿Y eso, Efraín? ¿Problemas en el Paraíso? —se me escapó la pregunta incontenible.

—¿Quedamos para mañana? ¿Dónde vives? Paso por ti —inmune a la infiltración verbal de mi veneno, insistió en forma educada.

Le di la dirección y pasó por mí al día siguiente para ir a cenar a uno de los restaurantes más bonitos de Tepoztlán. En el camino me enteré de que tuvo otro hijo más.

Como si uno no bastara —cavilé en la cuasi infinita estupidez humana, que contrastaba con el lujo de su camioneta.

—Es que no soy feliz, Galleta. Te extraño mucho. Contigo sí podía platicar, de mis pacientes en la consulta o de cultura. Con Usnavy, no. De hecho, en las cenas de las convenciones médicas, cuando todos llevan a sus esposas, prefiero ir solo, no vaya a salir con algún comentario fuera de lugar.

—Pues tú te lo buscaste, Efraín. Mi pregunta es, si te sientes solo, ¿por qué no te divorcias?

—Por mis hijos, que están chicos todavía y siento que me necesitan.

Ni cómo ayudarte. ¡Eso es todo! La versión masculina de Victoria Ruffo. A llorar se ha dicho, caballero —discurrí mientras él seguía hablando.

—Pero, Galleta, te quiero pedir que regreses conmigo. Eres la mujer de mi vida. No he dejado de amarte. Nomás de pensar en ti, mi compañero se pone firme.

—Pues no sentiste eso cuando me engañaste.

Efraín puso cara de arrepentimiento y se tragó su orgullo.

De esa fecha en adelante, ha seguido buscándome. Una amiga, me sugirió que probara, nomás para saber si sigo prendiéndome con él. Lo hice, pero el encuentro fue lastimoso.

—No sé por qué me pasa esto —se disculpó al ver la inconsistencia de su pene flácido.

—No te preocupes —respondí segura, pero en mi interior, frustrada en mi intento de recuperar esa sexualidad tan prendida que nos había unido hacía años.

—Galleta, eres mi amor, regresa conmigo. Contigo, mi compañero va a recuperar la firmeza y te prometo restablecer con creces en todos los sentidos, estos años de alejamiento.

Regresé a mi casa pensando en las promesas de amor y devoción arrepentida, aunque no tanto.

¡Huevos que regreso contigo, pendejo!

Esta galleta se moja en otra leche.

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