La noche del catador

A Leandro le gusta pintar durante los días lluviosos, le gusta también la música. Y le gustan los varones. ¿En serio le gustan? Esa pregunta lo acompaña todos los días. Mañana, tarde y noche lo persigue. En algún momento, siempre aparece y planta en su rostro una expresión pensativa que a veces dura minutos y otras horas.

La misma expresión que le devuelve el espejo cuando Leandro observa su reflejo, tras echarse agua en el lavamanos. Puede oír el golpeteo incesante de la lluvia en el suelo del patio. Y la ventana entreabierta del baño permite la entrada del aroma a humedad que tanto él disfruta. De todas maneras, nada funciona. Vuelve a abrir la pila del lavamanos, coloca las manos bajo el chorro y acumula el agua con la que vuelve a mojarse la cara, la nuca, el cuello. Necesita apagar este calor.

Sabe lo que hay del otro lado de la puerta del baño. Lo esperan el pasillo y al frente, su habitación. Y Frank en la cama, dormido, sin camisa. Fue a estudiar a su casa, pero esta lluvia que no para lo atrapó, le impidió un escape y prolongó su estancia más allá del tiempo requerido para aprenderse las fórmulas matemáticas y las interpretaciones de los poemas épicos de Homero.

—Tranquila, mi amiga —dijo la mamá de Leandro cuando levantó el teléfono y descubrió la voz preocupada de la madre de Frank—. Luis hoy anda en cierre y les dieron una merienda en su trabajo. Aquí nos sobra comida. Y si la lluvia no afloja, tu niño puede quedarse a dormir con nosotros. Mañana yo los llevo a los dos a la escuela.

Leandro y Frank estaban en la mesa del comedor en aquel momento y oyeron toda la charla. A Frank no pareció molestarle la noción de quedarse a dormir en casa ajena. Lo había hecho otras veces con varios de sus amigos de la escuela. Pero nunca con Leandro. Leandro fingió desinterés en la idea, actuó como si le diera lo mismo. Pero, en el fondo, se alegró, celebró esa lluvia recalcitrante a la que ahora maldice mientras observa las gotas de agua descender a lo largo de su expresión pensativa. Maldita esa lluvia que ahora clavaba más hondo que nunca la dichosa interrogante entre sus sienes.

¿Eres o no eres maricón? Sí, maricón. Algo en su interior le pide referirse de tal modo a su posible preferencia. Necesita usar esa palabra, la ofensiva y brutal, necesita flagelar su autoestima, herirla de antemano y así, prepararla para cuando otros intenten hacerlo. Porque si es maricón, sabe que se lo dirán, que se reirán de él, que lo mirarán con mala cara, pero ya él mismo se habrá encargado de inmunizarse ante toda ofensa. Él será un maricón orgulloso de serlo. Eso se repite a veces, en sus mejores días, mientras recita todas las variantes que puedan ocurrírsele de la versión ofensiva de sus preferencias. Necesita blandirlas: maricón, pájara, bugarrón, mariquita, culo roto. Todas. Las calles están inundadas de ellas y él las escucha al ir y venir de la escuela, en la escuela, entre sus amigos. Las escucha y siente que lo pinchan igual a espinas en su camino que le impiden avanzar seguro. En ocasiones hasta las oye en la casa, de boca de Luis, su padre. ¿Qué dirá su padre? Él, tan varón, macho, masculino, que intentó contagiar a Leandro su amor desmesurado hacia el deporte, algo que el niño no comparte.

Da la espalda al espejo del baño y sale al pasillo. Respira hondo antes de entrar a su habitación. La lamparita de la mesita de noche, arroja una débil luz sobre Frank, acostado boca abajo en la cama, en su cama. La sábana lo tapa hasta la cintura y deja al descubierto su espalda. Leandro traga en seco y se descubre durante varios segundos incapaz de jalar aire. La espalda de Frank, así, desnuda, la piel lisa, sus brazos envolviendo la almohada en la que apoya su cabeza. Sus ojos atrapan cada detalle y lo disparan hacia la mente de Leandro, que se encarga de armar imágenes como las que él ha visto en algunas revistas que sus amigos llevan a la escuela, revistas donde hay hombres y mujeres, revistas que Leandro observa junto a los otros y dice, igual a los demás, que si esa jeva es la mía, que si aquella está mejor o tiene más tetas, pero Leandro realmente se fija en los hombres de las revistas, escoge el que más le gusta y se lo lleva consigo en su mente hasta la casa, hasta el baño, hasta la ducha y hasta la entrepierna. Ahí necesita llevarse a Frank, incorporarlo a la revista, que lo abrace y lo toque como esos tipos musculosos tocan a esas mujeres, que lo bese y lo abrace suave.

Leandro se acerca a la cama donde Frank duerme.

A veces se siente sucio por pensar cosas así. Y ya no sabe si odia sentirse sucio, o si se siente sucio por considerar sucios esos pensamientos. ¿Cómo sentirse tan bien puede ser algo tan malo? ¿Por qué sus amigos ponen cara de asco cuando ven a un maricón pasar? ¿Por qué es bueno ver revistas con hombres y mujeres desnudos, haciendo esas cosas, a veces hasta mujeres con mujeres, y es malo ver revistas con hombres nada más?

¿Qué tiene de malo lo que quiere hacer Leandro ahora mismo, mientras toma asiento en la cama, junto a Frank, que sigue dormido? Lo observa y le gusta lo que ve, la expresión pacífica, los cabellos desordenados por el sueño y caídos sobre su frente. La boca entreabierta, que, silenciosa, lo llama, le pide que pierda el miedo y se atreva.

Leandro extiende la mano, sus dedos buscan la mejilla de Frank, dejar solo una caricia, sentir el calor de su piel sin miedo a represalias, sin que ello le cueste acarrear un estigma que no sabe si soportará. Pero, en el último momento, retrocede, se incorpora de la cama y regresa al baño. Vuelve a echarse agua en la cara, necesita refrescar, humedecer la piel ardiente, borrar el pánico que le impidió satisfacer sus deseos.

Al volver al cuarto, toma asiento en la silla, junto a la cama. Llueve afuera. A Leandro le gusta pintar, sobre todo cuando llueve. Coge un lápiz, abre su cuaderno de dibujos y empieza a dibujar lo que ve, lo que tiene delante.

Lo que desea.

Lo que, tal vez, si se atreve, algún día pueda tener.

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