Poco menos de dos meses ha durado el Mundial, la “fiesta” que se celebra cada cuatro años. Pero uno de estos días me pregunté: ¿qué hay de parecido entre el terremoto del 2017, la pandemia de COVID-19 y el Mundial? Quizá parezca una pregunta ingenua, pero basta rascar un poco para encontrar parecidos.
A lo largo de este mes, los reflectores han estado dirigidos al norte del continente americano y se han visibilizado problemáticas sociales que no solamente existen en los países sede. Estatuas de protesta, movilizaciones, rasgos de corrupción y, sobre todo, el poder económico.
La pandemia por el COVID y el terremoto del 2017 (o cualquiera que tengamos en mente) sacaron a la luz las desigualdades que vive el país. Mientras unos se protegían en casa con el lema “Quédate en casa”, otros salían a trabajar para poder seguir comiendo. Mientras unas personas dormían afuera de un hospital, otras descansaban en sus casas. Edificios caídos por mala planificación estructural o, bien, por ahorrarse un dinero. ¿Qué quiero decir con esto? Que los acontecimientos sociales (o de emergencia sanitaria) revelan las injusticias sociales y la realidad que se vive día a día.
Pero volvamos al Mundial. Para varias personas ha sido polémico tanto por el país sede principal como por las acciones que se han tomado en cuestión de marketing. Más publicidad, más selecciones, más poder adquisitivo. No solo eso; el favoritismo hacia selecciones donde ahora los poderes políticos pueden interferir en las sanciones de los partidos (así como en las decisiones de los países). Donde existe una señal para evidenciar conductas racistas, pero es lo mismo que no hacerla, ya que quien entregará la copa es un racista por excelencia. ¿Qué decimos de la diputada que arremetió contra Mbappé? ¿De la selección desplazada? ¿Y qué hay fuera de la cancha? El ICE, siendo señalado por quitarle la vida a migrantes; la represión contra estudiantes en Chile; el huachicol fiscal en México; la crisis humanitaria en Medio Oriente. Parece que el Mundial es una cortina de humo, pero va más allá de serlo; es un evento que nos revela países y, con un poco de curiosidad, su realidad social, al igual que cualquier otro acontecimiento de dimensiones internacionales, COVID-19, terremotos, guerras, etc.
El eslogan “El fútbol nos une” es cierto: la convivencia con amigos, el deporte, el ir a un bar a ver los partidos, el grito de “¡gol!” e incluso la tristeza de ver a tu selección perder. Pero, por otro lado, podemos decir: “La FIFA nos separa y clasifica”. Quienes pagan entradas y quienes lo vemos de lejos. Quienes tienen favores de esa institución, quienes son los relegados, quienes pagan las plataformas o quienes buscan otros medios para ver el partido. E incluso entre jugadores: quiénes se despiden como héroes y con quiénes se mercantiliza, o como lo expresó Vozinha: “Espero encontrar un equipo que realmente me quiera por lo que puedo aportar como futbolista, no como una figura de marketing”.
Si la FIFA nos separa y clasifica, como cualquier otro órgano de poder, estas clasificaciones no se quedan solo en la cancha (ranking de selecciones, goleadores, asistentes, etc.); dialogan con las desigualdades que se manifestaron en las protestas alrededor del Mundial, con la historia de cada país y cada persona.
El Mundial no es solamente para los “FIFAS”; es una oportunidad, una ventana para ver el mundo, para escuchar otras voces, para no olvidarnos de que somos seres cosmopolitas y que enfrentamos tiempos difíciles, donde la resistencia y las protestas son los medios que tenemos para sobrevivir a la clasificación y separación.
Solamente una última pregunta:
¿El fútbol nos une porque todos participamos de él o porque todos consumimos de él?
Martin David Cortés Anzures, Licenciado en Filosofía por el Instituto Sapientia y Maestro en Educación por la Universidad Central Hispana. Docente en UNILA Campus Cuautla y en Colegio LA PAZ. Sus temas de interés son: racismo, género, desigualdades. Critico del capitalismo imperial de Estados Unidos.
