La sombra del fraile

Corría el año de 1593 en la Ciudad de Tlaxcala. El fraile Domingo de León, de la orden franciscana, trabajaba con empeño en la evangelización de los indígenas de la región. Aunque provenía de una familia acaudalada y de buena posición social, decidió atender el llamado del Señor y dedicar su vida a Cristo. Se sentía cómodo en Tlaxcala, aprendía mucho de los nativos, desde sus costumbres, sus técnicas en agricultura, medicina, rituales, etc. y, a cambio, buscaba encaminarlos en la senda de Dios.

Mantenía constante correspondencia con su hermano, Don Jerónimo de León, quien había decidido heredar los negocios e intereses familiares. Este último se casó con Prudencia Salazar, una mujer de su misma clase social, de quien se enamoró tras un verano en Venecia. El nuevo matrimonio deseaba un lugar pacífico y apartado del agitado estilo de vida de la península española, donde echar raíces y formar una familia. Recordando las cartas de su hermano, Jerónimo pensó que Tlaxcala, en la Nueva España, sería un buen sitio para criar a sus hijos. Así, emprendieron el viaje y se instalaron en la zona que hoy se conoce como San Buenaventura Atempan, donde fundaron una hacienda para expandir los negocios familiares y comenzar su nueva vida.

El tiempo pasaba y, como era natural, Jerónimo y Prudencia, decidieron que era tiempo de que su familia creciera. Tras dos intentos fallidos de tener descendencia —un aborto involuntario y un neonato fallecido— el matrimonio logró tener una hija, aunque a un alto costo; el cuerpo de Prudencia sucumbió durante la cesárea que permitió traer al mundo a la querida Mariana de León. Su padre la protegía y mimaba en todos sus caprichos. Temiendo que algún día su hija quedara desamparada, Jerónimo otorgó el padrinazgo a la única persona en quien confiaba: su hermano Domingo, a quien hizo jurar que cuidaría de Mariana ante todo y contra todo si él faltaba. Domingo aceptó con gusto, movido por el cariño hacia su hermano y, por ende, a su sobrina.

Mariana creció rodeada de cuidados. Jerónimo se aseguraba de que nada le faltara: recibía clases de institutrices de renombre y siempre estaba acompañada. Aun así, era una joven sencilla y de corazón noble. Muchos hombres en la Nueva España buscaban a Don Jerónimo con la esperanza de obtener la mano de Mariana en sagrado matrimonio, pero ninguno le parecía digno de su hija.

Un día llegó una carta, Jerónimo debía viajar a España para atender un asunto urgente. Mariana suplicó acompañarlo, pues no conocía nada más allá de Tlaxcala. Fue quizá la única vez que Jerónimo le negó algo, temiendo exponerla a un riesgo innecesario, nadie pensaría, que tendría razón. Una tormenta azotó al San José, el barco en el que viajaba, y Jerónimo pereció. La noticia llegó semanas después a través de los pocos sobrevivientes. Mariana quedó devastada y Domingo no solo hizo a su justicia a la promesa hecha a su hermano. Sin dejar de lado sus votos franciscanos, tomó el control de la hacienda y los negocios hasta que la pequeña alcanzara la mayoría de edad y pudiera valerse por su misma.

Con el tiempo, Mariana llegó a la edad en la que debía buscar marido. Las propuestas continuaban, y Domingo, más imparcial que su hermano, evaluaba quién podría ser un buen candidato, alguien que no estuviera interesado en su posición social y económica, que la cuidara y cuyo amor solo pudiera compararse con la devoción que Jerónimo le tuvo en vida. Entonces apareció la serpiente, Don Lorenzo de Villalba. Decía provenir de Andalucía y haberse instalado en Cuernavaca para iniciar un ingenio azucarero. Se presentó en el Convento de Nuestra Señora de la Asunción para entrevistarse con el fraile Domingo de León. Desde el momento en que estrecho su mano, el franciscano tuvo un mal presentimiento. Lorenzo expuso una ascendencia acaudalada y con una posición importante para la corona y dejó claras sus intenciones de desposar a Mariana. El fraile agradeció su interés y prometió analizar la propuesta, pero Lorenzo insistió con una arrogancia cada vez más intensa, asegurando que ningún hombre en la Nueva España podía compararse con él y que Mariana no estaría mejor con nadie más. Domingo, comprendiendo que el hombre no se detendría hasta obtener una respuesta positiva, le ordenó retirarse y no volver jamás.

Lorenzo, sin embargo, no iba a rendirse tan fácil, ya que su búsqueda no era el amor, lo único que quería eran los bienes de Mariana. Desterrado de su familia, veía en ella la oportunidad de hacerse de un nombre en la Nueva España. Con el ego herido por la ofensa del fraile y decidido a hacerse de una fortuna, comenzó a cortejar secretamente a la señorita cada domingo a la salida de misa. Mariana, sin experiencia en tratar sola con hombres, sucumbió fácilmente a sus palabras. Semanas después aceptó su propuesta de matrimonio. Ambos acudieron de noche a la hacienda para dar la noticia a Domingo, pero el fraile se opuso tajantemente y prohibió a Mariana volver a verlo. Para evitar cualquier contacto, decidió resguardarla en el convento.

Mariana lloraba cada noche, hasta que Lorenzo apareció de nuevo. Le propuso escapar juntos y prometió regresar la siguiente noche, pero había subestimado a Domingo. El religioso mantenía vigilada a la joven, por lo que no tardo en enterarse de sus planes. Antes de solicitar a los soldados de la corona que lo encarcelaran, decidió interceptar a Lorenzo en el Puente de San Sebastián para advertirle que no se volviera a aparecer. Comenzaron una discusión que poco a poco enfureció a Lorenzo, quién comenzó un enfrentamiento físico contra el clérigo, quien inútilmente trato de defenderse hasta que Lorenzo, fúrico, hundió una daga en la mejilla del fraile quien, aún consiente, cayó de rodillas. Sorprendido por la gravedad de su acto, y sin poder creer lo que acaba de pasar, tomó a domingo del hábito y lo arrojó al río.

Un año pasó desde la desaparición de Domingo. Mariana salió del convento, retomó la hacienda y trató de seguir adelante. Un día, Lorenzo reapareció con un relato de asaltos y huidas, Mariana volvió a caer en sus encantos. Le propuso dejar todo y viajar juntos a Europa. Ella aceptó. La noche siguiente, Lorenzo debía cruzar el mismo puente donde había ocurrido la tragedia el año anterior. Una corriente helada recorrió su espalda y una voz lo detuvo; al volverse, vio una figura cadavérica, un hombre con harapos que recordaban la vestimenta de un fraile, cuencas oscuras que transmitían una mirada pesada y un cuchillo incrustado en la mejilla.

La noticia estremeció a la ciudad de Tlaxcala. Rumores y teorías circulaban sin explicación lógica. Aquella mañana, en el Puente de San Sebastián, aparecieron dos cuerpos, uno putrefacto, vestido con hábitos franciscanos y con una herida en la mejilla; a su lado, con el mismo corte y el rostro congelado en horror, yacía Don Lorenzo de Villalba.

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