Alonso miró el reloj en su muñeca, con esa inquietud en sus ojos, aquella que lo invadió ante el primer suceso. Ella lo hizo, pensó. Fijó su mirada en la caja de cartón que decía a un costado: Manuscritos impresos. Los que fueron un éxito comercial. La tomó para resguardarla en el auto, pero algo le impidió levantarla. Intentó de nuevo, pero el contenedor no se movió. Era como si estuviera pegada al viejo piso de madera. Aunque Alonso no desistió, pudo sentir una sensación incomprensible, como si la fuerza ejercida sobre el cartón no viniera de él. La presión que sentía no venía de sus brazos, sino de su pecho. Una opresión lenta, que aumentaba segundo a segundo. El sudor impregnó su frente. Sintió las gotas correr por su piel, cayendo una por una sobre la tapa de la caja. Lo hizo una última vez, y el objeto por fin se levantó; el cartón se despedazó y las hojas volaron por el aire. El ruido resonó en el eco de la desnuda habitación, mientras un susurro ininteligible se escuchó de entre las paredes. “No te vayas”.
Faltaban 48 horas para la llegada del camión. La mudanza era un hecho. Alonso Arriaga se había convertido en un exitoso escritor tras su última novela: “Susurros En La Habitación”. Compró una nueva casa en la zona central de Mérida, cuya vista daba a todo el centro histórico de la ciudad. Él había vivido en casa de sus padres desde su infancia, y tras el fallecimiento de ambos, quería cambiar de entorno, uno que no le recordara la tragedia de ver a sus padres moribundos. El olor de la ropa, las sábanas, el jardín… todo le recordaba a ellos, atormentándolo.
Una reja plateada cubría todo el jardín principal hasta la terraza trasera. La casa era amplia, de dos pisos. El jardín estaba decorado con un flamboyán que daba sombra a todo el patio. Dentro, Alonso ya había desnudado cada pared de la sala y el comedor. Las enormes cajas yacían una encima de la otra, en todo el entorno del vestíbulo. Los sillones ya estaban cubiertos con su respectiva bolsa selladora, con unos pliegues que parecían ser papel burbuja para evitar que se dañaran. Alonso iba y venía. Los minutos pasaban, y antes de que las primeras 24 horas acabaran, con la llegada de la noche, solo faltaba una habitación por recoger: la de sus padres.
Se dirigió sobre el corredor que conducía a la habitación. Tomó una bolsa negra, y antes de tocar el picaporte de la puerta, se detuvo. Sintió esa opresión, como si algo no quisiera que cruzara por el umbral. Volteó, miró hacia la oscuridad del pasillo, aquella que se concentraba tras la iluminación de la sala. Se fijó en la perilla y la giró.
Empujó, pero la puerta no pudo moverse. La madera rechinó como un extraño y aterrador gemido que le negó el acceso. El hombre empujó con todas sus fuerzas y cuando las bisagras cedieron, la puerta quedó abierta. Y en un instante, esta se cerró con brusquedad, golpeando a Alonso que fue a parar justo en el suelo del pasillo. La sangre brotó de su nariz, y el dolor, igual a una punzada lo invadió por completo. Miró la puerta… el pasillo. No sabía si era su imaginación. Las paredes y la puerta tenían un extraño movimiento, como si tuvieran vida.
Se llevó la mano al rostro. Se palpó la cara y gimió por el dolor del golpe. Tomó las bolsas que se le habían caído y se levantó, lento, sin perder de vista el pasillo. La sangre había manchado el piso. Entonces se dio cuenta. El espacio se había reducido. Tanto que notó como se hacía cada vez más angosto el pasillo. La impotencia se apoderó de él. Las paredes querían atraparlo.
Corrió con dirección a la sala. Pero al bajar el escalón, este hizo un movimiento como si estuviera a una gran altura, provocando que el hombre cayera y lastimara su tobillo. Los gritos se perdieron en el ruido que causaba la madera del piso y el papel tapiz arrugándose, como si disfrutaran del momento. Alonso se arrastró por la sala, entonces algo llamó su atención. Las cajas no estaban y los sillones estaban de vuelta en su lugar, descubiertos de la envoltura con las que él los había revestido.
Fue como una revelación. Una sádica revelación. Alonso optó por soltar las bolsas. El sonido, y los movimientos de las paredes cedieron. Qué mierda, pensó. No es real, no es real, se dijo. Miró en dirección al escalón, luego a la sala. Esto es un sueño, se volvió a repetir. Vio como las paredes recuperaban sus cuadros, los muebles empacados con sus protectores comenzaban a moverse, dirigiéndose a sus respectivos lugares. El eco invadió, las risas, las voces… él sabía de quienes eran. La risa de su padre, la voz tierna de mamá. Todos los recuerdos volvieron, como si estuvieran vivos dentro de cada rincón de la casa.
Adolorido, se apoyó en el barandal de la sala para ponerse de pie. Estaba sucediendo, de una extraña manera, pero lo que sucedía era real. Optó por sentarse en el sillón. El silencio invadió toda la casa, como si se esparciera por el vecindario. La calle estaba tranquila, bajo un silencio sepulcral que erizaba la piel. Alonso intentó buscar su celular, que extrañamente no recordaba donde lo había dejado. Suspiró. Las lágrimas lo invadieron al ver el retrato posado en la pequeña mesa del centro de la sala. Eran sus padres, mirándolo fijamente. Se recostó, el dolor y el cansancio del día ya cobraban factura. Las voces regresaron. Se materializaban. Vio a su papá sentado en su sillón, ese que usaba para mirar la televisión. El olor a la comida de su madre se impregnó, haciendo que su estómago se retorciera. Tenía hambre. Las voces se intensificaron, como si ellos estuvieran ahí.
Se dejó atrapar por el momento, cada recuerdo lo estimulaba y le devolvía algo que había perdido. En poco tiempo, toda la casa estaba como antes. Alonso se levantó, despacio por el dolor que lo afligía. Observó a su padre mirando la televisión, con aquellos gestos y gritos de felicidad porque los Leones eran campeones de la Liga Mexicana de Béisbol. Caminó lento, paseándose por toda la casa. El comedor, recordándole esa Navidad. Siguió su camino, pasó por la ventana que daba a la terraza, observó la piscina, donde su madre le enseñó a nadar. Las lágrimas siguieron su curso. Pronto llegó a esa habitación. Entró sin dificultades, como si ella no tuviera problema de que él accediera. Tal vez había olvidado lo que Alonso intentaba hacer unas horas atrás. El olor a polvo y a humedad invadieron su olfato. Ese olor que lo perturbaba, ese olor a enfermedad. Se fijó en ese recuerdo, cuando su padre se fue. Percibió el hedor infestándolo todo. Luego vio a su madre, en su lecho de muerte.
Fue como experimentar una catarsis. Alonso vio algo más que solo dolor frente a ese recuerdo que lo perturbaba. Supo lo que significó: tenía que enfrentarlo. Tenía que enfrentarla; ella no iba a dejarlo ir, como si Alonso le perteneciera.
El hombre avanzó decidido, lento, pero seguro, hasta la sala. Tomó las llaves del auto y abrió la puerta principal. La noche era absoluta. No importaba nada. Tenía que salir de ese lugar fuera como fuere, aún si no llevaba nada consigo más que el trabajo de todo su éxito. Había recogido todos sus manuscritos en otra caja, la que guardo en el maletero de su auto. Abrió la reja del porche y entró en el vehículo. Colocó la llave y encendió el auto, y cuando quiso arrancar, notó que no avanzaba.
El auto estaba sujeto. Se escuchó el ruido de las llantas quemarse contra el asfalto. Aceleró, pero el vehículo no se movió. El humo impregnó el jardín. Apestaba a hule quemado. Entonces, Alonso sintió un jalón. Algo había atrapado su coche. Bajó de éste, y lo que vio, lo estremeció. Las raíces del flamboyán sujetaban las llantas traseras, y en poco tiempo, el auto comenzó a ser aplastado por la fuerza de lo que sea que lo estaba succionando. El Mercedes quedó hecho pedazos.
Al querer alcanzar la reja de la calle, Alonso hizo un movimiento rápido que casi perdió el equilibrio por el dolor de su tobillo. Pero ella no lo dejó. La reja lo golpeó, y una de las ramas del árbol lo tomó como si de una mano se tratara, enviándolo de nueva cuenta al interior de la casa.
El sonido del camión estacionándose resonó en la calle. Habían pasado las 48 horas, y los hombres de la mudanza habían llegado. Alonso les dijo que dejaría las puertas abiertas, que pasaran apenas llegaran. Y los hombres así lo hicieron. Abrieron la reja y llegaron a la puerta principal. Entre interrogantes buscaron al dueño, pero lo que encontraron en la sala los alertó. Parecía que alguien había entrado a robar, ya que los cuadros y muebles estaban destrozados, regados por todo el piso. Como si una batalla se hubiera llevado a cabo en esa casa. El papel tapiz estaba rasgado. Desde luego, los hombres llamaron al señor Alonso Arriaga, pero nadie contestó; le marcaron al celular, y éste los mandó al buzón de voz. Revisaron la casa para encontrarlo, pero no tuvieron suerte. Solo una habitación no pudieron abrir: la que perteneció a los padres del dueño. Así que optaron por retirarse y llamar a las autoridades.
Fue la policía quien encontró al escritor Alonso Arriaga. Él estaba en la habitación de sus padres… esparcido en todo el lugar.

Andrew Pérez Aké es un escritor mexicano, nacido en Calkiní, municipio del Estado de Campeche. Es licenciado en Lengua y Literatura y autor de los libros Hombre Lobo, publicada en 2022 y Aquí Habita el Miedo, publicada en octubre del 2024, bajo el seudónimo S. D. Pérez. Por su versatilidad narrativa, Andrew se desenvuelve en géneros literarios como el terror, misterio, suspenso y fantasía oscura.
