La inefable existencia de una ciudad en las montañas

De haber tenido una lista de lugares para visitar, estoy seguro que nunca hubiera apuntado el nombre de ese destino. No tenía ningún prejuicio por la ciudad de Toluca; ambos pudimos prescindir de nuestra inexistencia de manera armoniosa sin alterar algún orden natural. Pero como dirían los pensadores que escribieron los libros que leía: ¡Dónde demonios está escrito que la vida tiene que tener un sentido! Lo que deseas se aleja, y lo que evitas te habla detrás del oído.

Un compromiso que pude posponer para un futuro que nunca llegaría me hizo realizar el viaje. Bajé del avión y el frío me dio un fuerte apretón al cuerpo que ya no me soltaría. Caminaba hacia la salida del aeropuerto para tomar un taxi hacia el hotel. Como polillas alrededor de una luz débil, mis pensamientos revoloteaban en convertirme en una estadística de nota roja. Decidí refrescar mis ideas: ya en carretera me imaginaba comer una torta de chorizo verde y comprarme una playera de los Diablos Rojos del Toluca.

Después de recepcionar en el hotel, de nuevo un taxi me llevó al sitio donde me esperaba un guía que me tenían asignado. El lugar de encuentro era el Oxxo de una gasolinera, misma que se encontraba en un cruce de calles, una glorieta y un par de avenidas elevadas, todo en el mismo espacio. El principio de la impenetrabilidad de la materia no se encontraba en el código de tránsito de la ciudad.

El entorno lo percibí como caótico. De conocer Calcuta, hubiera dicho que esa ciudad es más armoniosa que esta. Para mí, el “hubiera” es una apreciación válida.

Las puertas del Oxxo se encontraban abiertas. Supuse que en los lugares muy fríos su menor preocupación es mantener fresco el interior. Al igual que un inglés en una misión arqueológica, lo que me robó la atención fue un hombre en silla de ruedas, de cabello largo, barbado, con un parche en el ojo derecho. Con toda naturalidad le daba caladas a un cigarrillo de marihuana, saludaba a gritos a los taxistas que pasaban y les decía frases que no entendía. Parecía un capitán pirata en plena batalla dando órdenes a sus huestes.

Recibí una llamada. Era mi guía. Me dijo: “Ya en unos segundos paso por ti, ¿dónde estás exactamente?”. Le dije que a un costado del personaje citado. Me expresó con tono serio y contundente: “Aléjate unos metros”. Hice caso omiso. Minutos después pasaron por mí y al poco tiempo me encontraba en el centro de Toluca. Después de cumplir el compromiso, que no tardó más de 40 minutos, tenía libre ese mismo día y el siguiente.

En mis primeros años de vida fui un prófugo de misas, adoctrinamiento religioso y todo lo que se pareciera. Pero las iglesias me atraen. La de la capital mexiquense era una de las más hermosas que había visto, con esa desbordada magnificencia del barroco. Era como si el mismo Dios hubiera trazado los planos y supervisado la obra. Caminando visité las que pude. Pero los días duraban muy poco; el sol se retiraba sin tanta ceremonia. Eran los primeros días de octubre y el frío golpeaba como látigo de antiguo capataz de hacienda algodonera. Luego llegaba la llovizna; esta era fría y carecía de compasión para los extraños.

Las festividades por los Días de Muertos se encontraban en sus vísperas. El centro de la ciudad se hallaba decorado con esqueletos de tamaño real, ejerciendo diferentes oficios: como barbero, limpiabotas, organillero, vendedor de pan, entre otros.

Los Portales, que sin duda eran la arteria principal, latían de comercios y transeúntes. Un galerón de vitral que cubría un jardín japonés me pareció demasiado apacible. Un lugar menos emocionante que las frases de un poeta motivacional.

No soy un aventurero gastronómico; prefiero la monotonía de un guiso en el que ambos nos conociéramos como si fuéramos un matrimonio. En una de las calles observé un restaurante de sushi. Se encontraba en una segunda planta. Subí por unas escaleras, pero estas se hacían interminables. Si alguien tenía la duda de que el espacio-tiempo se expande, en ese momento lo estaba experimentando. Era como subir una escalera eléctrica en el sentido contrario.

¡No sé qué hacía en Toluca! Ahora me encontraba mal y ya no podía seguir. Era como si hubiera subido y bajado del Nevado cargando una piedra. Posiblemente el pirata del Oxxo me aventó una maldición.

Entonces entendí que los piratas, al igual que yo, viven en un mundo donde la tierra y el mar se tocan. Yo me encontraba a más de 2400 metros de altura. Me estaba descompensando como un buzo atraído a las profundidades por entrar a la cueva de una sirena. Como un astronauta que abrió la escotilla de su nave para ver a la estrella que más amaba.

Dios no juega a los dados. Prefiere apostar al número infinito en una ruleta que solo tiene números infinitos. La suerte es bondadosa para quienes previenen. Para los que viven con un único plan, el destino es caer por las escaleras de una ciudad donde los pájaros no anuncian el atardecer.

Al día siguiente desperté en el centro de Toluca, sentado en la silla del barbero. Una calavera tomaba la punta de mis cabellos con una mano huesuda; con la otra le pasaba la tijera.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *