LOS CENTROS

Fumábamos la risa
que antes soltaban nuestros pies.
La mirada buscaba sobre el polvo
el rastro de los pies que todos fuimos
cuando el balón giraba hecha un ave
por un cielo de manos y cabezas
parecidas a los trigos.
Le dije a Mario:
—¿Te das cuenta? Nunca nadie podrá jugar más centros.
—Ni centros ni otra cosa. No lo evitamos. No lo vimos —respondió detrás del humo.
Del pie al muro custodiado
el balón dibujaba sobre el aire
la humilde estela de su paso.
El golpe contra los tabiques
resonaba en los cuerpos que corrían
como un tambor de guerra.
Aquí te plantas, firme;
tienes que patear duro la victoria.
Si sacas el balón
más allá de ese poste que da toques
acaba el turno; si lo meten suman
un punto.
Un turno por persona; somos cuatro.
Se juegan cuatro goles.
Teníamos la prisa
cicatrizando en costras,
ésa era la oblea
que compartíamos.
Jugábamos pensando
en el refresco y en las papas,
en gritar gol sintiendo las burbujas
bajar por nuestra boca;
la comunión se daba
al acabar el juego:
aquí está el vaso, aquí la sangre
efervescente y dulce.
No había otra iglesia,
sólo un balón
bajando
a nuestros pies.

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