Era repugnante, negra como la noche que apaga ventanas y enfría las calles, no se dejaba ver. Salía de la alcantarilla cada noche y entraba a la biblioteca central del pueblo.
Era una rata que come libros, pero no se los comía enteros, iba comiendo hojas diferentes de cada uno… Así todas y cada una de las noches repetía lo mismo. El vigilante no entendía cómo era posible que encontrara cada noche una hoja mordida de diferentes libros y lo más extraño era que a veces solamente líneas de algunos libros, entonces quiso investigar qué tipo de libros eran. Ese anciano admiraba a ciertos escritores como…
Cada día leía un libro diferente, pero pasaban los días y se daba cuenta de que eran arrancadas ciertas hojas, empezó a esconder los que más le agradaban, pues tenía miedo de que fueran arrancadas sus hojas. Cada noche cambiaba de lugar esos libros y cada día leía más autores desconocidos que admiraba.
Era un pueblo que guardaba un encantamiento y que nadie lo sabía. Pero una noche descubrió quién era el ladronzuelo de aquellas hojas. Encontró esa rata gigante que arrancaba con mucho cuidado líneas de diferentes hojas y se las llevaba en un morral que cargaba en su lomo, sin embargo, era tan rápida que nunca la podía atrapar hasta que un día lo logró cuando llegó a esa madriguera donde se escondía. Cuál fue su sorpresa al encontrar un libro grande donde tenía pegadas las frases de cada uno de los libros que iba arrancando y encontró un libro con cuentos diversos que iba formando el animal con las hojas de los libros robados.
Entonces descubrió el encantamiento, el secreto. Ahí estaba ante sus ojos. Aquel animal que escribió el libro era, ni más ni menos, que ese gran escritor al cual le pusieron un castigo y lo encantaron por escribir las mejores novelas del mundo…

Nací en la gran Ciudad de México, un 19 de primavera de 1957. Como las flores que brotan con fuerza y belleza, crecí entre aventuras, imaginación y una curiosidad incansable. Desde muy joven, la música, la literatura y el arte comenzaron a dar forma a mi mundo interior. Soñaba con crear, con inventar, con dejar una huella hecha de palabras, colores y emociones. Me gradué como licenciada en educación preescolar, una carrera que me permitió jugar, aprender y crecer junto a los niños. En ese mundo pequeño y lleno de asombro descubrí que enseñar era también una forma de contar historias, de construir puentes hacia la ternura y la risa. Fue una etapa luminosa, en donde la creatividad y la empatía se convirtieron en mis herramientas diarias. Hoy, con 68 años de vida y gratitud, me dedico a pintar en acuarela, a capturar instantes con mi cámara y, sobre todo, a escribir. Escribir es mi pasión profunda, el lenguaje con el que hablo al alma de otros. Me dejo llevar por los cuentos infantiles, por relatos de misterio y de nostalgia, y en cada uno dejo la herencia invisible de mis padres: sensibilidad, amor por lo bello y respeto por la palabra.
Cada historia que escribo es un susurro que busca compañía. Y en cada trazo o fotografía intento que el tiempo se detenga, aunque sea un instante, para decir: aquí estoy, y sigo soñando.
