Un trato justo

“¿Ya escuchaste?… qué hermosa música… Me están llamando.

Nuevamente          están           solicitando           mi presencia… Escúchalos… Esto no es como el canto de los valientes guerreros que, llenos de orgullo, dan su vida para estar a mi lado… No, esto es diferente… Siéntelos…”

La guerra terrenal comenzó desde que se le dio vida a un nuevo ser que no sabe convivir entre sí, que se jacta de su superioridad y ejerce el poder sobre sus propios semejantes. Luchan y se matan entre ellos para demostrar su fuerza insípida y hedionda…

Todo comenzó aquí, en el inframundo, no había luz, sólo obscuridad.

Me llamaron para estar presente en la ciudad de los dioses, nosotros la mandamos construir, y sólo nosotros sabemos quién la construyó. Todos los convocados, desfilamos por la única vereda que nos permitía llegar al centro de reunión. La calzada de los muertos se vio engalanada con el majestuoso toque de los invitados, ataviados con sus mejores prendas. Llegaron los de los pies ligeros del Norte, Los gigantes, vigilantes de las minas de piedra negra tan hermosa para reflejarte y tan filosa para lacerar la piel del caimán. Llegaron también los vigilantes de la región de los lagos y del cobre en el Oeste, los de la ciudad de las garzas, los gigantes de cabeza de piedra del Este, así como los vigilantes de la costa de la península, artistas en la astronomía y arquitectura, y nosotros, los del Sur, que nacimos de los árboles, manejamos la tierra negra y nos movemos como las nubes.

Ahí estábamos presentes, tratando de llegar a un acuerdo para saber en qué tiempo y en qué lugar actuaríamos. Discutimos y peleamos entre nosotros para definir los términos. Unos se arrojaron al fuego y subieron para crear el día y la noche, pero con una lucha constante. Otros se convirtieron en guardianes de los elementos, la naturaleza y los animales y, otros, nos quedamos en el inframundo, vigilando y esperando a todos los terrenales que se separan de su cuerpo.

El inframundo no es un lugar de sufrimiento como todos lo pintan, es un lugar de paso obligado para todos, todo depende de que tanto respetes nuestra decisión y nuestra voluntad. Tus actos son los que te definen en esta tierra y, teniendo una buena guía, cruzarás por la tierra que vigilo, de lo contario, te quedaras conmigo durante el resto de tu eternidad, regocijándome y alimentándome de lo que no pudiste arreglar cuando estabas vivo.

“Que hermosa música, ¿lo escuchas?… Nos están llamado… prepárate… Hoy, comeremos y beberemos sangre terrenal…Es tiempo de despertar nuevamente…

¿Puedes oler su miedo? Yo sé que sí, mi querido amigo. Ya sabes cómo funciona esto. Llévate a los que lo requieran y, a los demás, déjamelos a mí y a mi querida Xonaxi… Tenemos hambre…

…. Percibe el olor del dolor, del sufrimiento. Escucha el sonido de la angustia y del miedo… Acaricia la suavidad de la envidia, la avaricia y el rencor que emanan esos cuerpos… Saborea el dulce transpirar del odio y el orgullo desmesurado… su sed de poder… Ellos son míos…los demás, los puedes guiar…”

La Tierra es mi dominio, por eso, el terrenal no puede volar o se ahoga en el agua. No creas que estas a salvo, siempre tienes que regresar al lugar que pisas. Siempre debes de tener los pies en la tierra. Ahí es donde yo siento tu sabor, tu esencia. Sé lo que piensas y lo que sientes. Yo siempre te estoy saboreando. Si, por alguna extraña razón, caes. No es que te chupe el diablo, como te lo han venido manejando desde que eras un crio, soy yo el que te chupa y, si me dan ganas, hago que la tierra te lacere la piel para poder probar tu sangre y tu carne para saber si eres digno de atravesar mi territorio, quién es tu nahual o quedarte para siempre conmigo.

En la época antigua existían guerreros que, antes de jugar pelota, me llamaban y ofrecían sus almas con valentía para acompañarme durante largo tiempo con orgullo. Todos los hombres de mi pueblo, eran guerreros, siempre listos para la batalla, si los guerreros de mi pueblo caían en batalla, yo los acogía en mi seno… los cobardes, traicioneros y ambiciosos, eran devorados por mí y por mi amada Xonaxi Quecuya, quien los devoraba con su vagina repleta de dientes para recordarles de donde salieron; sí, de la vagina de una mujer valiente dispuesta a dar la vida por su crio.

Niños, mujeres y animales, murieron con orgullo

para poder guiar a otros en su viaje, se convirtieron en tecolotes, en águilas, en jaguares, en árboles y nubes que aún siguen vigilando nuestro domino terrenal.

En esta nueva era, el terrenal se ha convertido en lo que más me gusta comer. Los he probado a todos, siento el sabor de la corrupción y el odio. Los terrenales empiezan a matar por el placer del oro moderno, el interés embriaga su alma por conseguir territorio y sentirse superiores a sus mismos. Supuestos líderes siembran semillas de desigualdad allanado el equilibrio que habíamos creado en la ciudad de los dioses.

No es la primera vez que pasa esto, ya han pasado en varios soles y, en cada uno de ellos, soy yo y mi querida Xonaxi quienes devoramos la podredumbre terrenal. Algunos llegan solos a la tierra y ella los devora utilizando a sus pequeños hijos de la cual está formada e ingiriéndolos por todos sus orificios dentados. Los que no caen solos, soy yo el que se presenta en forma de enfermedades para llevarlos poco a poco y disfrutar de su agonía. A otros, los arrebato de una forma súbita. Unos dicen que fue un infarto, un balazo, un paro respiratorio, pero soy yo que, con mis grades garras o con el pedernal de hueso que llevo

por nariz, les arranco la esencia y no los dejo subir nunca…

Así que ya lo sabes, cada vez que camines descalzo, ten en cuenta que estoy saboreándote los pies para conocer tu esencia. Y, si me complace, te quedaras conmigo para siempre alegrando mis oídos con tus alaridos de angustia, dolor y sufrimientos. Lamentando tu existencia mientras te voy desollando y carcomo tu rostro al mismo tiempo que gritas mi nombre… Pitao Belezao.

“Escucha, que hermosa es esa música”.

Puede ser que vaya yo por tí o mande a uno de mis hijos, ya sea el pequeño jade del viento, el dragón del agua o a mi querido guardián terrestre de tres pelos y piel de lodo, que nunca se separará de tu lado hasta que lo vuelva a llamar a mi servicio.

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