LECTURA DE HUMO

El anciano desayuna sentado en la pérgola de un café en la esquina de la calle Mar de la Serenidad, frente al parque Clavius.
Toma tranquilamente su café y de rato en rato le da una mordida a una enorme galleta de avena. Se distrae mirando a los pájaros brincar en las ramas del viejo ahuehuete que tiene enfrente. Sin proponérselo voltea hacia la esquina de la otra calle. Por la banqueta de Mar de las Tormentas viene caminando un joven con paso firme. El viejo apura el trago de su café y le pide a la encargada que le llene su taza.
El joven entra a la pérgola y se detiene frente al viejo.
―Usted es Carlos Rule, el famoso adivino ―dice con una sonrisa de autosuficiencia. Su ropa de marca, su perfecto peinado y la barba cuidadosamente delineada; un engreído adinerado.
―Eso dicen ¿Qué se le ofrece joven? ―Responde Carlos resistiéndose a mostrarse impresionado.
Sin pedir permiso, el recién llegado jala una silla y se sienta a la mesa de Carlos.
Durante un rato se le queda viendo, como si esperara encontrar algo extraordinario en el rostro del adivino. En cambio, Carlos prosigue tomando pausadamente su café, buscando con la vista los pájaros que un momento antes observaba.
―Lo recuerdo del programa de Nino Canún, sus peleas con los escépticos, usted es mi héroe.
Carlos no contesta, toma un pedazo de galleta y la mastica muy despacio, mirando a su interlocutor.
―¿No va a preguntarme a qué vine? ―Insiste el joven, la expresión socarrona no desaparece de su rostro.
―¿Para qué? No vienes por una predicción, hasta ahora te estás preguntando si realmente soy capaz de hacer todo lo que te dijeron. Que te quede claro, Esteban Lavín, no acepto aprendices.
Esteban levanta una ceja y sonríe condescendiente.
―Me costó bastante dar con usted, se ha escondido muy bien, Juan Schwarskovsky me dijo que lo encontraría aquí. Nunca dejó de seguirle la pista desde aquel programa.
―Sí, a partir de entonces me hice de bastantes enemigos y un montón de seguidores, nunca debí haber participado.
―Carlos Rule, maestro de Capnomancia y Funoscopía, el oráculo de los famosos…
―Ya basta muchacho, ―Carlos levanta una mano como si lo apartara ―estoy retirado, no quiero volver al mundo de la farándula ni la política.
La mesera los interrumpe, rellena la taza de Carlos y coloca una frente a Esteban, a continuación, vierte café humeante desde la jarra.
―Al menos dígame cómo hacía sus lecturas de humo. ―Insiste Esteban en cuanto la mujer se ha retirado.
―Las hojas estaban impregnadas de ceras y resinas, a veces incluía algún aroma, incienso, rosas, lavanda, dependiendo de la ocasión. ―Menciona el viejo como si de minucias se tratara.
―Entonces, todo el ritual, de impregnar la hoja, quemarla en el anafre y observar las volutas. ¿Todo era una pantomima?
―Al principio sí. ―La vista de Carlos se escapa a un pasado lleno de buenos recuerdos. ―Los escépticos de aquel programa estaban en lo cierto, en ese entonces era un charlatán.
Como si esas fueran las palabras que esperaba escuchar, Esteban se inclina para adelante sobre la mesa y dice en forma de confesión.
―Ya sé todo eso, enséñeme, prometo guardar sus secretos.
―No hay nada que enseñar, yo lo aprendí, tú lo aprenderás, eso es inalterable. ―Carlos desvía la mirada y da un nuevo trago a su taza de café.
Esteban molesto se levanta de la silla.
―Ya veo que Schwarskovsky tenía razón, no es más que un pobre diablo con suerte. ―Al escuchar esto la mano de Carlos que no sostiene la taza se crispa cerrándose en puño.
―Siéntate muchacho. ―Ordena Carlos con voz grave, aunque su vista sigue ausente.
Esteban toma su lugar expectante, Carlos voltea a verlo a los ojos, entonces el aspirante a aprendiz comprende que el hombre marchito que tiene enfrente no es anciano, su penetrante mirada es la de un hombre maduro prematuramente envejecido.
―No te creas tan listo muchacho, no has entendido nada de lo que está sucediendo. Sabía que ibas a venir, las palabras que dirías, incluso tu patética cara. Tenía que darte la oportunidad de librarte, pero tú quisiste provocarme. Ahora el destino no puede cambiarse.
Esteban sonríe con malicia, se arrellana en el asiento y se dispone a escuchar.
―Sí, ese hijo de su puta madre de Charkovsky tenía razón, era un fraude.
―Fui un joven ambicioso sin talento alguno, en la escuela había unas niñas que jugaban al tarot, aprendí con ellas a interpretar las cartas, muchas veces inventé historias con las lecturas para hacer predicciones, casi siempre ya conocía los chismes y rumores que circulaban por la escuela. Pronto me gané la fama de adivino porque acertaba. Inocentemente les decía a unos y a otros quienes eran las personas que se gustaban o lo que querían escuchar.
Después de la escuela seguir con el pasatiempo se volvió difícil, había demasiados tarotistas y consejeros espirituales. Pude haber abandonado todo en ese momento, pero tuve una idea, la gente paga más por el espectáculo que por las consultas, entonces ideé mi propia disciplina, la lectura de humo.
El éxito fue inmediato, dejé la facultad de medicina para dedicarme a tiempo completo a la adivinación, ganaba mucho dinero dando respuestas vagas a cada una de las preguntas. Siempre fui consciente de estar engañando a la gente, hasta que los clientes empezaron a regresar, algunas de mis predicciones acertaron y no había nadie más contento que yo, porque no entendía lo que significaba.
Tiempo después llegó la fama, el dichoso programa, no sabes cómo me divertí burlándome de los escépticos, defendiendo algo en lo que ni siquiera yo creía. Entonces empezaron a visitarme los clientes serios, los empresarios, los políticos y los criminales. Hacía mis predicciones sin mayor pretensión, sabía que por el precio que cobraba nadie me molestaría si erraba.
Pero resulta que no fallaba, no podía entenderlo, la gente regresaba una y otra vez, esperaban mi consejo sobre algún negocio, una infidelidad o una herencia. Después cometí el error de aceptar consultas sobre enfermedades y muertes y empezaron las visiones. Yo que era el más escéptico de los escépticos, empecé a ver el futuro cuando me consultaban, y cada día eran más los clientes que venían por orientación, quienes se convencían de que tengo el don regresaban con más angustia, preguntando detalles. Después vinieron preguntando cómo cambiar el futuro que había profetizado.
Ya no era divertido para mí, intenté dejarlo, abandoné la escena pública, pero aun así la gente me buscaba, y entre más adivinaba las visiones se hicieron más intensas. Podía ver el futuro en todos lados, en un espejo o un charco en la calle, en las nubes, en la escritura, en las huellas en la arena, en los ojos de la gente. Perdí por completo el control de mis poderes.
Carlos hace una pausa y voltea a ver a su alrededor, las tranquilas calles de la colonia Tacuba, el parque frente a ellos, como si quisiera tranquilizar su interior agitado por el recuerdo. Por el andador del parque un corredor hace su rutina diaria, algo en el caminar del corredor atrae la atención de Carlos, pero aparta la vista y con un profundo suspiro continúa.
―En la mitología se habla de Casandra, una princesa de Troya a la que los dioses le dieron el don de ver el futuro, pero a la vez la maldijeron, pues nadie nunca creería sus predicciones. Ya veo que no te interesa en lo más mínimo mi advertencia, pero aun así debo dártela. Se conoce como el síndrome de Casandra, quienes percibimos el tiempo de otras formas sufrimos a causa de ello. En mi caso, es la imposibilidad de dejar de ver el futuro. Como ya te lo dije, podía ver lo que sucedería a cualquier cosa.
Carlos levanta el brazo izquierdo y señala a ciegas hacia el parque. Esteban sigue la señal con la mirada, hasta ver justo en ese momento al corredor tropezar en el andador. Algunas personas que por allí caminaban se acercan para ayudar al caído.
―¿Tienes idea de lo que te hace esto? En lugar de ver a una dulce viejecita ves hospitales y un funeral. A una atractiva mujer, soledad y tristeza. A un promisorio empresario, demandas y ruina. Dejé de ver y tratar a personas, solo puedo ver el futuro de ellos.
―Por eso desapareció ¿verdad? ―Hace rato que la sonrisa de autosuficiencia de Esteban ha desaparecido, ahora su tono de voz es grave.
―Primero pensé en huir de la gente, recluirme en algún lugar lejano, pensé que, frente a paisajes perennes, ante la eternidad, el poder desaparecería, pero me equivoqué, seguí viendo el futuro en las nubes cuando huí a las montañas, o en las olas del mar cuando me aislé en una isla alejada. La única forma en que mantengo un poco de cordura es desentendiéndome de los demás. ¿Importa que la muchacha que nos atiende tendrá cinco hijos de tres padres diferentes? Al final todos acabarán descubriendo por sí mismos lo que les espera en el camino.
Por primera vez el rostro cuidado de Esteban se arruga mientras se toma el café de su taza de un solo trago. Al bajar su taza parece haber tomado una decisión.
―A mí no me pasará eso ―dice al fin con convicción―. Me ha advertido de los peligros, ahora que lo sé, eso no me pasará.
Se levanta y lanza un billete sobre la mesa, que cubre tanto el café que tomó como el desayuno de Carlos.
―Solo hay un consejo que puedo darte, muchacho, aprende cuándo te conviene cerrar la boca.
Esteban hace una mueca al escuchar las últimas palabras de Carlos, levanta la mano como despedida y se retira por el mismo camino por donde llegó.
Antes de llegar a la esquina se detiene y permanece un rato inmóvil, de espaldas a Carlos y la cafetería. Regresa con paso apresurado y se para a orillas de la pérgola, más cerca de lo que estuvo en la mesa frente a Carlos.
―Hace rato, dijo que no puede dejar de ver el futuro. ¿Acaso lo que me dijo fue mi futuro?
Carlos no responde, vuelve a morder su galleta de avena y mira los pájaros en las ramas del ahuehuete.
FIN.

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