Vuelta a la manzana

Puse una mano sobre su cadera y ella comenzó a girar. Recorrí sus tatuajes desde la prehistoria al renacimiento de nuestros cuerpos. Su pubis me retuvo en el puntillismo y el cubismo me ilustró otro modo de ver las formas. Bajé un poco más, impresionado en el surrealismo de mi suerte y me alcanzó la verdad del minimalismo, puro y llano, demasiado diáfano. Me horroricé.

¿Era yo un dadaísta, un ser abstracto de ideas? ¿O tal vez un ícono bizantino inmutable a los cambios? Yo, que siempre me expresé como un barroco, me sentí disminuido ante las proporciones grotescas del mundo.

Cansado del realismo, regresé a ser un niño garabateando sus primeros trazos y, envuelto en luces y sombras, alcancé el seno materno.

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