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En memoria de Arnulfo Romero y Luis Espinal
Fueron 12 como tu apostolado,
12 años fungiendo como tu palabra,
intentando encarnar el verbo
tanto fuera como adentro.
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La Muerte todo lo iguala y lo convoca,
tres veces cuatro,
buscando la miseria para enaltecerla
como lo más sagrado.
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Por tu suplicio diste ejemplo
de bondad absoluta
y seguí tus pasos,
creí seguirlos,
ser fiel a tu palabra,
para dictar tu dictado.
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No es fácil ser instrumento puro,
la palabra tiene su legislación propia,
suele ser clara a los claros
y oscura a los obtusos.
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Doce años de limpiarse como instrumento
para servir de voluntad pía,
como caminar por una vereda que no sabes si te guía
o que libremente escogiste.
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La palabra suele ser sensata
para quienes son sensatos
y lúcida bajo la luz divina que todo lo escancia,
bajo la voluntad humilde.
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¿Dónde esconder la luz que emana de tus ojos,
dónde esconderse de tu luz?
¿Escogí mi destino
o fui instrumento de lucha en la materia?
Pregunta indescifrable en la tierra,
ya lo sabremos en tu reino.
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La cúspide es la sima,
quién lo diría.
Quien siempre busca en las alturas
lo que únicamente se encuentra por lo bajo
suele perderse en la rancia tiniebla,
suele seguir la noria
que fiel se repite y se repite.
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Divinamente fiel,
así traté al prójimo que sufría,
original en tu secreto
que mil voces reclama
para denunciar el agravio
y al genocida señalar con la mano toda.
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Porque la tormenta se ensaña con el débil.
Porque la vida es naufragio.
Porque en la soledad escuchamos tu palabra.
Porque siempre vence el poder miserable.
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Fuimos y seremos
uno con tu voz,
ya que patente el silencio abruma
se escuche o no se escuche.
Pero como la neblina cae
bajo el sol levante
así la fe abre el horizonte
en la frente del huésped,
en la suerte del que desfallece.
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Defenestra la avaricia,
de unos pocos es la saña
que inunda la colmena,
que envenena a la colmena.
Fuerte es la patraña
que se envuelve en manto dorado,
de los pocos calor y de los muchos tormento.
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Patraña que cubre la culpa
mientras cerramos los ojos.
Escoger la ceguera
se vuelve confort del malcriado.
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En la indolencia se ceba
el manjar del marrano.
Dulce es la palabra
para quien endulza sus oídos
con la música del viento
de su propio sendero.
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La paradoja es clara
y es eterna,
es vida contra la muerte,
es la guía en la suerte.
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Gustoso enfrenta la muerte
quien vivió tu dictado,
el trance es divino
en tu cuerpo dichoso, espacio del espacio.
La muerte es laboriosa
pero en el ambicioso se ensaña
que ni en la vida lo deja,
de sol a sol lo abate como carga pesada.
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Fue mi suerte antigua
ser guía de mi guía,
no hay nada más honroso
que la muerte con un sentido propio.
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La duda es destino,
es enigma feroz el camino
y lo único cierto nos encara,
toda la vida acompaña
sea uno valiente o desdichado.
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Nos da miedo gastar la vida,
escojo la misericordia luminosa,
escojo la súplica profunda para encontrar el destino
y en el afluente de lo incierto
hacerme uno con lo nervado.
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Ya la tierra toda
servirá de sepulcro,
para el bien nacido
cualquier hoyo es surco.

Armando Alonso nació en Ciudad de México en 1974, radica en Cuernavaca, Morelos desde mediados de los ochenta. Es poeta, editor y promotor cultural, alternando su trabajo entre el Distrito Federal y Cuernavaca. Ha participado en el proyecto editorial “Mala Vida”, revista de arte y literatura. Tiene un libro publicado: Vórtice, por la Editorial Eternos Malabares en coedición con CONACULTA y el INBA. Realizó una maestría en Estudios de Arte y Literatura en la Universidad Autónoma del Estado de Morelos. En la actualidad es candidato a doctor en Humanidades por la misma universidad.
