Cursaba yo el primer año en la Escuela Secundaria Técnica número 19, en la parte oriente de Tuxtla Gutiérrez Chiapas.
Durante todo el día, nueve muchachos de mi misma edad y del mismo salón y yo anduvimos pidiendo a quien encontrábamos en los recesos, entre calase y clase, una moneda de 20 o de 50 centavos, que casi todo el mundo tenía y que nos daban sin chistar.
Comenzamos a pedir dinero desde las 8 de la mañana hasta las 2 de la tarde y después nos juntamos en las bancas del Parque 5 de Mayo ubicado frente a la escuela.
-No alcanza ni para tres; necesitamos por lo menos para cinco, para que valga la pena. Mañana hay que comenzar más temprano, a ver si para las 11 ya podemos conseguir lo suficiente y nos vamos -dijo el Turco, después de contar una por una las monedas.
Marco Antonio Bedrán Penagos, el Turco, sobresalía de nosotros: era el más alto y fuerte. Lucía, a pesar de sus 14 años ya una barba negra, cuando a todos a apenas y nos estaba saliendo uno pelo debajo de la nariz. Los papás del Turco tenían un puesto de abarrotes en el Mercado 5 de Mayo, muy cerca del parque y de la secundaria.
Al día siguiente comenzamos a pedir dinero desde las 7 de la mañana. A las 11 del día los diez nos volvimos a juntar en el mismo sitio y sacamos de nuestras bolsas las monedas. El Turco volvió a revisar. Todos guardamos silencio y contamos las monedas.
-Ya, con esto alcanza para cuatro. ¡Vámonos! –dijo.
De los once, sólo cinco sabíamos para que era el dinero
Sólo cinco, de los once sabíamos para qué era el dinero. La mitad nos acompañaba en el “taloneo” por solidaridad. Suponían que las monedas eran para completar el precio de un desayuno o para comprar un balón de fútbol. Ninguno de ellos imaginaba para qué se destinaría.
Así que cuando El Turco dio la orden para que fuéramos por nuestras cosas al salón, cinco compañeros regresaron y los otros se arrepintieron.
Caminamos con nuestras mochilas escolares al hombro y nuestros uniformes (pantalón azul, camisa blanca y zapatos negros), y nos metimos por algunas calles para que nadie viera que nos habíamos ido de pinta. Varios estábamos nerviosos o incluso asustados, escaparse de la escuela era algo grave que podía costarnos castigos severos de nuestros padres.
Después de diez o más cuadras larguísimas, llegamos a un lugar (novena Norte) en donde nuestros guía pagó nuestro pasajes y nos subimos a un camión. Todos íbamos callados, con la cabeza gacha: era casi imposible que algún familiar descubriera que habíamos escapado de la escuela y más imposible todavía era que adivinaran por qué habíamos cometido esa grave falta y a qué íbamos. Bedrán iba tranquilo, con quien sabe por dónde anda y los tiempos en los que se llaga a los sitios, sin querer lo observé con la colita de ojo y vi que sonreía, como un padre que lleva a sus hijos a un lugar divertido o un perro que lleva a un rebaño de ovejas al matadero.
El Cocal
Tardamos entre 20 y 30 minutos en llegar a nuestro destino, aunque a nosotros nos pareció un viaje más largo porque después de que el transporte nos dejó muy lejos de donde habíamos partido, tuvimos que caminar todavía hasta la 18ª Sur.
Estábamos muy retirados del centro, en una colonia llamada El Cocal, frente a una loma en la que se podían observar casuchas hechas con polines, láminas viejas y techos de cartón. Las calles eran trazos rústicos con piedras medianas en línea. Hombres de diferentes edades bajaban y subían con cuidado por aquella pendiente. Esa era la zona “tolerancia” donde las prostitutas ofrecían y vendían sus servicios.
Bedrán dio el primer paso y todos lo seguimos en fila india, de azul y blanco, con nuestras mochilas al hombro. Conforme avanzábamos el olor a papel higiénico y alcohol se hacía más penetrante.
La mujer
Cinco cuadras adelante doblamos a la derecha y caminamos a la casucha del fondo. Siempre en línea, con el corazón asustado como un conejo y en el estómago un enjambre de mariposas o avispas; todos, excepto Bedrán, que comandaba la cuadrilla y caminaba seguro, con pasos largos. Cuando llegamos nos dijo que nos pusiéramos lejos de la puerta del cuarto y que de ahí no nos moviéramos, que no hiciéramos ningún ruido, él se encargaría de lo demás. Obedecimos y él tocó la puerta de madera y lámina mal hecha. Pasa, dijo una voz de mujer. Bedrán entró; llevaba en la mano derecha un bote de metal y dentro el dinero, nuestro dinero. Nosotros nos replegamos como manada de monos asustados.
Segundos después salió sin la lata que contenía nuestro dinero y fue hacia nosotros. Nos dijo:
-Vale verga, ya subió el palo. Sólo alcanza para tres, así que vamos a sortearlo.
Cogió una rama y la cortó en cinco partes, dejando sólo la punta, nos dio a escoger. El que sacara la paja más pequeña entraría primero.
Cuando me agarré la punta de la rama pensé en salir corriendo. Mi corazón era el de un colibrí cuando la vi que mi palo era el más pequeño, pero me calmé cuando a uno de mis compañeros le tocó el más pequeño.
-Te toca Cosa –ordenó Bebrán, y la Cosa dejó sus útiles con nosotros.
Bedrán casi arrastró a la Cosa hacia la puerta del cuarto destartalado. Abrió y lo empujó.
Todos corrimos por los tres flancos del cuarto buscando algún agujero por donde ver en acción a la Cosa, pero aquellas habitación estaba hecha aprueba de mirones. Bedrán comenzó a empujar una esquina del cuartucho improvisado y todos hicimos lo mismo. De tal suerte que la construcción comenzó a rechinar. A los tres minutos apareció la Cosa: salió cerrándose la bragueta, despeinado, sudoroso y con una cara de satisfacción que todos aplaudimos.
El segundo
Bedrán dijo: viene el segundo. Cortó cuatro pajas y nos dio a escoger. Casi seguro de que no me iba a tocar preferí sacar hasta el último la paja, pero cuando vi que mis amigos extraían las varitas de igual tamaña dije: ya me jodí. Y sí, me había tocado.
Como a los demás, Bedrán me tomó del brazo y me empujó al matadero:
Dentro del cuartucho, sobre un catre, yacía una mujer. Al lado derecho había una especie de palangana con un tambo de agua. De la pared colgaba un póster con mujeres desnudas como los que yo había visto en la covacha de la peluquería de mi barrio: desnudas en su totalidad, eran mujeres extranjeras, con senos grandes y con el misterioso monte de venus expuesto. Había también un póster de Jorge Rivero, con el torso descubierto y peludo. También observé una especie de repisa y sobre ésta una radio vieja. Cerca de la cama se distinguía una silla vieja de madera.
La mujer vestía un camisón rosado, transparente, que mis ojos vírgenes atravesaron para prenderse a los pezones negros de unos senos grandes. Mi vista bajo luego a su ombligo y después se enredó en el vello púbico.
-Pásale, güerito, no como. -Me invitó recostada en la cama aquella mujer de pelo negro y ensortijado, ojos grandes, pestañudos y una sonrisa muy bonita.
-Vení, te voy a revisar tu palomita -me ordenó y se sentó a la orilla del catre.
Yo me acerqué cubriendo con las manos la parte de mis genitales. Mis ojos estaban prendidos de sus senos y de su tarántula sexual.
Me tomó de la mano, cogió un poco de papel sanitario y le puso un poco de alcohol: bajó mi cremallera y me sacó el pene, que a esas alturas ya andaba muy duro.
Como la más experta de las entomólogas que captura un ejemplar, prensó con sus dedos pulgar, índice y medio mi miembro. Observó, palpó y olió mi verga; luego la cubrió de papel mojado con alcohol y lo apretó. Hecho esto arrojó el papel dentro de un bote dentro a un lado del camastro y dio su docta aprobación. En seguida, tomó otro trozo de papel y lo puso a la derecha de su cabeza.
-Desnúdate y poné tu ropa en la silla.
Yo quise salir corriendo. Estaba aterrado y las piernas me temblaban cuando me quitaba los pantalones. Mi experiencia en el amor sexual era solo con mi mano a la que conocía perfectamente bien. El sexo con una mujer era sólo un saber adquirido en pláticas. Había un abismo ahí delante y más resignado que convencido me dispuse a entrar.
Ella se paró y se quitó la bata para quedar completamente desnuda. Medía cerca de 1:65. Me vio desnudo y trémulo y se me acercó con sus senos colgados y me dijo:
-Con esto te voy a hacé hombre, güerito. Y Agarró mis manos inservibles y la puso en su cadera, mientras me jalaba la cabeza para perderla entre sus dos enormes chichis.
Mi miedo desapareció con el contacto de su cuerpo cálido y el olor a alcohol y a jabón. Mi pene se enredó entre la mata de pelos gruesos de su pubis. Bajé mis manos hacia sus nalgas y comencé a acariciarla.
Luego me apartó, se sentó en la cama y se tendió en el centro; abrió sus piernas y me invitó a poseerla.
Acepté el encuentro con lo inenarrable como un hombre y me puse, a gatas, entre sus piernas: era la primera vez que yo veía en vivo y a todo color una vulva. Las revistas que me prestaba el peluquero mostraban a mujeres a las que se les veía el vello púbico y los senos. Allí, las vaginas eran sólo una onza de pelos. Lo que estaba frente a mí no tenía nombre.
Apunté al centro, cerré mis ojos y me tiré a matar.
Cuando yo la penetraba con fuerza la mujer suspiraba y decía a mi oído:
-¡Ay güero, me vas a hacé un hijo!
Yo escuchaba estas palabras como en sueño, entre el sonido que produce un falo y una vagina lubricados, y continuaba empujando hacia adentro, en ese abismo de placer que me tragaba hacia una profundidad desconocida.
En una esquina prolongada de mi avance sexual exploté y me desintegré en miles de espermatozoides.
De vuelta a la realidad, sudado y trémulo, escuché de ella una orden:
-Ya güero. Salité pué.
Salí de ella como debió haber salido Lázaro de la muerte, después de que Jesucristo lo resucitó, y me fui a lavar los genitales en una cubeta de agua que estaba a unos pasos de la cama.
Mientras me vestía ella, acuclillada, se lavaba la panocha en una palangana.
Abrí la puerta de la casucha y mis amigos me esperaban como quien espera a un guerrero que regresa de un gran combate, el primero de su vida. Yo ya no era el mismo, adentro de ese cuarto me había convertido en algo que no alcanzaba a entender.
No me acuerdo lo que ocurrió después, con seguridad, entró otro de los compañeros y luego nos regresamos al centro, y de ahí cada quién a su casa con una nueva culpa en la conciencia.
Nunca con la misma
A pesar de la advertencia de Bedrán de que nunca, bajo ningún motivo, nos metiéramos con una misma puta, seguí yendo con esa mujer. El consejo tenía mucho sentido, lo supe en carne propia.
Por más de seis meses, una vez cada semana y a veces hasta tres, seguí yendo con aquella mujer. Robaba dinero a mis padres y a mis tíos para pagar los placeres de su cuerpo.
Cierta ocasión, llegué al cuarto por el camino que conocía a ciegas con mi cuota respectiva, pero en la puerta estaba otra persona. Pregunté por mi clienta y la nueva no sabía de quién le hablaba, la busqué en toda la zona de tolerancia y nada. No la volví a ver jamás. Ni siquiera supe el nombre de quien fue la primera mujer en mi vida.
Entonces me sentí abandonado y, allí mismo, en ese lugar donde fui a entregar mi niñez como una ofrenda, me senté en una piedra y me puse a llorar, como dicen que lloran los hombres.

Máximo Cerdio Septiembre de 1964, Huixtla, Chiapas, México. Radica en Jojutla, Morelos, México. Trabaja como reportero y fotoperiodista independiente y colabora para el periódico La Unión de Morelos y para los portales noticiosos Mochicuani y Morelos Migrante Noticias, además realiza investigaciones periodísticas especiales y coberturas especiales en México y Estados Unidos. Documenta, por medio de crónicas, reportajes y notas, historias humanas desde México, se enfoca en personas comunes con vidas extraordinarias, cuyas experiencias revelan la riqueza cultural de sus comunidades. Ha escrito y publicado varios libros de poesía y narrativa: Susana San Juan (La Nave de Papel, Bacalar Quintana Roo –México–, 1996); La última sombra (Antinomia, México, 1996); Versión de la memoria anticipada (Antinomia, México, 1997); Las llamadas de Onán (Editorial La Otra Selva, Tuxtla Gutiérrez, Chiapas, 1998), Rodrigo González, sus letras y otros rollos (El Angelito Editor, México, 1999); Susana San Juan (Universidad Autónoma del Estado de México–Editorial La Tinta del Alcatraz, México, 2001); Ascensos en caída (Fondo Editorial del Consejo Estatal para la Cultura y las Artes de Chiapas, México, 2002); Caldo de verga para el alma (Volumen 28 de Destos deme dos. Editor, Productos y Consumibles Planeador, México, 2012); Lugar de Hechos, Espanta-pájaros Editorial, Tuxtla Gutiérrez, Chiapas, México, 2014); Mar íntimo (Editorial Lengua de diablo, Cuernavaca, Morelos, México, 2017); Crónicas surianas (Proyecto editorial Mochicuani, Cuernavaca, Morelos, México, 2020; Los cristos frágiles (Pupila Editorial-Mochicuani-, Estados Unidos; 2021, disponible en Amazon). Como fotógrafo, ha participado en exposiciones colectivas en la ciudad de Cuernavaca, Morelos, en Puebla, Puebla, en Houston, Texas, Estados Unidos. Del 15 de junio al 15 de julio de 2018, fue invitado por la Galería Zhou B Art Center, Chicago, Illinois, Estados Unidos, dentro del ciclo Fotógrafos Mexicanos, y participó con dos muestras fotográficas individuales: “De las distintas formas de abandono” y “muñecas para ciegos”. Máximo Cerdio ha conseguido varios reconocimientos en el ámbito nacional y estatal, destacan el Primer lugar en el “Concurso Nacional de Poesía Álica de Nayarit A. C. 1993”; el Premio al Mérito Periodístico 2014, en la categoría de crónica en publicación digital; el Premio al Mérito Periodístico 2015, en la categoría reportaje en publicación impresa; el Segundo lugar en el Premio al Mérito Periodístico 2019, en la categoría de crónica impresa.
