―¿Por qué no vienes tú también a mi casa en Acapulco? ― dijo Daniel a su compañera de clase.
―No lo sé ―respondió ella― está muy lejos para un fin de semana.
“Qué tontería dije”, pensó, pero no esperaba una invitación como esa, siempre creyó que Daniel y sus amigos populares no simpatizaban mucho con nerds como ella pero, ya que la había invitado, ¿por qué no ir?
Elena se formó en la fila para preguntar por los boletos de autobús. Vio a su madre entrando por la puerta de la terminal y recordó que aún no le pedía permiso para el viaje. Estaba por llamarla, pero se alejó antes de que pudiera hacerlo, atraída por la música que puso Daniel en la grabadora. Decidió que le hablaría después, porque había llegado su turno. Pidió un viaje redondo para Acapulco. El vendedor le dijo que no había lugares disponibles para su regreso el domingo y Elena tuvo que resignarse a su mala suerte. Vio nuevamente a su madre y caminó hacia el sillón donde estaba recostada para contarle lo sucedido.
―Mamá ―le dijo― quería preguntarte si puedo ir a Acapulco, pero no tiene caso porque no hay boletos de regreso.
―¿Por qué no buscas en otra línea de autobuses? ―sugirió Daniel mientras escanciaba una copa de vino tinto en la barra de la cocina.
―No, Daniel, gracias– contestó Elena con tono desganado– prefiero no ir.
Diciendo esto quiso acercarse al lugar donde estaba Daniel, pero había un estanque poco profundo entre ellos, de agua azul, brillante por la luz que entraba a través de la ventana. Daniel le señaló con las manos que podía pasar por ahí. Elena se quitó los zapatos y calcetines y atravesó el estanque hasta llegar a la barra de la cocina. Daniel le sirvió anís. Alguien tocó a la puerta. La madre de Elena abrió y entraron los primeros invitados. Beatriz, Alejandra y Manuel saludaron a los presentes y subieron a cambiarse. Elena los envidió un poco. Miró descuidadamente hacia la ventana y se percató de la existencia de una gran alberca redonda, deliciosa y refrescante bajo el calor de la tarde.
―¿Es tuya, Daniel?― preguntó con curiosidad.
―Claro, ¿acaso no te dije que esta casa en Acapulco es fenomenal? ¿No crees que vale la pena ir con el vendedor y preguntar por el boleto en otra línea de autobuses?
La idea fue tentadora. Elena volvió a sumergir los pies en el estanque y vio una planta de la que no se percató la primera vez que pasó.
―¿Qué es esa planta?― preguntó nerviosa.
―Carnívora acuática―contestó Daniel―. Ten cuidado con ella, esta especie se enreda en los pies. Mantente alejada y no habrá problema porque se hunde si no está adherida a la orilla.
En ese momento la madre de Elena se levantó del sillón.
―Te dejo ir, este lugar es lindo y Daniel es un encanto― dijo sonriente, para luego dirigirse a la salida de la terminal.
Elena siguió su camino en el estanque teniendo mucho cuidado de no acercarse a la mortífera planta. Llegó al piso seco y una sonrisa sarcástica asomó en su rostro mientras se calzaba nuevamente. Era increíble el parecido de aquella planta con su madre, presente en una orilla, en un rincón, inofensiva siempre y cuando se la mantiene a distancia, asfixiante al simple contacto.
Mientras esperaba nuevamente en la fila para comprar boletos, Elena observaba con interés lo que sucedía detrás del vendedor. Ya habían llegado muchas personas a casa de Daniel, casi todos vestían traje de baño, descansaban sobre los sillones conversaban sentados en las escaleras, bebían cerveza y comían frituras. Elena se ponía cada vez más ansiosa ante el espectáculo. Ya quería estar ahí, le era muy difícil esperar. Finalmente llegó su turno y, acabando con sus temores, el vendedor le consiguió un boleto redondo.
Elena, feliz, compró los boletos y corrió para avisarle a Daniel la noticia.
― ¡Daniel, Daniel!, gritaba emocionada.
Él dejó la conversación en que estaba sumergido para ver a Elena quitarse los zapatos y entrar apresuradamente al estanque.
― ¡Ya conseguí los boletos! ―Le gritó al ver que captaba su atención.
A Daniel le pareció algo patética esta escena. Una de las amigas con quienes conversaba se adelantó a preguntar con desprecio si él había invitado a esa loca y qué era esa gritería sobre unos boletos. Al oír esto Elena comprendió de pronto, se confundió al comprender.
¿Necesitaba un boleto para llegar adonde ya estaba? Más aterrador aún, ¿cómo llegó ahí? Se quedó paralizada en medio del estanque, sintiendo el leve roce de una ramita en su tobillo. La presión fue aumentando y, un instante después, cuando Elena intentó liberarse, era demasiado tarde. Quiso caminar y cayó de un sentón al agua. ¿Acaso la planta aprendió a nadar? No lo sabía, pero sus ramas eran como los tentáculos de un pulpo infinito. Miró hacia donde debían estar sus piernas pero no pudo verlas pues el agua estaba teñida de rojo. La sangre reptaba por todo su cuerpo, se escapaba de las finas venas que alimentaron su último pensamiento: “Tampoco usaré el boleto de regreso”, gastando en esta idea lo poco que le quedaba de sí misma. Ni siquiera pudo distinguir el fin de su existencia, pues sus sentidos hechizados hiciéronle creer que dormía plácidamente frente a un atardecer rojizo.
― Verás, ―explicó Daniel a su amiga―, me harta ya el azul del estanque y era tiempo de un cambio de color para resaltar la decoración.

Edith Esquivel Eguiguren.
Veracruz, México. 1982. Esposa, mamá y escritora de cuento y ensayo. Maestra en Ciencias Políticas y Sociales. Fue beneficiaria del Programa de Estímulo a la Creación y al Desarrollo Artístico (PECDA) Morelos 2011. Egresada de la Escuela de Escritores Ricardo Garibay (Morelos) generación 2015-2017. Ha publicado en diversas revistas, antologías y blogs literarios. Obtuvo el primer lugar del Concurso de Cuento y Poesía en la Alta Milpa 2024.
