Cuando Davo me invitó a presentar su libro, mi corazón estalló de emoción porque desde los fragmentos en formación que leí en el taller que compartíamos, supe que estaba escribiendo un precioso retrato oval sobre su abuela materna. Preveía la tierna alquimia, pero también el doloroso proceso por el que Davo intentaba retratar las manos que le cocinaron amorosamente, los zapatos mojados frente a las plantas del jardín, los rezos que alejaban el temor y la muerte; la infancia. En El libro vacío, Josefina Vicens profetiza que “la única forma de apoderarnos hondamente de los seres y de las cosas y de los ambientes que usamos, es volviendo a ellos por el recuerdo, o inventándolos, al darles un nombre”. Nombrar, entonces, permite quedarse con (y en) lo que se enuncia. Ceñir la bruma constelada en que se transforma el amor de las personas y los sitios que amamos. ¿Pero qué palabra, qué montón de gestos e instantes, nos pueden devolver la infancia antes de que pierda sentido?
Si uno pudiera “decirlo todo como una sola palabra”, esa sola palabra sería: abuela.
Cuando Davo me invitó a presentar su libro, mi corazón también sintió temor. Temió revelarse. Temió enfrentarse de nuevo a lo inevitable. Cuando mi abuela paterna falleció, no quise verla recostada en el ataúd. No me acerqué. Me negué ante la insistencia de mi familia. Me senté en las escaleras de la casa de mi infancia y lloré con los ojos apretados. No quise verla una última vez, tendida con toda su belleza. Días antes la había visto en el hospital, aún viva. Y ahí pude apretar su mano y decirle que la quería. Nunca le había dicho que la quería, hasta que se lo dije y ella no me pudo responder. Creo que Davo logró con este libro crear un altar. Una ofrenda para su abuela materna donde algo tierno y dulce como un sacrificio mudo es posible. Un espacio que nos convoca a arrodillarnos con gratitud y esperanza, a tomarnos un momento para hablar de y con nuestros fantasmas. Para parar un poco este mundo atroz y devolverle a nuestros fantasmas, como Davo busca con su abuela, la palabra.
Acompañar el testimonio de Leteo, es rendirse ante la fatalidad: su abuela va perdiendo la memoria. No podemos detener el río con nuestras manos. No podemos explicar el río ni consolar a quien ha bebido de él y deja de notar poco a poco sus efectos. Creo que todos hemos bebido del mismo río y que vamos olvidando pequeñas piezas con los días, como filamentos que se caen por las comisuras de los sillones sin que logremos advertirlas. Creo no equivocarme al decir que tanto Davo como yo somos dos personas melancólicas, que ambos visitamos constantemente el territorio de la ausencia y que, incluso, tenemos una casa ahí donde la luz se filtra en diagonal sobre las cosas que hemos ido recaudando con el paso de los años. A veces entramos a la casa, a veces desde la ventana tratamos de adivinar que hay dentro. Nos quedamos en la orilla nombrando cierta estufa, cierto arroz quemado; adivinando entre las sombras la feliz imagen de nuestra infancia:
Me aferro a la imagen de un niño feliz pero no puedo ordenar mi infancia para esclarecer el pasado, así que sigo con los dedos la sonrisa absurdamente idiota, el movimiento de plegaria, retiro el polvo de las fotografías y no sucede nada. Las casas se me revuelven y de todas no se hace ninguna, por eso digo que escapar es como construir mi propia casa. Acaso hay otro hogar en las manos de mi abuela, en la comida que cocinó amorosamente, en las plantas que cuidó como brotes de su propia carne, en el tierno riego de rezos nocturnos. Acaso sólo queda un recuerdo tenue que ahora habita en mí y pende de un hilo (p. 27).
Además, hay dos elementos importantes del libro: el entrecruzamiento de voces entre un nieto relegado a ser testigo del desvanecimiento de su abuela, del mundo y del lenguaje que la constituyen,
Leteo nos invita a reconocer la pérdida. A nombrar y a apropiarnos de lo que perdemos antes de perderlo definitivamente, antes de “tocar el silencio” absoluto. Me hubiera gustado confesarles que mientras tenía los ojos apretados en las escaleras de mi infancia, a unos pasos del ataúd donde descansaba para siempre mi abuela paterna, yo oía su voz que me volvía a decir: deja de angustiar a tus padres, estate quieto, siéntate tantito, niño inquieto. O sus eternos consejos: consíguete un trabajo, un coche, una esposa. Pero no. En ese momento no podía oír ni mi propio llanto. Fue después, en el cotejo cotidiano, donde volví tras mis pasos hasta su voz y volví a acceder a mi infancia, a su casa que hacía mucho no visito, no pude oírla pero puedo hablarle. Contarle, entonces, junto a la abuela de Davo que
Me consuela reconocerte
porque me has acompañado toda la vida
me reconforta saber que al menos queda algo
al menos me siento habitada por una palabra
una palabra que puedo decir y significa eso
y sólo eso (p. 30).
…resistir al olvido con ternura; habitar los jardines, las casas, el olor de lo dulce; levantar con la palabra un altar perdurable, donde aún existan los duraznos en almíbar y donde persistan los vestigios de la ternura; enunciar, nombrar, vencer la ausencia; repetir las cosas para que Dios nos habite; gozar la memoria que nos abarca. La memoria que, ahora y para siempre, también es Tina. Porque en Leteo ocurre un doble movimiento que parece estructurar el texto: mientras la abuela materna va perdiendo la memoria, ella misma, poco a poco y a través de la mirada de un nieto que la cuida y acompaña, va convirtiéndose en memoria. Escribimos, pienso, lo que no queremos perder: una casa, una infancia, la memoria compartida. Una abuela que no es sino una milagrosa forma de entender el amor.

Eduardo Oyervides (Jiutepec, 1993). Licenciado en Letras Hispánicas por el Instituto de Investigación en Humanidades y Ciencias Sociales. Becario en el curso de creación literaria Xalapa, 2015, por parte de la Fundación para las Letras Mexicanas. Ha publicado los libros de cuento El deseo obstinado (FEDEM, 2018), ganador de la convocatoria de publicación de la Escuela de Escritores Ricardo Garibay y Breves Mascaradas (Lengua de Diablo, 2023). Su libro de cuentos Un perro tras su propia cola recibió la mención honorífica en la convocatoria de Obra inédita Morelos 2022. Actualmente trabaja como profesor y escribe su siguiente libro de cuentos gracias al Programa de Estímulo a la Creación y Desarrollo Artístico (PECDA) Morelos 2023. “Herme se rompió” pertenece a Un perro tras su propia cola.
