Al principio,
uno aprende a leer la lluvia como una promesa,
a contar los brotes invisibles,
a confiar en la paciencia de la tierra.
Después descubre
que también existen estaciones que no cambian.
Hay despedidas
que ocurren mucho antes del último paso.
Comienzan el día en que el horizonte deja de acercarse,
cuando el camino repite siempre el mismo árbol,
la misma piedra,
la misma espera.
No hay estruendo.
Solo un silencio que termina por pronunciar el verdadero nombre de las cosas.
Hay una forma de irse
que no conoce la rabia.
Se parece más
a devolver
la llave de una casa.

